Los vecinos no se conocían entre ellos. Alguna que otra vez habían cruzado miradas haciendo la compra por Vila de Gràcia. O un “gracias” en la plaza de la Virreina después de preguntar si podían coger esa silla. “¿Está ocupada?”, señalaban. Pero no se conocían. Ni sabían cómo se llamaban ni sabían si tenían intereses en común.

De repente, a principios de noviembre, se produjo un giro en los acontecimientos. Una buena mañana llegaron las máquinas, y con ellas el ruido. Entonces, una vecina de la calle Encarnació asomó la cabeza por la ventana y gritó alarmada:

–¡Van a derribar las casas y están talando los árboles!

El instinto biológico afloró, y los vecinos empezaron a correr la voz. “Las casas centenarias no se tocan y el pequeño pulmón verde tampoco”, rezaba el mensaje. “Salvemos la encina”, por WhatsApp y redes sociales. “Salvemos la encina”, en los escaparates de los comercios. “Salvemos la encina”, en los medios de comunicación. Y sin pensarlo dos veces, entraron dentro de la propiedad privada que iba a ser derruida.

No tenían palabras para describir el escenario. Tan mágico, tan excepcional en el corazón de Gràcia. Había un pino, una palmera, otros árboles frutales, césped húmedo y, a un lado, como símbolo majestuoso del lugar, la encina. Varios vecinos habían fantaseado durante años. Se preguntaban quién debía vivir ahí y qué debía haber dentro para que tantos pájaros se reunieran en el jardín. Entonces entendieron. “Respirar y ver este ecosistema en medio de la ciudad es un lujo”, comenta una vecina, Paula Murcia, a Metrópoli Abierta, mientras señala uno de los troncos.

LAS INTENCIONES DE ENCARNACIÓN INVEST, SL

Los vecinos no llegaron a tiempo, no del todo: las máquinas ya habían echado abajo puertas, ventanas y varios árboles. La intención de la propiedad, constituida como inmobiliaria bajo el nombre Encarnación Invest, SL, era construir 28 pisos de unos 50 metros cuadrados cada uno con un sótano con capacidad para 42 coches y 14 motos. Casi nada. Para ello, habían optado por destruir las dos propiedades actuales y el gran jardín, porque les salía más económico que restaurar. Y, para sorpresa de los vecinos, habían conseguido los permisos necesarios para hacerlo.

Objetivo: frenar el derribo de 'L'Alzina' de Gràcia / HUGO FERNÁNDEZ
Objetivo: frenar el derribo de 'L'Alzina' de Gràcia / HUGO FERNÁNDEZ

Indignados con el caso, decidieron acampar en el lugar y, así, paralizar las obras haciendo guardias. No faltaron manos ni fuerza de voluntad. Los vecinos, de repente, sentían que se conocían de toda la vida: ya tenían un interés en común. Rápidamente, fueron a pedirle explicaciones al regidor del distrito de Gràcia, Eloi Badia. Expusieron la situación basándose en un escrito del alcaldable Jordi Graupera sobre “la necesidad de proteger y defender estas casitas de acuerdo con el artículo 1.2 de la Ley 2/1993, de 30 de septiembre, del patrimonio cultural catalán”. “Badia se rió en nuestra cara”, lamenta el vecino Lluís Arqué.

SALVEM L'ILLA PARALIZA EL DERRIBO

La presión vecinal y este desafío inesperado llamado Salvem L'Alzina obligaron al consistorio de Ada Colau a ponerse las pilas: con las elecciones municipales a la vuelta de la esquina, necesitaban encontrar la forma de frenar el derribo. Lo antes posible. Pero mientras buscaban la fórmula –¿secreta?– se toparon con otro revés. Algunos vecinos de Gràcia se enteraron de que el Ayuntamiento pretendía construir vivienda social en medio de una isla de edificios. Y para construirlo habría que talar un platanero centenario, expropiar un centro infantil, un centro de meditación y solares de particulares, tal como adelantó Metrópoli Abierta.

