En la intersección de los callejones estrechos que se abren paso entre Santa Maria del Mar y el Pla de Palau, se encuentra la plaza de las Olles. Situada en el barrio de la Ribera –antigua Vilanova de Mar– se trata de un espacio urbano surgido en el siglo IX extra muros que quedo integrado en la ciudad con la construcción de la segunda muralla, en el siglo XIII. Al parecer, este siempre fue un espacio dinámico, menestral y comercial por la proximidad del mar y del Rec Comtal. Y una zona de ferias gremiales, fiestas nobles, religiosas y populares.

Cuentan que el origen de su nombre está en un mercado de ollas ubicado antiguamente en este espacio, como un anexo del mercado de frutas y verduras que se celebraba diariamente en el actual paseo del Born. Lejos queda el trasiego de comerciantes y el ir y venir de los clientes por las calles aledañas, y nada de las tiendas de utensilios de cocina que dieron nombre a la plaza. Aunque sigue siendo sin duda un lugar vivo lleno de actividad comercial y locales de restauración, donde barceloneses y turistas se mezclan en una marabunta ecléctica.

Con los años, la plaza de las Olles se ha convertido con los años en uno de los rincones más tradicionales del barrio. En su interior, para sorpresa de muchos, guarda algunos tesoros arquitectónicos. Merece la pena sentarse en algún rincón o en alguna de las terrazas de la plaza y tomarse algo observando atentamente los edificios que la rodean. Solo así se pueden apreciar la cantidad de fachadas de diferentes épocas y estilos, la mayoría del siglo XVII o de finales del XIX, que, paradójicamente, otorgan al conjunto un sentido unitario y armónico.

Por supuesto, la estrella es el edificio de Enric Sagnier, en el número 12, en la esquina con la calle de las Damas. Pero no el único. En el número 6 se alza un edificio entre medianeras, construido por Ferran Romeu Ribot, arquitecto y urbanista responsable del último tramo de las obras de apertura de la Via Laietana, entre Sant Pere Més Baix y la plaza Urquinaona. Una pequeña joya modernista perteneciente al periodo 1911-1929, que consta de planta baja y cinco pisos. En cada uno de ellos presenta aberturas que dan a balcones corridos y en la planta principal y en el último piso destacan unos coloridos mosaicos policromos muy bien conservados. Los arcos curvados que rematan tanto la puerta principal como los ventanales de los balcones se ajustan al gusto modernista de la época, así como los relieves de tipo vegetal de la decoración.

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