Para el gobierno municipal de Ada Colau (Barcelona en Comú) todo lo que aparece de forma irregular en el espacio público si les es ideológicamente afín (los lazos amarillos de los separatistas, las acampadas en la plaza de Catalunya, los okupas, los manteros...) se debe, al menos, tolerar. Y para justificar lo injustificable se aferran a cualquier resquicio legal, con una especial predisposición a blandir la libertad de expresión por encima de cualquier otra cosa. Pero esa veneración por la libertad de expresión parece que tiene un talón de Aquiles: las estatuas humanas de La Rambla, un colectivo para el que Colau se ha sacado de la manga una regulación que coarta de forma flagrante su libertad tanto artística como expresiva.

Como era fácil que no encontrara consenso (aunque ni lo ha intentado) Colau ha firmado un decreto de alcaldía que va a poner firmes a las estatuas humanas en todos los sentidos, porque es sumamente restrictivo con su actividad, a la que equipara con la de un vendedor ambulante, porque no podrá ejercerse sin la pertinente licencia (la misma que no se exige al top manta, lo que resulta contradictorio). ”No se nos trata como artistas que somos”, es el grito unánime de todos los afectados. La nueva normativa es “castrante”, como ha denunciado una de las estatuas, porque les pone limites por todas partes -espaciales, temporales y creativos- y les exige una disciplina y un rigor casi castrense, que se parece bastante a castrante.

Para empezar, el preámbulo de la regulación ya se fundamenta en argumentos cuestionables de arriba a abajo como que “en el proceso de elaboración se ha contado con la participación de las personas integrantes del colectivo”, algo que los artistas niegan con rotundidad. “No han contado con nosotros”, ha asegurado un portavoz. La concejal del grupo municipal de Ciutadans (Cs), Marilén Barceló, ha definido perfectamente el feo que la alcaldesa ha hecho a los artistas “los ha tratado como estatuas, pero no humanas sino de las otras, porque ni siquiera los ha escuchado”.

SOLO SE RESTRINGEN LOS DERECHOS PRESCINDIBLES

El preámbulo esconde una segunda perla, la regulación “no comporta medidas restrictivas de los derechos de los destinatarios” a no ser que estos “no sean imprescindibles”. ¿Y qué es prescindible para la alcaldesa? Pues más que nada y nada menos que la mismísima libertad de los artistas, empezando por la de expresión. Porque para empezar no podrá ejercer como estatua de la Rambla cualquiera, antes tendrá poco menos que opositar y cumplir con “los criterios artísticos” que al equipo de gobierno le venga en gana y que responderán a algo tan peregrino como “el valor añadido en relación al contexto del distrito y de la ciudad”.

Pero para que no parezca que hay una censura previa autoritaria, no será la alcaldesa la que filtre que estatuas cumplen con estos requisitos tan subjetivos porque delegará esta función en una Comisión de Valoración, integrada por profesionales de la cultura y de las artes escénicas y plásticas, elegidos no se sabe muy bien por quién y que (como no) basarán sus veredictos “en la forma que determinen las bases de la convocatoria correspondiente”. Dicho de otra manera, que la selección seguirá los criterios que dicte el equipo de gobierno.

La normativa es tan estricta con los actores que el mero de cambiar de personaje sin comunicárselo previamente a la Comisión de Valoración “será causa de la extinción de la licencia”. Tampoco podrán dejarle el atuendo ni puntualmente a un suplente de forma unilateral, o también perderán el permiso municipal. Y cualquier “innovación en los personajes, en el vestuario o en el maquillaje” también tendrá que ser “previamente comunicada”. El artista también perderá su licencia si se marcha más de un mes seguido de vacaciones sin permiso del Ayuntamiento de Barcelona.

TODO EL VESTUARIO DE FABRICACIÓN PROPIA

Las estatuas vivientes tampoco podrán vestirse ni maquillarse cómo ni con lo que quieran, también tendrán que pasar por el embudo del control municipal. Así por ejemplo solo podrán exhibir de forma alterna “tres propuestas de vestuario” durante toda la vigencia de la autorización, que será de tres años. Pero hay más. El maquillaje y el vestuario “deberán ser de fabricación propia” y solo se podrán utilizar máscaras cuando los censores de la comisión “valoren que complementan o forman parte del vestuario”. Y ojo, porque si alguno de estos elementos puede inducir a un error de identificación “se podrá desautorizar”. "Colau demuestra su falta de sensibilidad con el mundo artístico” como ha lamentado Marilén Barceló.

