Hay copa gratis en el Schilling. Es un bar céntrico y bonito, al lado de la Plaza Real, y corre el rumor de que fue una antigua armería en 1900. Se presenta un libro bueno, bello y barato. Prologado por el escritor y especialista en simbología Jaime D. Parra, “Tiempo de quimera” lo edita casi sin medios la veterana Amalia Sanchís, poeta, y no hemos venido por la copa. Celebramos que el autor ha sobrevivido a un cáncer y cinco ictus. Ahí está, sin micrófono y dándonos su talento. Es el gran Antonio Beneyto. No tiene entrada en la Wikipedia pero es uno de los exponentes más importantes del postismo (el último de los ismos), un referente, y su nuevo libro una reedición ampliada. Pero es que Antonio tiene 83 años y muchos achaques, ahora apenas puede escribir. En mayo editará tres libros más gracias al ánimo de sus amigos barceloneses.

De origen manchego y catalán de adopción, este escritor y creador poliédrico, amigo de Robert Graves, Camilo José Cela, Juan-Eduardo Cirlot, Max Aub, Joan Brossa, Juan Ramón Jiménez, Fernando Arrabal, Ramón Gómez de la Serna, Alejandra Pizarnik, Carlos Edmundo de Ory, Paul Eluard y André Breton… reside en Barcelona desde 1967 con la discreción de los genios, valorado mil veces más fuera que en su ciudad. Discreto. Sin embargo, reconocido por los que saben qué es la cultura de veras.

El Schilling se ha llenado sin apenas promoción, ¿dónde está el truco? Porque lo que compartimos es postismo. ¡Menuda palabra!, ¿verdad? El postismo es un movimiento marginal —que no grupo—, la contracción de postsurrealismo, y surgió a mitad de la década de los 40 del siglo XX para ser censurado casi de inmediato por el franquismo. Buena señal. En esencia, rechaza todo dogmatismo o imposición, y siempre con alegría. Así, entre brindis y manifiestos, sus fundadores han ido muriendo, pero el postismo resucita cada vez que en nuestra ciudad se celebra un verdadero encuentro cultural como el descrito, uno que escapa a los intereses comerciales y a las limosnas del Estado, a toda esa burocracia de las subvenciones que no entienden que lo que mueve la cultura no es el postureo. 

Las grandes organizaciones ya consolidadas para promover la cultura -museos, empresas, orquestas....- están bien, suman, pero hay una identificación excesiva de la cultura con el entretenimiento. No, la cultura no es una actividad del tiempo libre sino lo que nos hace libres, y pobre ciudad la que ya no tenga verdadera cultura marginal a pie de calle, ni sepa ver el talento que se cuece a diario entre algarabía de niños y cafés, con el fondo de una radio con cumbia o esquinas con olor a meados. Todo eso no hay estrategia de marketing ni ministerio de cultura que pueda promoverlo. Sólo algunos iluminados saben cómo.

Acudo con gusto a la convocatoria de Montse Abbad, que junto con otros socios altruistas organiza el Utopía Market nº 3, esta vez dedicado al género más pobre, la poesía, en una nave industrial del Poblenou. Una sesentena de poetas, editoriales y revistas sin recursos, una experiencia original que brinda al público la oportunidad de conversar con la cultura de los discretos. Como sucede en las librerías donde tocar, oler los libros, las que son una fiesta cuando han desaparecido tantas. Vete a pasear a la calle Balmes. Entra en el número 26. Alibri. Ha sobrevivido a dos guerras, a varias reformas, a todas las crisis y es, como Beneyto, otra parte sustancial de la cultura viva de Barcelona, de su verdadera cultura. Organizan presentaciones de autores que les gustan, y no de autores famosos. O si te va más lo nuevo, vete a la calle Ventalló, 9, del barrio de Gràcia y entra en Animal sospechoso, especializada en poesía visual, acaba de cumplir apenas su segundo aniversario. 

No es que sean almas cándidas o malos empresarios. Son postistas. Hay mucha gente así, qué suerte tiene Barcelona. Conozco esta semana a la granadina Cristina Morales, autora de la novela “Terroristas modernos”, editado por Candaya, otra editorial que ama lo que hace tanto como no mirar su cuenta de resultados, más de lo mismo. Cristina estaba sin un céntimo pero ha pasado un año en Barcelona volcada en escribir, que es para lo que vale, gracias a la III Beca de Creación Literaria de la Fundación Han Nefkens, impulsada por un escritor y coleccionista de arte de origen holandés y residente en Barcelona... ¿De qué viven estas librerías, estos editores, estos mecenas? Son asuntos que van más allá del negocio. Hans confiesa que le gusta la cultura hasta el punto de invertir su dinero para promoverla, y que sale ganando. ¿Qué gana? Un pequeño misterio para quien no sabe de qué va esto de la cultura, pero no para ese gallego que me presenta Beneyto, José Senén, abogado con despacho en Paseo de Gracia. Colecciona poetas “porque puedo darme el gusto de hacerlo”, dice, y “me sale más a cuenta que un viaje al Caribe.

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