El Kubala nació en la mar y en la mar siguió gran parte de su vida. De cinco hermanos, cuatro vinieron al mundo en la orilla de la playa de la Mora de Badalona. Descendientes de una saga de pescadores que se remonta a varias generaciones. Y este es el legado que el Kubala heredó y que, a día de hoy, continúa manteniendo vivo.

Ya jubilado, este pescador, al que su padre bautizó como Kubala por el famoso jugador del Barcelona, dedica su tiempo a acercar la mar a su rutina diaria. En un apartamento a menos de dos kilómetros de la playa de Sant AdriàKubala confecciona realistas maquetas de distintos tipos de barcos, todas hechas por él y con herramientas de lo más básicas: pinzas, un cúter, madera, pequeñas sierras... Una habitación museo en la que expone sus obras de arte y en la que también flotan sus recuerdos.

VENTA EN LA CALLE

En los años 70, era habitual entre la población más humilde la venta de pescado a pie de calle. La familia del Kubala también realizaba esta práctica, ya que en Sant Adrià no había (y sigue sin haber) una lonja en la que hacer negocio. "Vivíamos en las casetas, donde también estaba la Guardia Civil", rememora el pescador. "Íbamos andando desde aquí hasta el Parc de la Ciutadella con el pescado a cuestas. Todas las barriadas de aquella época me las he recorrido: el Camp de la Bota, el Somorrostro...". Precisamente de estos barrios es de donde provenía el contrabando de tabaco. El Kubala lo recuerda bien: "los fardos flotaban en el mar"

Con el tiempo, la familia dejó de vender el pescado en la calle y pasó a hacerlo en la antigua plaza del mercado de Sant Adrià. "Mi madre compró la parada y estuvimos vendiendo el pescado ahí años. Al final, la terminó vendiendo".

El 'Kubala' en el proceso de elaboración de una de sus maquetas / PABLO MIRANZO
El 'Kubala' en el proceso de elaboración de una de sus maquetas / PABLO MIRANZO

"SOLO QUEDO YO"

Hoy en día, Kubala es el último pescador de Sant Adrià. "Mis compañeros han ido muriendo o retirándose. Antes éramos unos 15. Ahora, solo quedo yo", comenta a Metrópoli. En efecto, nada queda de la algarabía propia de estos hombres dedicados a la mar que explicaban sus anécdotas alegremente en la Playa del Litoral. Los vecinos y vecinas del municipio recuerdan con cariño a estos pescadores, que hacían su rutina a pie de playa y formaban parte del tejido social del municipio. 

De hecho, allí aún resisten las casetas azules donde estos hombres almacenaban sus enseres y material para el trabajo. Sin embargo, el jolgorio y la alegría han desaparecido. La imagen contaminada y abandonada de la playa tampoco favorece la visión general del entorno. "Pagábamos un alquiler anual al Ayuntamiento de Sant Adrià por estas casetas. Ahora, estoy a la espera de que llegue un día que no renueve y me la quiten", comenta Kubala, que dice sentirse enfadado. "No tenemos ningún apoyo".

En cuanto al porqué de la expropiación de estas casetas, nadie lo sabe a ciencia cierta, aunque el pescador lo tiene claro: "¿Para qué sirven si ya no quedamos pescadores? Se pasan la pelota, hay quien dice que este tema pertenece a Costas". Desde el Ayuntamiento adrianense, ningún miembro del gobierno municipal de los consultados por este medio ha contestado a esta cuestión con precisión. Fuentes del consistorio aseguran que "es algo que se gestionó hace muchos años y ahí está".

LA JUVENTUD NO QUIERE SEGUIR

De hecho, la desconexión entre este centenario oficio y la juventud ha abierto una brecha importante. "Es un trabajo muy duro y las generaciones de ahora no quieren continuar con el trabajo de sus padres o abuelos". 

Hace años que el último reducto de pescadores de la zona quiso agruparse como asociación para mantener vivo el oficio, "pero se necesita dinero". La inversión económica para poder echarse a la mar con toda la documentación y permisos en regla es otro handicap. "Si llevas un barco de nueve metros, ya tienes que pagar a un marinero. Además, tienes que tener un seguro y si llevas a alguien está terminantemente prohibido que la persona faene. Solo puede mirar". 

Por otra parte, el no cumplimiento de las vedas de pesca o de la limitación por territorio hace que cada vez sea más difícil conseguir buena pesca. "Alguien de Arenys no puede venir a pescar aquí. Tampoco se puede pescar entre enero y marzo. Además, si hablamos de motores que no están limitados, el tipo de red que se debe usar y no se usa...". En definitiva, trampas que muchos usan para sacar mayor provecho.

UN MUSEO EN CASA

Como manera de honrar la profesión de su familia y la suya propia durante tantos años, Kubala dedica los largos días de invierno a recrear barcos. "Los fruteros ya me conocen y me dejan las cajas que van a tirar para que me sirvan como material". El resultado son impresionantes maquetas de distintos tamaños y tipos que llenan la habitación museo de este pescador. Desde el Juan Sebastián El Cano hasta pequeñas barcazas. Redes decoradas, estrellas de mar, conchas e incluso caballitos de mar acaban de dar el toque a esta estancia marina, todo ello acompañado de los títulos enmarcados del protagonista de esta historia.

Réplica del Juan Sebastián Elcano hecha por el 'Kubala' / PABLO MIRANZO
Réplica del Juan Sebastián Elcano hecha por el 'Kubala' / PABLO MIRANZO

Pero las maquetas tienen vida más allá de esta habitación. Sin ir más lejos, en el interior del Bar Onubense, en la misma calle, se puede encontrar un pequeño comedor ambientado en el mundo pesquero. Una maqueta del barco Amistad hecho por Kubala preside la estancia. Una muestra de afecto que el pescador hace llegar a sus seres más queridos sin ningún tipo de coste.

Ahora, el Kubala sale cada mañana a pasear por su playa. Su huella física todavía está: dos barcas en medio de la arena lo demuestran. La huella intangible también es posible percibirla en los vídeos que el pescador muestra con orgullo de sus nueve nietos pescando con él .

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