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El futuro del Museo Hermitage de Barcelona está en juego. Son muchas las voces que se han pronunciado a favor del proyecto cultural en los últimos meses. Pero también las hay en contra. ¿Quiénes son? ¿Quién puede oponerse a la instalación de una pinacoteca en nuestra ciudad de la mano de inversores privados? Ni más ni menos que su competencia.

El lobby cultural barcelonés contempló el Hermitage desde un inicio como una amenaza competitiva. Nunca lo vio como un aliado, tal y como contemplan otros sectores. Es este, y no otro, el lobby que más presiona a los comunes para que mantengan su negativa al museo.

Consciente de ello, los promotores han modificado el nombre inicial del proyecto para no levantar tantas ampollas en el sector museístico más provinciano y cerrado de la ciudad. Los promotores han renunciado a que el equipamiento sea catalogado como museo para transformarse en el Centre Cultural Hermitage Barcelona.

Esta mentalidad cerril de una parte del sector museístico barcelonés explica el declive de la ciudad en el ámbito de la cultura. Mientras tanto, otras capitales aprovechan sus oportunidades y adelantan a Barcelona por sus constantes retrocesos. De hecho, algunos se relamen mientras ven a Colau dar portazos a la franquicia rusa y ofrecen sus urbes para instalar la filial del Hermitage.

Si los socialistas de Jaume Collboni dejan hacer a la alcaldesa en esta materia, de bien seguro que el museo acabará en otra ciudad como Lisboa o Madrid. Mientras tanto, la sombra de un gran centro comercial planea sobre los mismos terrenos que quiere el Hermitage. Si algo así sucediera, sólo los dueños de los museos barceloneses se lo agradecerían a Colau.

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