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En la villa de mis veraneos infantiles y juveniles, el pregón de la Fiesta Mayor era uno de los acontecimientos que «la gente del pueblo de toda la vida» no se perdía ni en broma. Nunca entendí por qué. Solía dar el pregón una versión contemporánea y local del abuelo Cebolleta, que aprovechaba la oportunidad para hablar de sus batallitas. Algo parecido sucedía en la misa que oficiaba el señor rector ante el santo patrón, las autoridades, los bailes populares y, de nuevo, «la gente del pueblo de toda la vida». Ambos, el abuelo Cebolleta y el señor rector, competían por ver quién soltaba el discurso más largo. La última vez que yo recuerdo ganó el señor rector, con un sermón de hora y media, batiendo por catorce minutos exactos al pregonero de la Fiesta Mayor. Que «la gente del pueblo de toda la vida» acudiera y siga acudiendo en masa a esta tortura colectiva sigue dejándome pasmado.

En Barcelona somos más civilizados, lo que quiere decir, etimológicamente, que no somos tan de pueblo. Aquí los pregones tienen una duración aceptable y los pregoneros no son abuelos Cebolleta con ganas de contar batallitas. Por regla general, son personas más interesantes y, en consecuencia, dicen cosas más interesantes. Las autoridades se ocupan de eso y procuran que el acto institucional no dure demasiado. Mantienen al pregonero en ayunas y le informan de que, tan pronto acabe el pregón, habrá comercio y bebercio para los asistentes y podrá entonces saciar sus apetitos. El truco nunca ha fallado hasta ahora y el discurso dura el tiempo justo.

Me he alegrado cuando he leído en la prensa que la pregonera de la Fiesta Mayor que viene será quien fue hasta hace poco alcaldesa de Madrid, doña Manuela Carmena. A ustedes les podrá caer bien, mal o regular, compartirán o no sus ideas y aprobarán o desaprobarán sus acciones, pero no me negarán que doña Manuela es una mujer inteligente, con una buena formación, una larga experiencia y, por tanto, mucho que decir.

Pero, una vez más y otra, la prensa amarilla, la del régimen, ya me entienden, ha puesto el grito en el cielo. El porqué es fácil de adivinar. La señora Carmena tuvo la ocurrencia de decir en una radio procesista aquello que muchos pensamos que es así. A saber, que los llamados presos políticos (cito) «no son presos políticos en absoluto» y que el auge del nacionalismo español responde en parte al independentismo catalán.

Me da mucha pereza tener que explicar una vez más por qué le doy la razón a la señora Carmena, para luego matizar una cosa, subrayar otra, etcétera, porque estoy hasta el gorro del proceso y de la madre que lo parió. Es una monserga, ni más ni menos. Es decir (citando a la RAE), una «exposición o discurso fastidioso, pesado o repetitivo, y en ocasiones reprensivo», una «cosa o asunto fastidioso» o, si lo prefieren, un «enunciado confuso y embrollado» que no lleva a ninguna parte.

Me consta que esta opinión sobre el proceso la comparten la mayoría de los votantes de la señora Colau. Pero también me consta que la señora Colau y los mandamases de su formación política tienen alergia a llamar a las cosas por su nombre, y hasta han publicado un manual sobre ello. Además, pocas cosas temen más en este mundo que ser acusados por los procesistas de no ser procesistas. Les faltó tiempo para asegurar que la señora Carmena expresó una «opinión personal» y jurar y perjurar que «siempre hemos dicho que creemos que son presos políticos y que la única sentencia posible es la absolución», no vayan a llamarnos fachas los fachas, por favor.

Me duele, y me duele mucho, este complejo de la izquierda catalana y de parte de la izquierda española ante el nacionalismo catalán. Por definición, y también a la vista de los hechos y de los líderes procesistas, no es, no ha sido y no puede ser un movimiento ni progresista ni socialmente provechoso. Creo que tengo tanto el derecho como el deber de decirlo. Otra cosa es que me hagan caso, porque, mientras se miran el ombligo, no atienden a las cosas que de verdad importan.