Uno de los edificios arquitectónicamente más significativos de Barcelona es la casa Planells, que se levanta en un solar irregular de 83 metros cuadrados en el cruce de la avenida Diagonal con la calle Sicilia. Diseñada y construida en 1924, suele pasar desapercibida y se salvó de la piqueta no sé cómo, la verdad. Dicen que la casa es modernista, pero lo dicen porque tiene curvas. A mí me recuerda más a la arquitectura alemana contemporánea, pero qué sabré yo. En contra de mi opinión, se sostiene que precisamente por aquel entonces la muchachada de la Bauhaus ya había levantado edificios de acero y cristal, aunque a favor están los edificios expresionistas alemanes.

En verdad, su arquitecto, Josep Maria Jujol, hacía un poco lo que quería, con muy buen criterio. En este edificio obró milagros con un presupuesto y un solar tan pequeños. Algunas de las soluciones que ideó para la casa Planells recuerdan aquellas otras del genial Borromini en San Carlino (San Carlo alle Quattre Fontane), en Roma, que también se enfrentó a un terreno pequeño e irregular. Un edificio me lleva al otro, aunque es posible que no guarden una relación directa.

A mi juicio, sólo hay otros dos edificios en Barcelona de igual peso en la historia de la arquitectura del siglo XX. Uno es la escuela (provisional) que levantó Gaudí para los hijos de los obreros de la Gran Mona de Pascua, la Sagrada Família. Tan modesto edificio es magnífico y supera con mucho a la Disneylandia que se levanta en su terreno. El otro se construyó, se destruyó y se reconstruyó lo más fielmente posible con ocasión de los Juegos Olímpicos, y es el Pabellón Barcelona, de Ludwig Mies van der Rohe, que viene con silla y todo, aunque el diseño de la silla tuvo más que ver con la pareja del arquitecto, Lilly Reich.

Si me permiten otro ejemplo romano, el templete de San Pietro in Montorio, de Bramante, demuestra una vez más que las obras maestras no tienen por qué ser colosales. Hay más sabiduría, inteligencia y Renacimiento en ese pequeño edificio que en muchísimos otros juntos. Los tres edificios de Barcelona que he nombrado, construidos entre 1908 y 1929, demuestran una cosa: el talento no precisa de grandes medios para manifestarse. Pero hay que dejar que se manifieste, claro.

Y en ésas estamos, en Barcelona, alrededor de una mesa, con las manos unidas, haciendo «Mmmm…» con la boca y los ojos cerrados mientras quien dirige la función dice, con voz gutural: «¡Manifiéstate…! ¡Manifiéstate…!». Y ya les digo yo que así no se manifiesta.

Prueba de ello son los autos de fe del procesismo a favor del Espíritu del Pueblo, que tendría que encarnarse en una nación, etcétera. Pues ¡vaya! No han hecho más que desgraciarnos la vida y echar arena en la delicada maquinaria del Estado del Bienestar, que ya no funciona. Tan bien que estábamos hace diez o quince años y ya me dirán ustedes qué hemos sacado de bueno de la búsqueda de ese espíritu imaginario. No, queridos lectores, el espiritismo no es una solución, nunca lo ha sido, pero promover el talento quizá sí que lo sea. La razón, no la fe, tendría que imponerse en política.

La pregunta es entonces cómo hacer que eso sea así. Estos días leo en muchas partes que Barcelona contempla su negro futuro y busca con desesperación un gran proyecto para no hundirse en el más rancio provincialismo, que es hacia donde vamos con prisas y sin frenos. Quizá, y ahí lo dejo, no sea necesario «un gran proyecto», sino hacer las cosas medianamente bien, las cosas normales y corrientes. Marcarse objetivos asumibles y concretos, ponerse de acuerdo y echar a caminar, poquito a poco.

Fíjense con qué desesperación buscan nuestros munícipes y nuestros líderes patrios una Gran Mona de Pascua para Cataluña o Barcelona, que vienen a ser lo mismo, algo grande, llamativo, fenomenal, pero fíjense en la Gran Mona de Pascua de verdad. Murió el genio que la inició y más de un siglo después se ha convertido en un circo de dudoso gusto, todavía inacabado. No queremos eso, ¿verdad?

En cambio, si fuéramos todos conscientes de nuestras limitaciones materiales e intelectuales, que no son pocas, aprenderíamos a colaborar los unos con los otros y podríamos invertir en escuelas, en librerías y bibliotecas, en hospitales, en transporte público… poco a poco y con buena letra. Entonces quizá, digo quizá, lograríamos sembrar un terreno en el que el talento pudiera finalmente florecer.

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