Dicen que Gràcia es el barrio con más personalidad de Barcelona, y no seré yo quien lo niegue. Otra cosa es que dicha personalidad contenga ciertos elementos que a algunos nos irritan considerablemente. Para empezar, esa manía -aparentemente inofensiva- de muchos de sus habitantes de creer que viven en un pueblecito adorable y no en un barrio de una gran ciudad. Son los que dicen “Mañana bajaré a Barcelona” como si partiesen para un largo viaje, o el tipo que conocí hace años y que aseguraba ser exclusivamente un ciudadano de la República Independiente de Gràcia. Los mismos que nos miran por encima del hombro a los del Ensanche, cosa que también hacen los de Sarrià, pero con la excusa de tener más dinero que nosotros. La superioridad de los nativos y asimilados de Gràcia se basa en intangibles como que viven en un pueblo o que su fiesta mayor es la mejor de todas las que se celebran en Barcelona. Y algunos habitantes del Ensanche solemos reaccionar reclamando la demolición de Gràcia -salvando los cines Verdi- y la instalación en su lugar de esa especie de Central Park que tanto agradeceríamos al aventurarnos más allá de nuestra querida cuadrícula.

A lo largo del año, uno se olvida de la teoría de la demolición, pero se apunta a ella de nuevo en cuanto empiezan las fiestas de Gràcia, que entre las calles engalanadas -ideas de bombero sin mucha imaginación, llevadas a cabo con un presupuesto insuficiente- y la proliferación de supuestos antifascistas dedicados a destrozarlas o a prenderles fuego se convierten en un espanto que se repite año tras año. La edición que acaba de terminar ha sido la catástrofe habitual: Collboni abucheado al leer el pregón porque no es indepe, calle a tomar por saco acusada de decoración racista -una reserva india, ¡qué cosas se les ocurren a las yayas del barrio!-, otra calle quemada a última hora no se sabe muy bien por qué, aparición de Ada Colau para decir que la ola de inseguridad que padecemos no es más que una serie de hechos puntuales y para cocerse a birras en un bar cutre mientras en la barra, a un metro de distancia, un Einstein local le canturrea “borracha, borracha”… Ah, y una violación como fin de fiesta.

Antes de la aparición de las hordas alternativas, las fiestas de Gràcia daban un poco de penica por su cutrez y sus pretensiones modelo Los mundos de Yupi, pero ahora dan, directamente, grima. Llevo cuarenta años sin pisarlas y tengo amigos que viven en el barrio y que, días antes del jolgorio, se dan a la fuga para esquivarlo. La mezcla humana de abuelitas que viven de espaldas al presente y a la realidad, almas seudo poéticas e insumisos de boquilla con tendencias al gamberrismo y la piromanía ha fabricado un cóctel de lo más indigesto. Y como la cosa no tiene arreglo, creo que la teoría de la demolición al servicio de ese pulmón verde que tanto necesitamos los habitantes del Ensanche debería empezar a ser tenida en cuenta por nuestros munícipes. En cuanto se le pase la resaca a Ada Colau, claro.

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