La reunión prevista para hoy entre el Gobierno español y el catalán ha vuelto a abrir el debate sobre la esencia del problema que tratan de resolver, porque mientras los nacionalistas aseguran que por fin España admite que existe un conflicto con Cataluña el resto considera que la disputa se produce entre catalanes, una forma de ver el asunto que el propio Pedro Sánchez reiteró en la entrevista del lunes por la noche en TVE y precisó después en el Congreso de los Diputados.

Los independentistas insisten en que estamos ante un problema que enfrenta a dos naciones –por no decir Estados-- para reforzar así su relato épico. Pero los hechos no hacen sino desmentirles. Ayer mismo el presidente de la Generalitat, de ERC, expulsó al partido con el que gobierna de la mesa de diálogo con el Gobierno español, poniendo en evidencia así que el verdadero choque reside entre los catalanes; incluso aun más acusado entre los propios separatistas.

Pere Aragonès ha llamado la atención a sus socios porque no le tienen el respeto que merece su cargo, y lleva razón. Pese a las diferencias que los separan, Salvador Illa, líder de la oposición y del partido que ganó las elecciones, guarda más las formas que la presidenta del Parlament, Laura Borràs, que no desaprovecha ocasión para oscurecer la figura del president, socio y aliado, al que replica cada vez que le viene en gana. Hasta la alcaldesa de Barcelona es más deferente con Aragonès que algunos de los militantes de JxCat que se sientan en el Consell Executiu que él preside.

Si no tenemos en cuenta la etapa de Quim Torra, nunca ha estado tan devaluada como ahora la institución que el nacionalismo defiende con tanto ahínco sobre el papel, pero que instrumentaliza y pone a su servicio con tanta facilidad.

En las larguísimas negociaciones que siguieron al 14F, Jordi Sànchez, secretario general de JxCat, amagó con apoyar un Govern monocolor de ERC desde el Parlament, desde fuera. Era toda una amenaza que implicaba la desestabilización permanente del nuevo Ejecutivo y el no reconocimiento del sorpasso de los republicanos, una amenaza que se ha hecho realidad desde el interior del Govern. Una labor de zapa, todo hay que decirlo, que ha contado con el inestimable apoyo de la propia ERC: el caso de El Prat es un ejemplo claro y reciente; como lo es condicionar la cumbre de mañana a la presencia de Pedro Sánchez, brindando más espacio a los neoconvergentes para boicotear el encuentro.

El Govern actual es imposible. Si el círculo de Carles Puigdemont ya había declarado la guerra al diálogo con Madrid, a partir de mañana la acometida será brutal. Amén del resto de desavenencias de estos cuatro meses de matrimonio, un periodo sin gestión pero tan repleto de idas y venidas, peleas, declaraciones y contradeclaraciones, viajes, confrontaciones, performances en definitiva, que se manifiesta ante los ciudadanos como si hubieran transcurrido cuatro años y la legislatura ya estuviera agotada.

Pere Aragonès ha dado un paso firme y decidido, pero la pelota sigue en su tejado. ¿Puede seguir así o tiene que tomar más decisiones y asumir el riesgo?

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