“No somos esclavos. Somos seres humanos”. Este lema se oyó el domingo pasado ante el número 90 del Paseo de Gràcia, frente a la Casa Milà. Allí tiene su sede la delegación de la Comisión Europea en Cataluña y las Baleares. Quienes gritaban ese lema eran, en su mayoría, ciudadanos cuyo color de piel es negro. Han llegado aquí procedentes de Senegal, Camerún, Gambia, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad y otros países subsaharianos. La mayoría viven con estrecheces pero etiquetarlos de “esclavos” es excesivo, a menos que apliquemos el término a los miles de trabajadores instalados a la fuerza en la precariedad desde hace años.

Los asistentes a la concentración del domingo –algunos blancos, no muchos, se añadieron a ella- clamaban contra el trato que reciben los migrantes retenidos en centros de detención o vendidos (y el uso de la palabra es el adecuado) por centenares de euros como trabajadores irregulares a empresarios libios. Libia es un agujero negro que engulle decenas de miles de ciudadanos que intentan cruzar el Mediterráneo para encontrar una vida mejor, más tranquila, digna y segura, en Europa.

Pero Europa no los quiere. Se lo ha dicho por activa y por pasiva. Pero con subterfugios y palabras huecas. Ha dicho que aceptaría decenas de miles de refugiados pero luego no ha cumplido su promesa. Ha dejado que algunas ONGs llevaran barcos al Mediterráneo para rescatar a los migrantes que iban a la deriva pero luego les ha puesto todo tipo de trabas para que cumplieran con esa labor. Y, ahora, cuando los dirigentes de la Comisión Europea han visto como les pasaban por la cara videos de zocos nocturnos donde se venden personas o imágenes en las que se ve a migrantes colgados por los pies en ventanas de edificios siniestros, ofrecen poner aviones a disposición de las autoridades libias -¿qué autoridades?- para que los devuelvan a sus países de origen.

Si hay manifestaciones justificadas, la del domingo ante la delegación de la Comisión Europea es una de ellas. Lo que no se justifica es la apatía de los medios de comunicación para hacerse reflejo de ella ni la de los ciudadanos que miran hacia otro lado o se rinden ante la impotencia y la frustración que generan a menudo estos actos. Porque, claro, nadie les escuchó en la delegación europea, cerrada como estaba a esas horas.

Quizás sirva de consuelo recordar que manifestaciones similares se han celebrado y se seguirán celebrando en otras ciudades europeas. Poco consuelo es mientras sigan vendiendo, maltratando, violando, dejando morir, asesinando impunemente a personas que sufren esos abusos a menos de 3.000 quilómetros del Paseo de Gràcia.

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