Si tuviera que definir a Lluís Llongueras en una palabra, esta sería creatividad. Lluís es creatividad en estado puro cuando peina, cuando esculpe, cuando pinta, cuando fotografía, cuando escribe, cuando vive. Es uno de esos hombres que parece salido del renacimiento, el artista total que puede dedicarse a cualquier rama del arte y sobresalir en ella. Y se atreve con todo porque siempre ha tenido la convicción de que, si tienes una idea la debes llevar a cabo sin dudar y, sobre todo, sin dejarte desanimar por las críticas ajenas. En esto y en la creatividad se parece mucho a su admirado y amado amigo Salvador Dalí, quien le dio ese valioso consejo. En eso y, aunque a lo mejor se enfada un poco conmigo por decirlo, también en la genialidad.

Fue un peluquero que rompió esquemas en España en una época en que todo era estricto y encorsetado, que ayudó a la liberación de la mujer y que se abrió camino hasta ser uno de los grandes a nivel internacional. Nacido en Esparraguera, se trasladó con su familia a Barcelona siendo todavía un niño y aún recuerda el impacto que le produjo. Su Barcelona es la Barcelona en blanco y negro que vivió en su niñez y juventud, la Barcelona que le gustaba y le gusta admirar desde la estación del Funicular del Tibidabo, mirador privilegiado que ha visto la evolución de una ciudad que pasó de ser gris a tener todos los colores de la paleta.

La estación del funicular es un punto desde donde se domina toda la ciudad. ¿Es eso lo que te atrae?
Sí, es realmente un lugar único para admirar Barcelona. Fui allí por primera vez en el año 1945 o 46 con mis padres, yo tenía unos once años. ¡En aquellos momentos, llegar hasta arriba del Tibidabo era toda una excursión!

¿Y como era esa Barcelona?
Muy diferente que la que ahora conocemos, por supuesto. Lo primero, es que vivíamos bajo una dictadura con una fuerte represión. Los “grises”, como se conocía a la policía en ese momento por el uniforme que vestían, no tenían ningún tipo de contemplación en arrearte si hacías la más mínima cosa que les molestaba como, por ejemplo, hablar catalán. Yo había nacido dentro de la República, en 1936, antes del golpe de estado.

Otra gran diferencia es que no había coches. Muy de vez en cuando veíamos pasar un Fiat Balilla, un coche negro de aquella época, y deteníamos nuestros juegos para fantasear sobre qué personaje importante debía ir dentro. Los pocos coches que circulaban, aparcaban delante de donde fueran, su casa, una tienda, y podían estacionarse ahí durante horas sin problema. Sólo había coches de caballos y el tranvía que circulaba por la Gran Vía.

Llegas a Barcelona de niño viniendo de Esparraguera. Un gran cambio, ¿no?
Claro, yo tenía seis años y Esparraguera era un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conocía y que los de fuera solo conocían por su famosa “Passió”. Llegué al Eixample, al lado del Mercat de Sant Antoni y lo que más recuerdo es que la calle era nuestra. Jugábamos por donde queríamos, no existían espacios destinados al juego de los niños porque no hacía falta. Nos conocíamos todos, las familias, los tenderos, los carreteros que venían a descargar cosas, era un auténtico barrio.

Llongueras cortando el pelo
Lluís Llongueras cortando el pelo hace un tiempo

¿Cómo llegaste al mundo de la peluquería?
Desde bien pequeño me gustaba dibujar y me aficioné a comprar láminas de grandes artistas con cuerpos de mujeres desnudas, como el Nacimiento de la primavera de Botticelli y de otros pintores como Goya con La maja vestida y La Maja desnuda, aunque el que más me gustaba era Bernard. Pero yo, aunque mi padre pagó la matrícula de una conocida academia de arte, no quería dedicarme a la pintura para ser uno más, no quería dedicar toda mi vida a algo en que no creía que pudiera ser diferente. A veces pienso que no sé qué me pasó por la cabeza para tomar esa decisión. ¡En qué estaría yo pensando! Más tarde probé suerte con la pastelería, pero tampoco me convenció, y finalmente mi padre me propuso que me dedicara a la peluquería. Empecé en una peluquería de la Rambla, donde me sentí muy bien trabajando en ese ambiente rodeado de mujeres elegantes, sofisticadas, guapas.

