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El Hombre Perro saca el hocico entre los barrotes de su celda. Tiene los párpados caídos y los labios secos. “Busco a alguien que me pasee”, dice a este medio en la zona de BDSM del Salón Erótico. Josep Argelaga es un jubilado que en su tiempo libre se dedica a dar vida a su personaje más preciado: Iván, el Hombre Perro. Por las noches se presenta en bares como Madame Jazmine en la Rambla del Raval: se desnuda, se ata una correa al cuello y prepara un plato de metal para beber agua.

“Me gusta ver el contraste y las reacciones de los asistentes”, comenta. Él les incita. “Paséame un rato por la sala”, propone a cuatro patas. La historia de su personaje nació del contacto con los juegos de sumisión. “No soy un fan loco del sadomasoquismo, pero me gusta ver cómo interactúan los roles de poder descontextualizados”, valora.

A LOS DUEÑOS LES PERMITE TODO

Así, hace aproximadamente 15 años, decidió dar rienda suelta a su imaginación y, despojado de prejuicios, se plantó al natural a buscar dueños efímeros. “Si pudiera haría el número en la calle también. No tengo vergüenza. El problema es la Guardia Urbana, que no le hace mucha gracia”, apostilla.

Iván, el Hombre Perro, en su celda del Salón Erótico de Barcelona / P.B.
Iván, el Hombre Perro, en su celda del Salón Erótico de Barcelona / P.B.

“Yo lo permito todo”, lanza. “Me pueden escupir, insultar, hacer pis encima, porque sé que luego termina. Es una performance”, detalla con una sonrisa. De hecho, él considera que es sumiso “a tiempo parcial”. “A veces obedezco, pero cuando me canso, como soy salvaje, me voy tan tranquilo porque soy un perro”, cuenta.

¿TRATAMOS MEJOR A LOS PERROS QUE A LAS PERSONAS?

Su espectáculo sirve para romper tabús, provocar a las mentes y cuestionarnos: ¿por qué en ocasiones tratamos mejor a los perros que a las personas? Su forma de entablar diálogo no deja indiferente a nadie.

Eso sí, el show varía constantemente. Por ejemplo, se pone a mendigar detrás del mensaje “si triste es pedir, más triste es morder”. O cuelga carteles con su foto royendo un hueso y con una petición: “porfa, para de ladrar”. Para más inri, ofrece servicios en fiestas privadas con un eslogan sugerente: presume de tener al Hombre Perro en tu balcón.