Las estatuas humanas de La Rambla protestan en la comisión de Derechos Sociales
Las estatuas humanas de La Rambla protestan en la comisión de Derechos Sociales / X.A.

Otra de las contradicciones de la regulación es que las estatuas “no podrán utilizar música”, cuando también es un arte. Esta restricción choca frontalmente con una de las conductas que toleraba la ordenanza del civismo que preparaba Colau pero que ha tenido que volver a guardar en un cajón por el rechazo de la oposición. No se puede obviar que la ordenanza permitía hacer música en la calle sin permiso durante media hora si no se utilizan altavoces y el concierto dura menos de media hora, como denunció hace unas semanas el PP y recogió Metrópoli Abierta. “¿Podremos ir debajo del despacho de Colau a tocar los bongos en aplicación de la ordenanza?”, se preguntó irónicamente entonces el presidente del grupo municipal Popular, Alberto Fernández.

Y otra incompatibilidad más de la normativa con la libertad de expresión: las estatuas no podrán hacer “ningún ruido, ya sea propio o de terceras personas”. Y entre los ruidos se incluyen “los pitidos y los gritos”, dos elementos que los comuns y sus amigos separatistas consideran como la quintaesencia de esta misma libertad de expresión cuando se trata de dirigirlos contra el Rey o contra el himno de España, por ejemplo.

EN UN METRO CUADRADO

La lista de trabas para el ejercicio del oficio de estatua de La Rambla no acaba aquí, porque se regula hasta las dimensiones de la tarima sobre la que se deberán subirse y la altura máxima de su montaje (tres metros) y la superficie máxima ocupada (un metro cuadrado). Tampoco podrán dejar sus objetos personales donde quieran, ya que deberán guardarlos “en el interior de la tarima”. Y nada de “atar carros u otros objetos a las farolas o los árboles”.

La última de las prohibiciones es de lo más surrealista: “No es admisible poner imágenes de monedas ni de billetes” en el cesto en el que recojan las propinas. No obstante, y para compensar, podrán poner un cartel agradeciendo “a los transeúntes su colaboración con la cultura y el arte callejero”, pero eso sí “sin hacer ninguna referencia a posibles donaciones económicas”. Curioso. Los artistas estarán obligados a pagar una tasa para ejercer su profesión como vendedores ambulantes que son pero no podrán poner el precio de sus productos como los tenderos. Como ironizó una estatua "¿Habrá que dar un tíquet cada vez que alguien me dé una moneda?". Delirante. Y es que hay entidades afines a la alcaldesa que venden en la vía pública sin pagar ni un euro, como también ha denunciado el PP.

La mayoría de grupos municipales están molestos porque no han sido consultados por Colau para que colaboraran con la regulación. El grupo municipal de la CUP pidió en la última Comisión de Derechos Sociales, que se retire el decreto de alcaldía y se inicie un proceso participativo en aras del consenso. Pero la propuesta fue rechazada, en presencia de un grupo de estatuas que asistieron a la comisión. La edil de la CUP, Maria Rovira, ha denunciado que la regulación es hasta “racista”, ya que se exige el permiso de residencia para poder ejercer, algo que no es necesario para ser mantero.

CONCENTRADOS EN SANTA MÒNICA

Igual la solución para que se respeten los derechos y libertades de las estatuas vivientes de La Rambla (a partir de ahora solo estatuas de la Rambla de Santa Mònica, porque las 24 que resulten las adjudicatarias de las primeras licencias deberán ceñirse a ese tramo) sea ponerse encima de una manta en vez de encima de una tarima de una altura máxima de 40 centímetros que tendrá que lucir en su parte delantera una placa identificativa de cartón “con su fotografía”. Otra opción podría ser colocarse permanentemente un lazo amarillo en la solapa.