El presidente de Francia, Emmanuel Macron, desde que llegó al poder y como parte de la tradición, comparte su vida con Nemo, un cruce de labrador que adoptó en una protectora. El perro recibe a mandatarios en la puerta del Elíseo, campa a sus anchas por palacio y hasta marca territorio (habrá que educarlo) mientras escucha las aburridas e interminables reuniones del gobierno, ante la perplejidad y las risas de los asistentes.

Francia, y especialmente París, ama a los canes. Pocos son los establecimientos en el país vecino que no le permiten la entrada al mejor amigo del hombre. De hecho, tanto en una boutique como en una terraza no hay ni que solicitar que puedan procurarte un cacharro con agua para saciar su sed. Atienden al perro, incluso con un trozo de pan duro, antes que al cliente. Y tanto el animal humano como el animal no humano lo agradecen por igual. Bueno, quizá el primero verbaliza un "gracias" y ofrece una propina al finalizar el servicio y el segundo agita felizmente la cola.

Sea por proximidad geográfica o porque el turismo es mayoritariamente galo y hay que satisfacer sus necesidades, en el Alt Empordà también hay cultura perruna. Pero en Barcelona, pese a que en la urbe, por suerte, cada vez se palpa un mayor grado de sensibilización y respeto hacia el resto de animales (no sólo con los perros), existen muchas más reticencias y complicaciones. De hecho, uno de los grandes almacenes de este país vetó repentinamente las puertas a los perros después de haber sido pionero en acoger a las mascotas de sus clientes. Y a sabiendas de cómo tratan a uno de los miembros más queridos de tu manada (familia), normal que muchos no se acerquen nunca jamás por allí.

"Les felicito por permitir la entrada a los perros. La cultura de un país se mide por cómo trata a los animales", le comentó un anciano de altura considerable, perfectamente engalanado y con un sombrero de ala ancha que parecía sacado de una vieja novela a la cajera de una famosa cadena de librerías. La dependienta, mirando a Naya, mi perra, que me acompañaba en una tarde de compras, respondió: "Sí, si se comportan no hay problema". El caballero le espetó: "Querida, apostaría todo lo que tengo a que deben provocarle muchísimos más incidentes los humanos que los perros". La mujer asintió.

La semana pasada, mientras paseábamos con Naya por un gran parque de la ciudad, una anciana con dos perros se me acercó a comentarme que estaban recogiendo firmas y organizándose para que no prohibieran la entrada de nuestros amigos al recinto. La mujer, emocionada, me explicaba que aquellos perros eran su única familia y que ella ya no tenía fuerzas para desplazarse hasta el espacio que el Ayuntamiento determine a partir de septiembre para ubicar a los canes. La Guàrdia Urbana ya les había advertido que las multas serían considerables y que la única solución que tenían los propietarios era solicitar que se creara un pipicán cerca de la zona. 

Naya, quizá porque es parisina o porque es tan escrupulosa como su humana, se niega a entrar en un pipicán. Y es comprensible. Aquellos espacios de arena fina, donde sí pueden ir sueltos, huelen fatal porque sólo los higienizan, con suerte, una vez a la semana. Además, a diferencia de los correcán, el espacio es minúsculo: no pueden moverse, ejercitarse (algo que para su salud física y mental es vital).

Respeto que a muchas personas no le agraden los perros (a mí tampoco me gustan la mayoría de las personas). Sé que hay muchos humanos que no recogen las heces de sus perros (no es culpa del can, el guarro es el amo), igual que hay tantísimos individuos que no recogen las toneladas de basura que generan la Noche de San Juan en la playa. Lo que me sorprende es que a una alcaldesa que se le supone de izquierdas y promulga el ecosocialismo no se le ocurra otra solución para organizar la convivencia entre unos y otros que puteando a nuestros amigos de cuatro patas. Supongo que Ada Colau no tiene perro que le ladre o le robe el corazón. Como ya advirtió Schopenhauer: "El que nunca ha tenido un perro ni sabe lo que es querer ni sabe lo que es que le quieran."

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