Muchos de ellos tildaron la medida de “chapuza urbanística” y salieron a la calle para manifestar su malestar. Como Salvem L'Alzina, los impulsores de Salvem L'Illa recogieron gran cantidad de firmas. La implicación en el barrio es máxima: la necesidad de preservar el tejido urbanístico, el patrimonio histórico y los (pocos) espacios verdes que quedan en el casco antiguo es mayúscula.

Una pintada en la calle contra el derribo de 'L'Alzina' / HUGO FERNÁNDEZ
Una pintada en la calle contra el derribo de 'L'Alzina' / HUGO FERNÁNDEZ

Los vínculos entre los vecinos se fortalecieron gracias a las asambleas y los talleres. “¿Qué, chicos? ¿Cómo va el tema?”, pregunta una familia a los jóvenes que nos muestran el lugar. “¿Cómo estáis? ¿Necesitáis algo más?”, sugieren otros. El caso es que la plataforma, después de dos meses batallando, está de enhorabuena. Fruto de sus acciones, el Ayuntamiento empezó a tramitar la posible salvación de las casas negociando con la propiedad y acordando paralizar temporalmente las obras y catalogaron la encina.

LA CATALOGACIÓN DE LA ENCINA

Así, el pasado viernes el regidor Eloi Badia, comunicó que las fachadas podrán conservarse gracias a la catalogación de la encina. Según comentó, se basan en la Ley de Espacios Naturales de la Generalitat: en uno de sus artículos indica que la catalogación del verde da pie a una revocación de licencias de obras que lo afecten.

Los troncos talados se convirtieron en una mesa de Ca l'Alzina / HUGO FERNÁNDEZ
Los troncos talados se convirtieron en una mesa de Ca l'Alzina / HUGO FERNÁNDEZ

La movida vecinal (intergeneracional) está eufórica con “la buena voluntad”, aunque no confía a pies juntillas. “Seguimos vigilando por si acaso”, comenta Paula Murcia. Su objetivo final es que el Ayuntamiento expropie las casitas y las restaure como equipamiento público. Habrá que ver qué pasa en las elecciones. La propuesta de Badia sería, en cualquier caso, adquirir las fincas para vivienda pública. Pero los vecinos preferirían que se convirtiera en otro tipo de espacio. “Una guardería”, comenta uno. “Un museo con un espacio para la educación medioambiental”, salta otro. “Un centro cívico combinado con vivienda pública”, propone otro.

Cada uno fue aportando a Ca l'Alzina lo que podía. Uno arregló el cableado y se hizo la luz, otros reinventaron los troncos talados y fabricaron una mesa. Entre todos limpiaron el lugar y llevaron a arquitectos para que determinaran si se podía entrar en las casas. En una de ellas, sí, en la otra, no. “No es seguro”, les dijeron. Y ellos acataron. Ahora están a la espera de que el Ayuntamiento se lleve la cubierta de uralita que contiene partículas de amianto.

Un perro husmeando en el jardín que ya no tiene césped / HUGO FERNÁNDEZ
Un perro husmeando en el jardín que ya no tiene césped / HUGO FERNÁNDEZ

Alrededor de la encina han nacido amistades, e incluso anécdotas. Una de ellas esconde una bonita metáfora. Un vecino limpió su piso de otro barrio de Barcelona para alquilarlo y sacó los objetos que quería dar de baja. Al día siguiente, como cada mañana, fue al jardín de la calle Encarnació donde vio una maleta que le sonaba familiar. Era la suya. Resulta que uno de los vecinos la había encontrado en la basura y la había llevado al solar para que la utilizaran entre todos. “¡De repente, leo su nombre en la etiqueta!”, exclama el joven que la cogió. Las conexiones existen, y las luchas vecinales más espontáneas pueden cambiar el curso de la historia.