Decides montar tu propia peluquería y conoces a alguien muy importante en tu vida. Cuéntamelo.
La anécdota es realmente curiosa. Yo monté mi primera peluquería en el Eixample, pero a finales de los 50 y principios de los 60 se empezó a producir un movimiento de las clases más acomodadas del Eixample hacia la zona alta, especialmente la del Turó Park. En aquel momento, esa zona de Barcelona estaba todavía muy poco urbanizada y después de lo que actualmente es la Plaça Francesc Macià, todo eran campos. El barrio no era nada comercial, pero yo tenía claro que mis clientas se mudaban y yo tenía que seguirlas. Encontré un local, lo rehabilité dotándolo de todas las comodidades que raramente se veían en Barcelona en esa época y preparé una sonada inauguración. Para que fuera lo más espectacular posible, yo tenía en la cabeza que quería que asistiera Salvador Dalí, al que en esos momentos no conocía personalmente, pero consideraba un genio creativo. Conseguí su teléfono, me armé de valor y llamé. Se puso al teléfono su secretario y empecé a contarle mi proyecto y la importancia que tenía para mí la asistencia de Dalí, de cómo le admiraba. Le expliqué que no sería una presentación al uso, que sería un “show” diferente, algo como lo que Dalí estaba acostumbrado a hacer en otros países. Me escuchó atentamente, me pidió la fecha y me dijo que le gustaba la idea. Yo como despedida, le agradecí su atención y le rogué que le transmitiera al señor Dalí mi propuesta. Su respuesta fue: “joven, está usted hablando con el señor Dalí desde hace un buen rato”. ¡Me quedé estupefacto, le había soltado todo mi rollo al propio Dalí sin saberlo! Asistió a la presentación y fue todo un acontecimiento.

Y empieza una carrera meteórica con un evento en concreto que te lanza a la escena internacional.
Me remonto a los años 70. Tú imagínate en Londres, en un gran evento de peluquería, ante un auditorio para unos tres mil profesionales junto al estadio de Wembley. Allí cada peluquero presentaba sus propuestas. Tenía un cuarto de hora para mostrar su trabajo. Todos hacían grandes espectáculos, shows impresionantes, con modelos despampanantes, con música… Y llegó mi turno. En el escenario me pusieron un taburete alto, del tipo de barra de bar. Llego, me siento, doy los buenos días a los colegas y me presento. Les dije: “Soy Lluís Llongueras y vengo de Barcelona, España. Vosotros estáis acostumbrados a ver grandes espectáculos. Yo podía haber hecho un show como estos, pero yo tengo un modo de trabajar muy rápido que se llama programación.”

Me había dejado los cabellos muy largos. Cogí mi pelo y levantándolo lo fui cortando, sin espejo, yo solo, guiándome por el tacto. La programación. Lo ideal para el mundo moderno. Si querías un cabello escalonado, pero hecho con perfección, los ingleses tardaban tres cuartos de hora y yo lo hice en tres o cuatro minutos. Esto no lo había hecho nadie antes. Era presentar un sistema rápido de corte de pelo. Les sorprendí a todos. Era revolucionar el concepto de peluquería. Aquello fue muy especial. ¡Y, además, si te paras a pensarlo, fue una presentación muy daliniana!

Llongueras y Dalí
Salvador Dalí y Lluís Llongueras tenían buena relación

Pero en España, las cosas seguían siendo distintas.
Lamentablemente, éramos un país muy retrógrado en muchas cosas y, en especial, en cómo se trataba a la mujer. Los peinados eran antiguos, porque era lo correcto, las mujeres “decentes” no se pintaban o lo hacían de forma muy discreta y los maridos tenían absoluto control sobre ellas. Recuerdo a maridos en mi salón controlando qué les hacía a sus mujeres, vigilando que, según su punto de vista, no las dejara como “putas”. Yo quería romper con todo eso, que las mujeres españolas se pudieran peinar de forma moderna, se pudieran pintar como les diera la gana. ¡Y lo conseguí! Poco a poco mi estilo se fue imponiendo y la sociedad y los maridos, no tuvieron otro remedio que aceptarlo. Puede parecer algo frívolo hoy en día, pero en ese momento fue una gran victoria. Es una de las cosas de las que más orgulloso me siento: ayudar a la liberación de la mujer en España.

Peluquería, escultura, pintura, fotografía, escritura… ¿Cómo has conseguido dominar tantas disciplinas artísticas?
La verdad es que creo que en esencia todo se reduce a lo mismo: la creatividad. Hay personas que nacen con dones para un montón de cosas distintas, y el mío es la creatividad. La gente piensa que soy un peluquero metido a escultor o pintor, pero la realidad es que desarrollé antes mis habilidades en esas materias que en la peluquería. Probablemente mi método de peluquería es distinto porque lo concibo como una vía más de expresar mi creatividad. Si tienes la esencia y ganas de trabajarla, puedes ser bueno en muchas materias. Eso sí, debes implicarte en lo que haces, estudiar todo lo que puedas sobre el tema y practicar hasta alcanzar un buen nivel. Yo soy autodidacta en casi todo, pero te aseguro que cuando decido meterme en algo, dedico todas las horas que sean necesarias a estudiar, a formarme.

