Quiero hablar de cosas realmente interesantes y no se me ocurre nada más que hablar de libros, y de lo mucho que Barcelona tiene que ver con ellos. Quiero hablar de grandes empresas y de pequeños héroes. En su mayor parte, barceloneses de nacimiento o de adopción, gente del libro, gente de libros.

La pasada semana tuvimos noticias de libros. Se otorgó el Premio Planeta, por ejemplo, que ganaron autores de renombre. La noche de gala y relumbrón, y el fichaje encubierto de dos autores de Penguin Random House para Planeta, que está dando mucho que hablar, quedó ensombrecida por el humo de las barricadas. ¡Lástima! Pero este acontecimiento, que tiene más de paripé que otra cosa, ocultó, a su vez, el trajín que bien conocen tantos editores y agentes literarios barceloneses, el que les lleva hasta la Frankfurter Buchmesse, más conocida entre la feligresía como la Feria del Libro de Fráncfort, que se celebró la semana pasada.

Quien haya estado ahí podrá contar sus aventuras. Es una semana de locura. Se suceden las citas con editoriales y agentes literarios, una tras otra, ininterrumpidamente, y las noches las gasta uno entre cerveza y cerveza con los colegas de otras editoriales. Se habla de trabajo, pero un trabajo que apasiona como pocos. Se cimentan amistades y sociedades, se proyectan negocios y se regresa de ahí hecho un asco: con las suelas de los zapatos desgastadas, los pies hinchados, la cabeza espesa por el lúpulo y el poco dormir y la cartera llena, llenísima, de ofertas y propuestas de obras y autores.

A partir de ahora mismo irán surgiendo aquí y allá, como flores de otoño, noticias relativas a los libros que se han gestado en la Feria de Fráncfort. Tal novela se traducirá al húngaro y al finlandés y Fulanito de Tal publicará su último éxito en castellano. Mientras tanto, con la discreción habitual, se iniciará una frenética lectura de manuscritos y se sucederán las ofertas y las subastas para hacerse con los mejores de todos ellos. Editores y lectores profesionales quizá den con un tesoro de belleza o con una máquina de dar dinero, es su sueño.

Dos grandes grupos editoriales (Planeta y Penguin Random House) y una miríada de pequeñas editoriales movilizarán en cuestión de semanas un ejército de lectores, traductores, correctores, maquetadores, ilustradores, impresores, encuadernadores... muchos de los cuáles merecerían ser mejor pagados, pero sin los cuáles no podría usted leer un libro en condiciones. Tenemos la inmensa fortuna de tener una poderosa industria editorial en Barcelona, que publica principalmente en lengua española, pero también en catalán y en dos o tres docenas de lenguas más. Me enorgullece que nuestra ciudad sea conocida y reconocida por producir buenos libros de tantos autores excelentes.

Sin embargo, no parece que nuestra administración pública barcelonesa o catalana se felicite por ello. Yo diría, más bien, que el sector del libro parece abandonado a su suerte. No sabría decirles cuál fue el último programa público de fomento de la lectura, si lo hubo. La promoción de nuestros autores en el extranjero brilla por su ausencia y los programas para descubrir nuevos talentos no sé si los ha habido y no parece que los vaya a haber. Las librerías, las nuestras, las del barrio, no esperan ayuda alguna de las autoridades y viven con el agua al cuello. Ahora mismo tendríamos que estar poniéndonos las pilas porque la próxima Feria del Libro de Fráncfort tiene a España por invitada de honor, que es tanto como decir que los editores y autores de Barcelona podrán ser las estrellas del momento y tendrán una gran oportunidad para promocionarse. ¿Alguien, en el Ayuntamiento o en la Generalitat, ha pensado en ello?

¿Qué les puedo decir? Mantengan esta riqueza como si les fuera la vida en ello, porque les va vivir en un sitio en el mundo o en un sitio cualquiera. Compren libros en su librería de barrio, lean, disfruten, aprendan, sean felices pasando página. No se me ocurre mejor consejo.

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