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“No se han detectado un gran crecimiento de las okupaciones”. Así de rampante se expresó la alcaldesa de Barcelona en una entrevista en Betevé, al tiempo que marcaba diferencias entre las okupaciones según la propiedad. Para Colau no es lo mismo okupar el piso de un pequeño propietario que okupar el piso propiedad de una gran corporación, un banco o un gran propietario. Sin embargo, la alcaldesa demostró no estar informada. El teniente de alcalde de Seguridad, Albert Batlle, no tuvo pelos en la lengua y en rueda de prensa, dio un dato que hace pensar, a todos menos a la señora alcaldesa. Las okupaciones se han incrementado un 41% en el mes de julio, a un ritmo de seis al día.

Si esto no es un problema para la máxima responsable de Barcelona, quizás debería dedicarse a otra cosa. Albert Batlle se ha puesto manos a la obra y está abordando la cuestión con los Mossos d’Esquadra, con la fiscalía y con la judicatura para analizar esta cuestión y saber el porqué de este aumento. “Es un tema que nos preocupa. Estamos tratando con los Mossos para detectar que tipología de okupaciones se están realizando que van más allá de ocupar una propiedad”.

Es decir, en el consistorio tenemos dos varas de medir. Una, la de Batlle, intentando poner coto a un problema social que afecta a ciudadanos con problemas de vulnerabilidad y a los propietarios que ven como se enfrentan a una pandemia de personajes, personajillos, delincuentes, caraduras y aprovechados, que le dejan al pairo ante la lentitud de la justicia. Otra, la de Colau, que es mirar a otro lado porque muchos de las asociaciones que apuestan por la ocupación pertenecen a su entramado de acólitos.

La pregunta del millón es dónde están y como están los proyectos para crear vivienda social en la ciudad que den cobijo a las familias con problemas y marginar a toda esta tropa que han hecho de la ocupación una forma de vida manipulando, y vejando, el argumento de que la vivienda es un derecho constitucional. Claro que lo es, lo que no es constitucional, ni legal, ni ético, es aprovecharse de la ley.

Lo que tampoco es ético es que nuestra alcaldesa se ponga de perfil ante un problema que crece cada día que pasa. Tampoco lo es, destrozar la ciudad con pilones de cemento que convierten algunas calles en travesías del desierto. Tampoco, dejar al pairo a la economía productiva que ve como la ciudad cae en el mar de la decadencia, tampoco abandonar a los trabajadores de Nissan y despreocuparse del futuro de la planta, y tampoco, esto mucho menos, es poner impuestos en el recibo del agua por la puerta de atrás.

Barcelona tiene un problema. Los comunes se han mostrado, se están mostrando y todo apunta que se mostrarán, incapaces para resolver los problemas de una gran ciudad. Seguramente porque les viene grande. Bien harían las formaciones políticas en pensar en cambios. No ahora, seguramente, pero está claro que Colau no es, ni será una buena alcaldesa. Su entrevista el jueves en Barcelona Televisión es un ejemplo. Cuando habló de okupaciones o mintió, o simplemente no tiene ni idea de la situación. No se que es peor. Tener una alcaldesa que no se ocupa, implica tener una alcaldesa que preocupa. A los barceloneses, off course.

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