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El otro día me pasaron las imágenes de unos jabalíes triscando por el Eixample. Parecían tan desconcertados como los humanos, explorando la jungla de asfalto. Hocicaban en los alcorques y parterres con la familiaridad de quien no ha hecho otra cosa en la vida, pero de vez en cuando alzaban la vista con desconfianza.

Sí, estos días la ciudad ha yacido a los pies de mi balcón extrañamente silenciosa, excepto cuando los vecinos de mi calle intentaron cantar el ¡Resistiré!. Verían un vídeo de una calle italiana cantando a coro y se vinieron arriba. ¡Bueno! Parecía que alguien estrangulaba a un gato. Pero al menos lo intentaron y hubo risas. La moral está en juego y, como dijo Napoleón, la moral es la mitad de la batalla. Tras el fallido experimento de la coral callejera, nos limitamos a los aplausos y dejamos ir algún ¡bravo! cuando toca. Esto sí que nos sale bien, porque sabemos que mucha gente están haciendo mucho por nosotros y merece nuestro reconocimiento. Su moral es la nuestra. ¡Adelante! ¡Ánimos!

Poco más podemos hacer. Permanecemos aislados e intentamos transmitir ánimos y buen humor. Sin agobiar, porque el WhatsApp no para de hacer pip pip todo el día y estoy de arco iris y unicornios hasta el colodrillo. También hablas con familiares que tenías olvidados o te apuntas a un curso de macramé en línea, algo impensable hace un mes. Pero en estos tiempos que corren, o se aporta algo o se aparta uno.

Como ya he dicho, hay jabalíes en la calle, pero también algunos cerdos. Los primeros se marcharán cuando esto acabe. A los segundos tendríamos que quitárnoslos de encima, porque son una plaga.

Un conocido ha sido confinado en su casa con evidentes síntomas de coronavirus. Su pareja le sigue con malestar, tos y fiebre. Pero afirma, con desparpajo, que está a salvo de todo porque se mete entre pecho y espalda un vaso de agua con unas gotitas de lejía, el MMS que vende el señor Pàmies como remedio universal. Porque, una vez más, el negocio del señor Pàmies está por encima del sufrimiento que ocasiona y el peligro que supone.

Me dirán que no es peligroso y que si alguien cree lo que dice el señor Pàmies, es idiota. Véase: es notoriamente calvo y vende crecepelos. Pero ¿cuánta gente que dice tonterías campa a sus anchas por estos mundos del buen Dios con un rebaño de fieles seguidores a sus espaldas? Sírvanse ustedes mismos a encontrar ejemplos, que sobran. Para eso sirven las autoridades, para poner freno a los peligros. Espero de ellas que, en medio de una alarma sanitaria, caigan sobre este señor con todo el peso de la ley, porque con la salud no se juega.

El señor Pàmies vende crecepelos y cuántos más nos venden la moto aprovechando la ocasión. Entre ellos, algunos que aprovechan para envenenar el ambiente y plantar odio. Son, curiosamente, los mismos que recortaron la sanidad pública con frenesí y la han dejado a los pies de los caballos. Es tan evidente su maldad que da grima ver que tienen tantos seguidores, tan ciegos, tan entregados.

En fin… Suerte que hay todavía muestras de solidaridad y compromiso. Sin ir más lejos, los deportistas profesionales del FC Barcelona. Cobran todos juntos un salario de 470 millones de euros al año, otros ingresos aparte, y se niegan a reducir su salario mientras dure la cuarentena. Prefieren que las personas que limpian sus vestuarios, se encargan de la tienda de souvenirs o cortan el césped queden temporalmente en el paro a perder ellos un pellizco de sus multimillonarios ingresos. Saben que, cuando esto acabe, hagan lo que hagan, seguirán siendo los héroes del balompié y serán aclamados por el público tan pronto salgan en calzoncillos a darle de patadas a un balón. Porque somos así de idiotas, no tenemos remedio y no dejamos de comprar crecepelos.

Pero vamos a lo que importa. Corren tiempos complicados y más complicados serán. Así que, permíteme el tuteo, si lo que vas a hacer o decir no ayuda, mejor te lo guardas.

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