Barcelona encara el futuro con muchas dudas, con una perspectiva metropolitana que trasciende sus 10 distritos y exige una nueva forma de hacer política. Comunes y socialistas deben pilotar una transformación que encare las nuevas problemáticas de una urbe castigada por las tensiones identitarias, la nefasta gestión de los primeros y el entreguismo de los segundos a las tesis de Colau y sus ideólogos. Y en tiempos de gesticulación y poca acción política, Barcelona afronta una revolución tarifaria en su transporte público de la que mucho se ha hablado y se hablará en las próximas semanas.

La T-10, la opción más utilizada por los barceloneses, desaparece. Tal cual. La ATM (Autoritat del Transport Metropolità) ha sacudido todas las tarifas vigentes y ha optado por favorecer o beneficiar a los usuarios más habituales del metro y el bus, con la creación de la tarjeta T-Usual. Este abono permitirá un uso ilimitado de desplazamientos durante 30 días por 40 euros.

La T-10 se transforma en la T-Casual y su precio se incrementa notablemente. Pasará de los 10,20 euros actuales a los 11,35 por 10 viajes. Este incremento, de 1,15 euros, ha sido cuestionado y censurado por los usuarios. Tanto por los clientes más esporádicos como por algunas familias.

En plena vorágines de críticas, el ATM ha rectificado con la creación de T-Familia, que costará 10 euros y constará de ocho viajes. Será un título multipersonal, pero con un coste más elevado que la actual T-10, por mucho que lo intenten camuflar comunes y socialistas.

Las nuevas tarifas gustan y molestan, según las necesidades de cada usuario. No hay unanimidad. Sí la hay, en cambio, en la necesidad de mejorar el transporte público en Barcelona. Está bien que Colau presuma de que aumentará el número de pasajeros del metro y del bus, pero debería decir si reforzará la flota actual. Todo parece indicar que no será así y que las grandes aglomeraciones persistirán y, en algunos casos, se agravarán.

Coger el metro un fin de semana que hay un concierto o un partido del Barça es un suplicio para los barceloneses. Es indecente que la frecuencia de paso sea superior a siete minutos y se vivan imágenes dantescas, nada recomendables en los cánones de la seguridad ciudadana. También se agradecería una política más transparente para paliar el problema del amianto en el suburbano.

El transporte público es la mejor solución para moverse en cualquier metrópoli, pero el gobierno municipal no puede criminalizar otras opciones, como los desplazamientos en coche o moto, necesarios para muchos ciudadanos por motivos laborales. En el arte de la seducción y no de la penalización está la clave para conseguir una Barcelona más sostenible y humana.

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