Eloi Badia junto a Carla Carbonell durante el pregón de las fiestas de Gràcia / RTVE
Eloi Badia junto a Carla Carbonell durante el pregón de las fiestas de Gràcia / RTVE

Fiestas de okupas y teresinas

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Ramón de España
Periodista
Actualizado: 25/08/2022 09:18 h.

Se acabó la fiesta mayor de Gràcia y empezó la de Sants (la primera sin la presencia de su santa patrona, Núria Feliu). Ada Colau se saltó ambas inauguraciones porque, al parecer, todavía está escaldada por el abucheo que se produjo el año pasado en la de las fiestas de Gràcia, cuando tuvo que intervenir, para protegerla de la ira de ese populacho al que ella tanto quiere, el ínclito Jordi Cuixart, el hombre que se cachondea del prusés desde la piscina de Pilar Rahola y que se dispone a ampliar sus negocios en Suiza gracias a una subvención del estado más tonto de Europa, España, que disfruta regalando dinero público a los que aspiran a destruirla. Este año, el marrón de Gràcia se lo comió Eloi Badia, un hombre ya acostumbrado a que se cisquen en sus muertos fritos por donde quiera que vaya (creo que el inefable Mascarell también cosechó algunos berridos, pero a ese le entra todo por una oreja y le sale por la otra mientras la nómina llegue puntualmente a su cuenta corriente). Por si las moscas, Ada se abstuvo de aparecer por Sants, no fueran a acusarla de no haber hecho nada para evitar el deceso de Núria Feliu, pero no sé quién se llevó los preceptivos abucheos. Algún secuaz, probablemente, que para eso están: nos tuvimos que consolar viendo a Ada bailar en el concierto de Rosalía con esa gracia y ese salero que Dios le ha dado.

Los habitantes del Eixample tenemos cierta tendencia a observar con displicencia las fiestas mayores que se celebran en Barcelona, donde cada barrio se cree mejor que los demás, salvo esa cuadrícula a lo Manhattan que diseñó el gran Ildefonso Cerdà y que sus moradores recorremos alegremente, aunque sin el menor orgullo de barrio ni la menor intención de celebrar ninguna fiesta mayor, que es una cosa que nos parece más propia de los pueblos. Tal vez se deba a que los del Eixample somos los únicos barceloneses auténticos y representamos a toda la ciudad, de la que les gusta excluirse a los de Gràcia, a los de Sants y hasta a los de Sarrià. Mientras los demás dicen que bajan o suben a Barcelona, nosotros sabemos que, en el fondo, somos Barcelona.

Fiestas de Sants de Barcelona con decenas de personas en la calle
Fiestas de Sants de Barcelona con decenas de personas en la calle

De todas las fiestas mayores de los barrios, yo diría que la que más grima nos da es la de Gràcia. Por el orgullo sin base alguna de sus habitantes. Por esas calles engalanadas de manera cutre y pobretona porque no abundan ni el presupuesto ni la imaginación. Por la mezcla de dos colectivos tan disonantes como los okupas antisistema y las yayas que se tiran todo el año preparando los adornos de sus calles, que tanto nos recuerdan a las protagonistas de Les Teresines, aquella serie de TV3 que es, junto a Plats bruts, lo único decente que nos ha dado la nostra durante todos los años de su bendita existencia. Los del Eixample, reconozcámoslo, nos perdemos por Gràcia cuando vamos a los cines Verdi y no nos acercamos ni locos por ese barrio cuando se celebran las fiestas locales. Nos saca de quicio esa ilusión compartida de vivir como en una especie de pueblo al lado de una gran ciudad. Nunca olvidaré a un majadero, cuyo nombre no recuerdo, que me dijo hace años que él solo creía en la República Independiente de Gràcia. Que con tu pan te la comas, pensé entonces y pienso ahora. Realmente, hay gente que no merece vivir en una ciudad, aunque se trate de una reliquia de sí misma, de un enclave decadente a más no poder, de esa Barcelona que empezó a irse al carajo con la primera victoria de Pujol y que ahora, sometida a una pinza letal entre los separatistas y los comunes, va de mal en peor.

La tendencia a la pequeñez del nacionalismo ha hecho que en Barcelona no quedemos más barceloneses que los habitantes del Eixample. Los demás se agarran a su respectivo barrio birrioso y no hay quien los saque de ahí, mientras nos miran por encima del hombro a los descastados de la cuadrícula a lo Manhattan, que no tenemos ni padre ni madre ni perrito que nos ladre. Que celebren en santa paz sus fiestas y nos dejen en paz, por favor, si se lo permiten, en Gràcia, los del colectivo Tres Lliris, unos amigos de Eloi Badia que aspiran a representar la alternativa al jolgorio de las Teresinas. No sé quién da más grima, si éstas o los supuestos alternativos, que más de una vez han destrozado en una noche el trabajo de un año de las yayas del barrio (estoy llegando a la conclusión de que se merecen mutuamente).

La calle Verdi gana el primer premio de las fiestas del barrio de Gràcia de Barcelona / EUROPA PRESS
La calle Verdi gana el primer premio de las fiestas del barrio de Gràcia de Barcelona / EUROPA PRESS

Y en cuanto a Ada, no todo se reduce a menear las lorzas con Rosalía, sino que digo yo que el sueldo incluye ser abucheada en Gràcia, en Sants y donde sea necesario. Mascarell es como un frontón contra el que se estrellan inútilmente los insultos. Badia vive permanentemente abucheado. Nada nos divertiría más a los descreídos del Eixample que ver a Ada llorando cada año por los barrios con más carácter de Barcelona, tanto carácter que sus habitantes ni se dignan a considerarse barceloneses. En fin, nos toca a los de siempre representar el espíritu de la ciudad, aunque nadie nos lo agradezca. Como decían los estoicos, soporta y renuncia.

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