Repican los tambores. Se encienden los focos. Tum, tum. Fuerte y seco, gritan: “TOTEM”. Con este inicio, apoteósico –¡brutal!– ha dado comienzo el show del Cirque du Soleil que se ha estrenado este viernes en la imponente carpa blanca ubicada en el Distrito Cultural de l'Hospitalet. Después de seis años, la compañía circense ha entrado de nuevo a la ciudad por la puerta grande. Y, una vez más, ha despertado lágrimas, nervios, congoja, y miles de aplausos y ovaciones entre el público.

TOTEM cuenta la historia de la humanidad desde sus orígenes hasta hoy. Desde el génesis al smartphone. Y a través de los diferentes números de saltimbanquis, contorsionistas, patinadores, trapecistas, clowns y monociclistas, el espectador va acercándose a la sofisticación: del ser humano, pero también de la propia compañía cuyas coreografías son cada vez más complejas y bestiales.

ROZAR LA PERFECCIÓN

Como el ser humano, la compañía quiere alcanzar la perfección, y por eso en la pieza –como en la vida– parece que no haya margen para el error. Los artistas terminan sus acrobacias y piruetas sonrientes, ufanos, con cara de “aquí no ha pasado nada”, y abandonan el escenario con elegancia y sigilo. Además de ser unos semi-dioses, cada uno en su disciplina, también son unos genios actuando.

El director creativo de la compañía, Neilson Vignola, afirmaba durante la presentación de la exposición Totem, behind the scenes en el Disseny Hub que su objetivo es “sorprender al público haciendo cosas que parezcan imposibles”. Y en este sentido, para ello, se han valido de las nuevas tecnologías que se integran a la perfección en esta producción. Véanse los efectos especiales y los cambios de escenografía: fluidos, magistrales.

No se quedan atrás tampoco ni el maquillaje ni el vestuario que ya habían sabido calar en el público anteriormente, en otros espectáculos como Saltimbanco u Alegría. Ni tampoco la música en directo, que contribuye al efecto envolvente de la actuación en su preciso contexto. Hasta las transiciones de una escena a otra se llevan buenas palabras. Un número que parecía simple acaba convirtiéndose en poesía de alto nivel.

Para ser uno de los semi-dioses del Cirque du Soleil –además de talento, ambición y perseverancia– se necesita valentía. Contaba Vignola en la presentación de la exposición que desde la compañía trabajan para minimizar los accidentes entre los artistas. El pasado fin de semana lamentablemente hubo uno en Florida, donde una mala caída en un número de cuerdas le causó la muerte a un artista: Yann Arnaud. El fallecimiento, que no es el primero en la compañía, ha conmocionado al mundo. El Cirque de Soleil se ha acordado de él, le ha dedicado el espectáculo, y el publico ha roto en apluasos.

Si me permiten un consejo, cuando vayan al espectáculo, miren arriba. Porque lo que sucede en la oscuridad es fascinante. Los artistas suben y bajan como lagartijas, preparan sus entradas y salidas a escena, calientan, se concentran. El universo que rodea TOTEM es mágico. Podría seguir con una retahíla de adjetivaciones, pero no quisiera contar más de la cuenta y luego sufrir abucheos por soltar spoilers. Así que dejémoslo en insinuación, que corra el aire, y me despido: si la evolución era esto, TOTEM merece la pena.

Una escena de TOTEM del Cirque du Soleil / HUGO FERNÁNDEZ
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