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Da igual que haga frío, viento, lluvia o calor. Los búnkers son los búnkers, y cualquier turista que husmee un poco en Internet lo sabe. Un aire más o menos puro y, sobre todo, unas vistas panorámicas de infarto son dos reclamos de peso para subir hasta las baterías del Carmel. En los últimos años se han convertido, de hecho, en el meeting point por antonomasia de los turistas y en un punto estratégico para los vendedores ambulantes.

Los más previsores llevan comida, bebida –mate, cerveza o cubatas– y porros, mientras que los más despistados se ven “obligados” a pagar los “altos” precios que imponen los lateros a sus productos, más caros que de costumbre. Un botellín minúsculo de agua por un euro, una lata de cerveza por dos. Aunque a muchos turistas les da igual el precio: están de vacaciones.

UNA PECULIAR FIESTA “SILENCIOSA”

Este domingo, centenares de ellos se han agolpado para ver el penúltimo atardecer del año. Y ahí, en una pequeña explanada, se han topado con una peculiar fiesta “silenciosa”, una modalidad que está en auge. Decenas de asistentes bailaban extasiados con la música que solo oían ellos mismos a través de unos grandes –y luminosos– auriculares. Al mismo tiempo, un DJ pinchaba música en un lenguaje que solo algunos podían comprender.

 

 

“Nos parece un buen método para no molestar a los vecinos ni al Ayuntamiento”, ha contado uno de los organizadores, Iván Poseidón, a Metrópoli Abierta. El caso es que transportan la mesa, ponen la tabla de mezclas y los que quieren volar con la música pagan una “cantidad simbólica” de tres euros para alquilar los auriculares. No es la primera vez que lo hacen.

BUSCAN ESPACIOS ESCONDIDOS

Su modus operandi consiste en buscar espacios escondidos de la ciudad y montar la fiesta para pasar la tarde. Para darla a conocer utilizan las redes sociales, aunque solo unos pocos (los que están dentro del grupo) consiguen enterarse. “Nosotros nos la acabamos de encontrar y nos ha molado mucho la idea”, ha revelado una de las asistentes a este medio mientras bailaba al ritmo que marcaba la música electrónica que nosotros no podíamos oír, pero sí intuir.

Turistas disfrutando de las vistas de Barcelona en las baterías del Carmel / PAULA BALDRICH
Turistas disfrutando de las vistas de Barcelona en las baterías del Carmel / PAULA BALDRICH

En esta idílica ubicación de Barcelona retumban cada vez más voces en más idiomas. La fiesta silenciosa no es la primera que tiene lugar en los búnkers. Hace un tiempo se intentó organizar un macrobotellón que terminó frustrado debido a la presión vecinal. Aunque las grandes fiestas no son posibles, los conciertos acústicos –improvisados– son ya una constante.

Los búnkers del Carmel se han vuelto tan famosos que incluso se ha barajado la opción de hacer pagar por su acceso, tal como pasó en el Park Güell. Aunque, por ahora, la entrada es libre y el control policial es nulo. Por eso, la suciedad y el ruido campan a sus anchas, y eso dificulta la convivencia con los vecinos que han manifestado su inconformidad en reiteradas ocasiones.