Lo admito, tanto recorrer Barcelona de aquí para allí a veces es agotador y merece una parada de avituallamiento...  Si es con productos frescos, mejor que mejor... y si además puede ser en un lugar con historias que contar, ¿qué más se puede pedir? De paseo por Sant Gervasi, y abducida por un antojo de manzanas, me he dejado llevar por mis pies hasta el Mercat de Galvany, situado entre las calles de Santaló, Calaf, Amigó y del Rector Ubach.

La nave, de obra vista, está dispuesta en forma de cruz griega, con una gran cúpula central octogonal que se sostiene sobre cuatro grandes arcos y que tiene cada uno de los ocho lados decorados con vidrieras modernistas. Allí, de pie frente a una de las cuatro fachadas majestuosas, uno empieza a entender que esta pequeña joya arquitectónica modernista esté catalogada como monumento artístico y presuma de ser uno de los mercados municipales más bonitos de Barcelona. Se empezó a construir en 1868 y se terminó en 1927... y aún parecen pocos para el resultado final.

Y entonces, me pica el gusanillo, y no solo por esas manzanas que iba buscando, sino porque, de repente he recordado que en algún lugar leí una vez que en el interior del mercado se oculta un centenario guardián del tiempo que durante años también se encargó de alumbrar a los comerciantes.

Una vez dentro, es inevitable recrearse en la cubierta, formada por una estructura metálica y una capa de láminas de madera, y en las 28 columnas de hierro que la sostienen. Al final de cada extremo de la nave, nueve arcos decoran el interior de cada fachada. Y en la parte superior de cada arco, un pequeño vitral modernista de colores y unos mosaicos forman el antiguo escudo de la ciudad.

El Mercat Galvany de Barcelona / MERCAT GALVANY
El Mercat Galvany de Barcelona / MERCAT GALVANY

FAROLA MODERNISTA CORONADA POR UN RELOJ

No, no se me han olvidado las manzanas. Dando buena cuenta de una de ellas, avanzo por el pasillo central descubriendo poco a poco la cúpula central. En cada uno de sus ocho lados, siete vidrieras modernistas dejan entrar la luz. Y bajo ese foco natural... Ahí está, entre dos paradas que forman un anillo, la estrella del mercado: una farola modernista coronada por un reloj de la época que ha sobrevivido a dos restauraciones del edificio (1964 y 1994).

Tic, tac, tic, tac... se acabó la pausa. Con el estómago y la curiosidad satisfechos... ¡a seguir recorriendo Barcelona de aquí para allá!

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