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Barcelona y el Baix Llobregat, junto a alguna otra zona de Cataluña, van a ser pasto de un experimento torrista: un plan piloto para introducir en las escuelas clases de islamismo. No se trata, ni mucho menos, de fomentar la diversidad de creencias en las enseñanzas regladas ni, tampoco, de abrirse a la llamada multiculturalidad. Si fuera eso lo que se buscaba no se contrataría a fieles musulmanes sino a profesores de historia de la cultura que explicaran las diferentes religiones que hay en el mundo y, ya puestos, su papel a lo largo de los tiempos. No siempre ejemplar, por cierto. Lo que busca el ejecutivo catalán con esta medida es ver si araña algún voto entre los inmigrantes de religión Islámica con derecho a participar en las elecciones.

Lo más sangrante de este asunto, sin embargo, es el silencio de la izquierda que, supuestamente laica y defensora del laicismo, hubiera debido de poner el grito en el cielo por una violación más de la neutralidad de las instituciones del Estado, en este caso la escuela pública. Curiosamente, ha sido la derecha la que se ha quejado, y lo ha hecho por creer que la medida menoscaba los derechos acumulados y abusivos del catolicismo, no por ver pisoteados los derechos de quienes creen en la separación entre la Iglesia y el Estado. Entre la izquierda ha habido alguna salida de pata de banco (la exconcejal Gala Pin) saludando la medida en nombre de la libertad religiosa. ¡Vaya por dios!

Las quejas más serias han llegado desde Europa Laica (organización que también pide la supresión de los acuerdos con El Vaticano), que defiende con vigor la separación entre las iglesias y el Estado y poner fin a la sangría de dinero que cada año se embolsan los curas y las monjas a cambio de una parcela en la otra vida. ¡Eso sí que es especulación del suelo!

La visión de la religión en los países de Occidente tiene una historia diferenciada. Mientras que en Inglaterra el poder y la Iglesia anglicana aceptaron pronto (bastante forzados) la tolerancia, de modo que las libertades públicas y religiosas fueron de la mano, en la Europa continental, las iglesias se alinearon siempre con los poderes de tendencia y práctica absolutista, Inquisición y Calvinismo incluidos, de modo que los movimientos a favor de las libertades se convirtieron inevitablemente en anticlericales, en la medida en que el clero se empeña en imponer a todos sus creencias y criterios de conducta.

Aún hoy, en España en general y en Cataluña en particular, la Iglesia católica se alinea siempre con las derechas más rancias (el PP y Vox, más allá del Ebro; el carlismo soberanista, en los aledaños de Montserrat, monasterio que no casualmente daba nombre a un tercio de los Requetés). Ahora, ese mismo carlismo pretende atraerse los votos de otra iglesia más, la islámica (dicho sea de paso con ramalazos también escasamente tolerantes), introduciendo la enseñanza del Corán en las aulas.

No hay dinero para contratar profesores de matemáticas o de inglés (que sepan de verdad inglés), pero sí que lo hay para promover clases de islamismo. No hay espacios para desdoblar aulas y reducir las posibilidades de contagio, pero sí que los hay para quien quiera tener acceso a un sistema de creencias que nada tiene que ver con la ciencia ni habilita para el acceso a profesión alguna y, apurando, se diría que poco contribuye a formar ciudadanos moralmente autónomos. Y lo que sirve para el Islam sirve también para el cristianismo todo y el catolicismo, que le es parte.

Se suponía que el progreso democrático iba en la dirección de eliminar crucifijos de las paredes de las escuelas públicas (o financiadas con dinero público), pero ahora resulta que no, que de lo que se trata es de poner a su lado la media luna.

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