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A unos metros de la Torre Glòries, en el distrito tecnológico de Barcelona, habita la miseria y la podredumbre. Encajonados entre la avenida Meridiana y las vías del tren, una treintena de personas malviven en una quincena de barracas. El último piso del mercado de los Encants ofrece una vista del asentamiento chabolista invisible a los miles de vehículos y peatones que cada día circulan por una de las arterias principales de la ciudad.

La verja de la parcela ajardinada está abierta. El campamento es el hogar de Abderrahim. Él y unos cuantos más ganan unos pocos euros al día vendiendo la chatarra que encuentran en la calle. El marroquí enseña uno de sus últimos recibos: 14,35 euros por 26 kilos de latón, aluminio, cobre y acero. Es la profesión más extendida entre estos chabolistas. No para M'hamed Bourammani, que recostado en una improvisada cama, se queja de un dolor fruto de un accidente de tráfico de 2018.

77 ASENTAMIENTOS

En diciembre de 2019 Barcelona contaba con 77 asentamientos con 425 personas, según datos del Ayuntamiento. Supone un leve descenso respecto a las 481 personas y los 79 campamentos registrados en 2018. El de Abderrahim y M'hamed se levantó en Navidad de ese mismo año. Meses antes, en verano, al otro lado de la calle Bolivia la Guardia Urbana desalojaba con una orden judicial el gran campamento que acogió a unas 60 personas. El final de un asentamiento ha supuesto el inicio de otro, de menor tamaño.

En los últimos 20 años el chabolismo barcelonés ha evolucionado. Entonces, recuerda Judith Escot, llegaron las primeras familias de Galicia y Portugal que se instalaron en camiones y caravanas en el Poblenou. La llegada del distrito 22@ desplazó los campamentos a otros barrios como La Pau i la Verneda. Con el paso del tiempo, algunos se han instalado en pisos de protección oficial en Torre Baró y el municipio de Montcada i Reixach. Pero otros muchos mantienen ese estilo de vida. Esos primeros chabolistas ahora se cifran en 243 personas de 73 familias, la mitad de la población de los asentamientos de la ciudad.

LOS 'CIGANOS'

"Se han estancado en su forma inicial de vivir. Las nuevas generaciones ya son catalanas", explica la técnica de Amics del Moviment Quart Món, una entidad que intenta "empoderar" a este colectivo para que deje atrás el chabolismo. Desde 1997 acompaña a las mismas familias: "Muchas personas no saben qué es vivir en un piso", revela. Los menores acuden a la escuela, pero suelen abandonarla a los 16 años. Con mucho arraigo con Portugal, este perfil de chabolista se hace llamar cigano (gitano en portugés) aunque rechaza pertenecer a la comunidad gitana.

chabola plano
Asentamiento en el barrio de La Sagrera donde actualmente viven tres personas / G.A

En La Sagrera, a unos pasos del puente de Bac de Roda, un gran muro de piedra divide dos mundos. Algunos vecinos que circulan por la calle Gran de Sagrera desconocen que al otro lado del muro una veintena de personas sin casa sobrevive en barracas de madera y múltiples materiales usados para reforzar las endebles estructuras de sus hogares. En un descampado dividido por parcelas, cuatro grupos de personas habitan en este asentamiento.

CAMPAMENTO EN LA SAGRERA

Rania es una de las veteranas. Originaria de la Guinea Francesa llegó a España hace 27 años. Trabajó durante siete en un bar de La Pau. Cuando el negocio cerró por aluminosis empezó un viaje de caída libre que hace ocho años la llevó a instalarse junto a un hombre en una cabaña. Con el tiempo, a su lado, se han formado nuevos campamentos. Una de las tres personas que habitan en las barracas vende chatarra. También intentan vender ropa que encuentran. "Menos robar o atracar lo que sea", explica.

Mina Zika muestra documentación de su hijo / G.A
Mina Zika muestra documentación de su hijo / G.A

Youseff, Cinthia y Alfonso forman desde hace dos meses una nueva familia. Viven en la siguiente parcela de Rania. El primero vive en su chabola desde hace más de dos años. "Ya me he acostumbrado. Prefiero vivir aquí que en una casa okupa. Aquí nadie te molesta", explica este marroquí de 35 años. Los cursos de electricidad y de mozo de almacén le impiden buscar chatarra, un trabajo al que se ha dedicado los últimos años. 

LA CRISIS DE LA PANDEMIA

La asistencia social del OPAI (Oficina del Pla d'Assentaments Irregulars) visita a Youseff cada jueves. A Cinthia y Alfonso les conocerá el 21 de septiembre. Un sofá en el asfalto cumple la función de recibidor y da la bienvenida al visitante. Decenas de electrodomésticos usados y demás cacharros rodean las cabañas. Algunos días no tienen nada para llevarse a la boca. Cuando alguien consigue comida la comparten. 

 

Barracas de madera con la Torre Glòries i el Museo del Diseño de fondo / G.A
Barracas de madera con la Torre Glòries i el Museo del Diseño de fondo / G.A

Alfonso trabajaba como repartidor de cerveza, pero se quedó sin trabajo en julio. Cinthia trabajaba como limpiadora y cuidaba a una mujer que se murió el pasado abril. Sin ingresos y sin poder pagar su alquiler se vieron en la calle. La mujer, procedente de Honduras, llegó a Barcelona hace 12 años. El hombre, originario de Ecuador, vive en Barcelona desde hace 19.

REGRESO A LAS AULAS

Los primeros chabolistas de Barcelona han abandonado la chatarra y la venta de cartón. Las familias atendidas por Quart Món reciben ayudas públicas gracias a la renta mínima que les cubre los servicios básicos (comida, ropa, material escolar, etc). Este verano, la pandemia ha tumbado las ferias de Galicia en las que venden globos. La crisis sanitaria también ha complicado la vuelta al colegio. "Tienen mucho miedo al coronavirus y tenemos muchos problemas para que los padres lleven a sus hijos a la escuela", explica Escot.

Rania en el campamento chabolista de La Sagrera donde vive desde hace ocho años / G.A
Rania en el campamento chabolista de La Sagrera donde vive desde hace ocho años / G.A

Peor situación viven los habitantes de los asentamientos de La Sagrera y el Fort Pienc. Muchos dependen de la asistencia social del Ayuntamiento y algunos arrastran adicciones con las drogas y el alcohol. Enfrente del mercado de los Encants se encuentran historias como la de Mina Zaki, la única mujer del campamento. Denuncia que los servicios sociales le arrebataron a su hijo, de 37 años y con discapacidad. Con ojos llorosos, la mujer de 60 años, que apenas cruza una palabra de castellano, muestra fotografías de Mehdi en Barcelona.

DORMIR EN UNA FURGONETA

En La Sagrera, Zakarias (25 años) tiene ganas de aprender el idioma y de formarse. En Marruecos trabajaba de peluquero. Como muchos inmigrantes, su situación se enreda en el via crucis administrativo para tramitar el NIE y poder trabajar. De momento, el muchacho aguarda una oportunidad para trazar su camino. En su caso, su hogar es una furgoneta abandonada, convertida en una improvisada cama, aparcada al lado del campamento chabolista.

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