La Barcelona de 2020 será una Barcelona muy distinta a la de 2015 cuando Ada Colau superó a Xavier Trias en las urnas y prometió un cambio total en la forma de hacer política. Y ahí no se equivocó, porque la gestión de los comunes es única e intransferible. De gestionar, la verdad, poco saben, aunque tampoco les interesa mucho, preocupados como están siempre en buscar enemigos externos a los que combatir para salvarnos de todos los males habidos y por haber.

Colau, activista por vocación hace unos años y activista con cargo ahora, le ha cogido el gusto a subir impuestos a todo moche. Que si la tasa de residuos, que si las tasas de las terrazas se disparan hasta un 800%, que si el impuesto de circulación… Con Colau, una presunta alcaldesa progresista, todo sube o casi. Curiosamente baja el número de efectivos de la Guardia Urbana y el número de bomberos. Crece, en cambio, el número de recaudadores de impuestos.

Los barceloneses también recordarán 2019 como el año de la inseguridad. Hasta 16 muertes violentas se han registrado ya en la capital catalana. Según datos del Ministerio del Interior, entre el 1 de enero y el 30 de junio se cometieron 100.000 delitos. Las comparaciones con Madrid son terribles para Barcelona y menos mal que por ahí ha aparecido Albert Batlle. El ex director de los Mossos ha de ser fiel a sus principios y no bajarse los pantalones como han hecho otros compañeros suyos del PSC, totalmente entregados a los delirios de Colau y los comunes.

Colau, en cambio, no habla últimamente de la necesidad de combatir el problema de la vivienda. Prometió 4.000 pisos de alquiler asequible en la campaña electoral de 2015 y entregó menos de una tercera parte al finalizar su primer mandato.

Los comunes, eso sí, saben como contentar a sus fieles, ya sea despotricando de las grandes empresas o cambiando el nomenclátor de algunas calles por motivos dogmáticos. Con Colau en la alcaldía, la distancia entre los ricos y los pobres se ha disparado en Barcelona. En algunos barrios, como Ciutat Meridiana, Torre Baró o Bon Pastor, todavía esperan noticias de su alcaldesa, cada día más pija y menos progre.

No solo en los barrios más populares despotrican de la primera edil. En el centro también están que trinan, sobre todo los comerciantes, después de la inacción del gobierno municipal con las acampadas en la plaza Universitat y los disturbios posteriores a la sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes del procés.

La alcaldesa de las obsesiones, la misma que quiere rescatar políticas económicas caducas y propias de países totalitarios, se ha aprovechado de la fractura identitaria que se vive en Cataluña y, por extensión, en Barcelona. Por primera vez no manda la formación más votada. Colau gobierna gracias a los votos del PSC y de Manuel Valls, a quien acusó de ser el candidato de las élites. Así de surrealista y paranoica es la Barcelona actual, donde el Concejal de Emergencia Climática que da lecciones de ecología y ética tiene uno de los coches más contaminantes de la ciudad y desprecia a los afectados por el derrumbe de 144 nichos en el Cementerio de Montjuïc, hace ya dos años y tres meses.

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