Según los estudios de geografía económica, un país desarrollado puede optar por un modelo de población difusa, con muchas poblaciones de tamaño mediano, incluso pequeño, formando una tupida red, como en Holanda o en algunas regiones de Alemania, u optar por un modelo metropolitano, con grandes áreas urbanas, llamadas metrópolis, que se convierten en el centro de gravedad del territorio. España, como Francia, se ha inclinado por esta segunda opción. En tal caso, la metrópolis se convierte en la referencia de la cultura, las artes y las ciencias, aparte de ser el centro de actividad económica.

El número de metrópolis en un país viene delimitado por el territorio, las infraestructuras y comunicaciones y otras muchas variables socioeconómicas. Echando cuentas y examinando los hechos, vemos que en España hay dos metrópolis, Madrid y Barcelona, y media docena de ciudades de cierto peso. También vemos que no da para más.

Desde hace mucho tiempo, ambas ciudades compiten por ver cuál de las dos metrópolis se lleva el gato al agua y supera a la otra, sea en economía, sea en ciencias, arte y cultura. De vez en cuando, surgen voces en Barcelona que acusan a Madrid de hacer trampas y surge la cuestión de la «capitalidad». Tal cosa sucede, por regla general, cuando se hace evidente que Barcelona se está quedando atrás con respecto a Madrid en tal o cual ámbito: el PIB, los estrenos teatrales, el fútbol… Afirman la existencia de oscuros planes y conjuras contra Barcelona. Como es más fácil digerir que el otro hace trampas que no admitir que tú lo estás haciendo fatal, estos cuentos chinos suelen tener éxito y se aceptan sin rechistar.

Diré dos cosas.

La primera: es cierto que existe el «efecto capital», pero ¿qué tiene más importancia, la condición de metrópolis o la condición de capital? Roma y Milán, Berlín y Frankfurt, Washington y Nueva York… Ser la capital cuenta, pero no es un factor decisivo.

La segunda: Madrid lleva siglos siendo la capital y Barcelona, la metrópoli cosmopolita, todo progreso e industria, puerta de entrada de las vanguardias europeas, etc. Madrid alcanzó su condición de metrópolis durante el desarrollismo franquista, por acumulación de habitantes, pero la metrópolis vanguardista y cosmopolita seguía siendo Barcelona. Les recuerdo que el franquismo fue Jauja para la burguesía catalana, que se puso las botas durante cuarenta años, y no me pueden decir que no.

Como ven, eso de la «capitalidad» hay que cogerlo con pinzas y no creérselo demasiado. Madrid se ha enriquecido económica y culturalmente a partir de su condición metropolitana, no por su condición de capital. La pregunta es qué ha hecho Barcelona mientras tanto.

Si Barcelona ya no es lo que era debemos agradecérselo a los últimos cuarenta años de liderazgo político corrupto y ensimismado, y a los últimos diez, echados a la basura. Madrid supo hacer la transición hacia una metrópoli moderna, mientras que Pujol y sus herederos espirituales han hecho todo lo posible para sabotear cualquier fortalecimiento de la metrópoli barcelonesa y por borrar todo rastro de cosmopolitismo, y en ésas seguimos, firmes y resueltos.

Me duele contemplar las tropelías de la señora Díaz Ayuso. ¡Pobres madrileños! Hace lo que puede para cargarse el Estado del Bienestar, aparte de hacer el burro y montar algún que otro vergonzante paripé. Pero no ha hecho nada que nuestros líderes patrios no hayan hecho antes, multiplicado por diez y con agravantes. En hacer el idiota y recortar todo lo que huela a justicia social, nuestro gobierno autonómico da sopas con honda a cualquier gobierno de derechas de Madrid o de donde ustedes quieran.

Es que en Madrid pagan menos impuestos autonómicos… Bueno, pues aquí pagamos más, mira por dónde.

En Madrid recortan las políticas sociales… ¡Toma! ¿Aquí no? ¡Si han aprendido de nosotros!

Es que se van las empresas… ¡Cómo te burlabas de las que se fueron durante el otoño de 2017!

Es que los periódicos de Madrid… Pues pregunta a la Rahola cómo se consiguen tantas horas en antena.

¿Hace falta que siga? Me recuerdan al estudiante que no ha tocado un libro en todo el curso y, cuando suspende el examen, protesta: «¡Es que mi profe me tiene manía!». Será eso.

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