Barcelona todavía está en estado de shock. Las imágenes de los cuerpos policiales del Estado golpeando a ciudadanos que querían votar en un referéndum suspendido por el Tribunal Constitucional han tenido un impacto internacional que penaliza a la capital catalana un mes y medio después de sufrir un atentado terrorista que también la puso en el mapa de los horrores.

La falta de diálogo entre Puigdemont y Rajoy para resolver el encaje de Catalunya en España amenaza con agrietar la buena convivencia en Barcelona. El uso de la fuerza policial soliviantó a una parte importante de los ciudadanos (y a los observadores internacionales), mientra otros tantos se mantenían al margen e intentaban aprovechar un domingo lluvioso para evadirse de las rutinas diarias. Ellos también son Barcelona.

Pasado el referéndum, los barceloneses intentan recuperar la normalidad. En institutos, oficinas, bares y otros sitios públicos se debate hoy, con más o menos apasionamiento, sobre los acontecimientos del domingo. La población cada vez está más dividida sobre el futuro de Catalunya, pero Barcelona siempre ha sido un ejemplo de respeto y convivencia.

Barcelona, mientras, se prepara para otra jornada incierta. Para una huelga convocada por las principales entidades independentistas y algunos sindicatos que respaldarán miles de ciudadanos, pero que no comparten muchos empresarios y trabajadores. Y mientras el foco está puesto en las disputas entre Puigdemont y Rajoy, nadie se acuerda de la agenda local. Hoy nadie habla del atasco en les Glòries, del tranvía, de la necesidad de redefinir el turismo ni de los precios de la vivienda. Los problemas reales de los ciudadanos han sido anestesiados. Barcelona no lo merece.

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