Háblame de la importancia de la mujer en tu vida. ¿Qué significa para ti?
Lo es todo. He nacido de una mujer y siempre he sentido una fuerte atracción por ellas. Hace poco escribí un libro sobre todas aquellas mujeres que he conocido y admirado en mi vida. Son muchas. ¿Tú apareces, recuerdas? Me encantó en ese libro combinar la biografía “oficial” de cada una de sus protagonistas con la visión que yo tengo de ellas.

Y no solo ha sido ese libro. Mis esculturas a menudo se centran en el cuerpo de la mujer y mi fotografía también. He publicado un libro de fotografía de desnudos, para mostrar el cuerpo de la mujer en todo su esplendor. Son desnudos puros, sin más, no hay ningún elemento que distraiga de lo importante que es el cuerpo femenino. Cualquier mínima prenda o complemento que incluyas en la fotografía, convertiría el arte en erotismo, y no es mi objetivo. El cuerpo de la mujer es bello y creo que alcanza todo su esplendor durante el embarazo, cuando en un mismo cuerpo conviven dos seres vivos.

Volvamos a Dalí. ¿Qué significó para ti?
Salvador Dalí es, bajo mi punto de vista, el gran genio creativo del siglo XX. Junto a él pasé muy buenos momentos y me atrevo a decir que éramos amigos. Cuando le conocí era muy famoso y cotizado en todo el mundo, bueno, en todo el mundo menos en España donde se le tenía un cierto menosprecio diciendo que era sólo un loco. Yo creo que le hacían pagar su negativa a pronunciarse claramente a favor de unos u otros, de los franquistas y los que les combatían. ¡Muy de aquí! Mientras aquí se le daba poca importancia, en Francia aparecía como noticia de portada cualquier visita que hacía a París. ¡Su sola presencia era noticia de portada! Tuve el honor de escribir una biografía sobre él que muchos han considerado la más completa que se ha hecho. ¿Y sabes algo curioso? Cuando empecé el proyecto, me dirigí a la Fundación Dalí que en esos momentos no era demasiado importante y me dieron una caja llena de documentos para que utilizara lo que quisiera. ¡Era impresionante todo lo que había allí y que me dejaron como si tal cosa! ¡Hasta tuve en mis manos una fotografía de Gala totalmente desnuda! Está claro que, en esos momentos, la figura de un gran artista, de un genio, no estaba cuidada como se merecía.

Llongueras cortando el pelo con creatividad
Llongueras cortando el pelo con creatividad

Déjame que haga un poco de cotilleo. ¿Por tus manos han pasado muchas cabezas famosas no?
No te creas. Yo siempre he cuidado el aspecto de que todos mis clientes son iguales y, por tanto, cuando entraba algún personaje importante, conocido, le atendía el estilista que tocaba, aunque yo estaba atento y les recibía. Al mismo Dalí, sólo le corté el pelo personalmente en una ocasión, la última vez que se lo cortaba. El pobre ya estaba muy enfermo y fui personalmente a cortarle el pelo. Nos dejaron solos, sin cuidadores, sin enfermeras, fue un momento íntimo, irrepetible y que guardo en mi memoria como un tesoro.

Hablemos de proyectos de futuro
Ya me conoces y sabes que nunca paro. Ahora estoy muy involucrado en abrir mi espacio de creación, donde elaboro mis esculturas, al público. Lo he rediseñado para que sea una auténtica galería de exposición, reservándome un espacio privado donde yo creo o escribo. Me encanta la idea de que la gente pueda acceder a observar mis creaciones en un lugar especial para mí. También estoy trabajando en un nuevo libro de fotografía de desnudos femeninos. Mi admiración por la belleza del cuerpo femenino nunca me abandona.

A sus más de 80 años, Lluís Llongueras sigue siendo una persona activa, con planes de futuro, que disfruta cada día de su vida y que sigue anotando mientras hablamos, cualquier idea que le venga a la cabeza. Lo hace para desarrollarla más tarde, cuando esté tranquilo en casa o en el estudio. Este hombre que revolucionó la peluquería tal como la conocíamos y que destaca en todo aquello que hace, se declara un admirador de Barcelona, su ciudad favorita del mundo, la Barcelona que lo acogió cuando era una ciudad gris y de la que ahora admira todo su color desde la estación del Funicular del Tibidabo.