Para que el ministro Miquel Iceta, que no es un lumbreras, diga que su correligionario Jaume Collboni, el tránsfuga del PSC a las comunes Jordi Martí, el yayo Maragall y la alcaldesa Colau han cometido una “catetada”, es que esta vez la han hecho tan gorda que han situado de nuevo a Barcelona en el pódium del campeonato mundial de la ignorancia y el hazmerreír del populacho local e internacional. Semejante cuarteto de indocumentados han votado contra un monumento a Don Quijote que sale gratis a la ciudad. Su excusa, una vez metida la pata y sin capacidad intelectual para rectificar, es que Cervantes está más que honrado en Barcelona con una callecita, un parque, una placa, un colegio, una ruta turística y alguna otra menudencia. Pero como son necios incorregibles, no se han enterado de que no se trata de un monumento a Cervantes, sino al Ingenioso Hidalgo, que no consta ni en uno de los callejones sucios, siniestros y peligrosos de Barcelona. En la vecina Mataró, sin ir más lejos, la calle Quijote tiene una biblioteca, un parque bonito y está rodeada de otros atractivos.

Incapaces hasta de distinguir entre autor, obra y personaje, se entiende por qué Colau no supo ni acabar una carrera. Por qué el Ayuntamiento de Pasqual Maragall tuvo que hacer tejemanejes con las pruebas y exámenes hasta que el más limitadito de la familia aprobó una oposición a funcionario hecha a su medida. Por qué del saltimbanqui Jordi Martí sólo consta que, antes de vivir de la política, fue “docente” de música y hacía cantar a coros de ciento cincuenta niños, sin que cite título oficial superior que lo certifique. Collboni, que suma dos carreras, nunca ha llegado a concejal de cultura. Una posible explicación es que los pícaros cervantinos que aparecen en El Quijote son: “mentirosos, bravucones, resentidos, desagradecidos, desgraciados, innobles, intrigantes, sin escrúpulos y arribistas que persiguen exclusivamente su propio beneficio”.

No es un catálogo de improperios contra la alcaldesa y sus tres escuderos, sino un listado elaborado por el escritor y profesor de Figueres, Joan Manuel Soldevilla Albertí, en lúcidos y amenos ensayos como Del Quijote a Tintín. Relaciones Insospechadas entre un libro de burlas y un tebeo infantil. Y Don Quijote en Barcelona, la ciudad imaginada. (Edicions Cal·lígraf). Quizá sea los actuales malhechores culturales del Ayuntamiento se sienten retratados y descubiertos por Cervantes desde el siglo XVII. Para verificarlo, sólo se trata de que cada habitante de Barcelona vaya cotejando los adjetivos del Manco de Lepanto con los caretos de los catetos que dice el ministro bailón. De todos modos, con recordar que Maragall fue conseller de cultura de la Generalitat, Jordi Martí asesor cultural, Collboni ni estuvo ni se le espera en nada intelectual y Colau es un pozo de ciencia y sabiduría, la gran farsa está garantizada. Como la situación no tiene color de mejorar, más bien al contrario, Colau buzonea por Barcelona un folleto electoral en el que se ve a ella delante y a Yolanda Díaz detrás. Al primer vistazo, las siluetas de ambas recuerdan a las de Sancho Panza y Don Quijote. Rechoncho el uno, larguirucho el otro. Aunque ellas dos emperifolladas de feministas.

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