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Cuando era pequeñito y regresábamos a Barcelona por la autovía de Castelldefels en coche, un letrero anunciaba que estábamos a punto de entrar en la Ciudad de los Congresos. Aunque al letrero se lo comió el tiempo, Barcelona sigue atrayendo congresistas. Sin ir más lejos, los pasados 6, 7 y 8 de septiembre se celebró The Ufology World Congress 2019, también conocido como Tercer Congreso Internacional de Ufología. ¡Ahí es nada!

El congreso de los hombrecillos verdes y los platillos volantes vino cargado de buenos propósitos. La nota de prensa decía que se reunían (cito) «con la misión de unir y expandir la conciencia colectiva con información innovadora a todos aquellos deseosos de conocimiento». Loable intención, redacción mejorable. El lema del congreso era «Expandiendo conciencia colectiva basada en el Amor», porque los extraterrestres son unos salidos, me temo. También publicitaban el congreso diciendo que iban a ser «tres días de Ciencia y Espiritualidad, apertura a la Conciencia en un Evento único». Único, no lo dudo. Montaron un sitio web y todo.

La cuestión es que no pudieron escoger lugar mejor para su congreso que el Hotel Hesperia Barcelona Tower. Bueno, el hotel no está propiamente en Barcelona, sino en la vecina Hospitalet de Llobregat, pero cuela, porque está justo al lado. Y digo que no pudieron escoger un lugar mejor porque Richard Rogers, arquitecto, coronó el edificio ni más ni menos que con un platillo volante, una «cúpula acristalada y panorámica», un invernadero colosal expuesto al sol del Mediterráneo. Cuando no funciona el aire acondicionado, el platillo volante de marras simula perfectamente los calores que padecerían los cosmonautas en la superficie de Venus, donde se achicharra hasta el diablo.

Pues ahí mismo se reunieron los congresistas para hablar de sus cosas. Unos dieron conferencias y otros impartieron talleres, que están de moda. Las entradas no fueron baratas, pero hubo ofertas y descuentos. Se aprovechó, cómo no, para vender cosas, porque no hay congreso que se precie sin «merchandising», palabro mágico. Camisetas, amuletos, libros, revistas, cosas mágicas así, en general, que los ponentes vendían como si les fuera la vida en ello, y les va, porque de algo hay que comer. Además, me da que el asunto de los hombrecillos verdes es una excusa para que cada uno de los ponentes vaya a su bola. En el programa había (agárrense): armas psicotrónicas y revelaciones cósmicas, técnicas de meditación y sanación de creencias limitantes mediante las ondas cerebrales THETA, que son la leche, activación de poderes secretos, que no sé cuáles son porque son secretos, los círculos de los sembrados, para atraer el turismo rural, los seres de luz, que no son los del agua y el gas, y un largo etcétera de tonterías que incluye tipos tocando la gaita o maestros de reiki.

Nada de eso salió en prensa, con lo divertido que podría haber sido. Porque estaban todos, ay, con la murga de la Diada. La Diada esto, la Diada lo otro... Jolín, qué pesados con la Diada. ¡Si es todo lo mismo, cada año! Pues ¿saben qué? Disparate por disparate, chalado por chalado, les he hablado de los ufólogos porque su humor suele ser más blanco e inofensivo que la bilis de ratafía, y me divierten más. Y con esto lo he dicho todo.

El día en que el 11 de septiembre sea un día festivo más, como el 8 de diciembre o el 15 de agosto, uno que ojalá caiga en puente, en el que nadie escuche lo que tenga que decir la autoridad de turno («Quita eso y pon el fútbol, corre, niño») y se viva sin gritos ni insultos, viviremos en un país normal.