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Martín Caparrós se resiste a abandonar ese deje argentino. Caprichoso e intenso a partes iguales, es un gran imitador de voces literarias. Se atusa el bigote cuando no habla. Ríe cuando no lo esperas. Encaja mal los halagos. Pasa la mitad del tiempo viajando y no se plantea proyectos a largo plazo. Es un hippie encubierto con buen paladar y mirada fotográfica. Pero él se identifica –sobre todo– con el papel de escritor, aunque en el fondo, ni le gustan las presentaciones de libros ni le entusiasma hablar con la gente.

Nació en 1957, cuando Rodolfo Walsh publicaba Operación Masacre en Argentina, considerada la primera obra de no ficción periodística. En todos estos años de trayectoria, Caparrós ha forjado un estilo propio y se ha mantenido firme pese a las turbulencias. Sin consentirlo, se ha convertido en un influencer literario y en una referencia en el campo de la crónica de viajes. Y como buen novelista comprometido con su trabajo, lleva un bolígrafo colgado en el bolsillo de su camisa: nunca se sabe cuándo puede aparecer un fan con ganas de autógrafo o cualquier otra urgencia mundana.

Nos reunimos en Barcelona para hablar de La noche anterior, un libro publicado hace años en Argentina que ahora recupera –con sumo cuidado y amor– Kriller 71 Ediciones, en su colección Mula Plateada. Las descripciones y las sutiles reflexiones trasladan al lector a Grecia donde asiste a las conversaciones de una relación sentimental.

“Pero uno pensaba, más bien, que el infierno era eso otro, un eterno estarse callado.”

El pretexto trae a colación los viajes, el periodismo, el futuro. Siempre a sabiendas que esta entrevista no va a dar eso tan valioso –¿obsesivo?– que hoy es el clic. Caparrós bebe vino blanco a sorbitos.

“Y creerás que todo está en tu mano. Después, habrás creído.

¿Cómo es ese proceso de regresar a un libro que escribió hace… décadas?

Es raro. No suelo releer mis libros y con este tuve que hacerlo porque no había copia digital, es previo a la época de los ordenadores. Me sorprendió y me dio cierta nostalgia porque era vanguardista.

Por el formato, ¿se reconoce en el libro?

Me conozco, sé quién es ese muchacho de hace 30 años. No recordaba que el resultado fuera así de extremo. No tiene ninguna concesión de lo que ahora se lleva. Es un libro al que nunca había vuelto, no se reeditó, estaba como fuera de cierto circuito.

Sí, de hecho, cuesta hasta resumir de qué va.

Qué sé yo. Una pareja pasa tres o cuatro días en una isla griega. En el medio se le incrusta ciertos recuerdos, saberes, historias que sucedieron en ese mismo espacio. Me hizo gracia porque en julio estuve en Patmos. Voy a menudo por unos primos que tienen una casa. Trataba de recordar el espíritu que me llevó a escribirlo. Hay una cosa cierta en el libro –una sola cosa, probablemente– que es un viaje en un barco en el que había muchas olas y había un gitano vendiendo cuchillos. Ese personaje para mí fue muy fuerte. Y lo que me sorprendió es que uno de mis primos también escribió sobre él tiempo después, sin que lo comentáramos. Cada uno por su lado.

Un ejemplar de 'La noche anterior' de Martín Caparrós / P.B.
Un ejemplar de 'La noche anterior' de Martín Caparrós / P.B.

En el libro aparecen los miedos: el apocalipsis y la influencia de la religión en los personajes.

Sí, el papel de la religión es fuerte. De hecho, es un libro sobre el mejor escritor que tuvo el cristianismo: Juan de Patmos, y ese texto increíble, El Apocalipsis. Realiza el deseo de todo exiliado que es que su texto vuelva al lugar del que lo expulsaron y produzca en ese lugar una serie de efectos. Sigue formando parte del canon de la religión más difundida.

"Me parece curioso que mucha gente siga creyendo que yo soy un periodista que en ocasiones escribe alguna novela"

Sale a relucir su faceta de historiador en el libro.

Supongo. (Ríe) En esa época estaba más reciente, hacía menos tiempo que lo había dejado. La historia de la religión siempre me interesó mucho por el hecho de ver cómo se constituyen esas creencias que durante siglos o milenios dominan las sociedades en las que aparecen.

En España no se le conoce tanto como novelista sino más por su trayectoria como periodista de viajes, cronista. ¿Cómo se lo toma?

Me sorprende un poco, me molesta un poco, me parece que es solo un rasgo de ignorancia. Publiqué una docena de novelas, algunas incluso obtuvieron premios importantes, como el Planeta o el Herralde. Mis novelas se traducen en muchos lugares y las crónicas, no. Me parece curioso que mucha gente siga creyendo que yo soy un periodista que en ocasiones escribe alguna novela. Pero, bueno, es su problema en última instancia.

MARTÍN CAPARRÓS Y EL VIAJE

¿Cómo cree que va cambiando el viaje a medida que uno se va haciendo viejo?

Para empezar, los viajes cambiaron en sí mismos, más allá de que yo envejeciera. Ahora no hay viaje, hay desplazamiento: te encierran en un lugar, te sientas, te atas y te suspenden. El viaje empieza, si acaso, cuando termina el desplazamiento, en comparación con hasta hace muy poco tiempo cuando el viaje era todo lo que sucedía desde que salías hasta que regresabas. Ahora yo cambio mucho de lugar, pero viajo muy poco. Me voy cinco semanas a América Latina participando en talleres, conferencias… Ahí en medio me voy a Guatemala. Los viajes aparecen por momentos dentro de un largo desplazamiento. Hace 40 años viajaba a dedo (autostop) por España. Vivía en París e iba a Madrid. Se podía. Ahora hace años que no veo a nadie haciéndolo. Es una pena, era una forma muy civilizada y solidaria de viajar.

"Ahora cambio mucho de lugar, pero viajo muy poco"

El viaje se ha democratizado y cada vez más personas se animan a ver mundo. El viaje, diría, ocupa ya el centro de largos debates. Sobre todo, se cuestiona esa distinción acusada entre la etiqueta “turista” y la etiqueta “viajero”.

No me gusta esa distinción porque la hacen los que se creen más astutos que los turistas. A veces caigo en eso, pero muchas veces estoy en desacuerdo conmigo mismo. Es un gesto repugnante y repipi.

¿Cómo han influido las nuevas tecnologías en el viaje?

Google Maps te permite no hablar más con nadie. Situaciones en las que antes uno tenía que andar preguntando por la calle, ahora simplemente pone eso y se deja guiar por el mapita. Muchas veces yo no lo pongo a propósito. Si hay algo que vale la pena cuando uno se está moviendo es perderse, ir a los lugares que no había previsto ir. Google Maps va en contra de eso porque limita –acota– muchísimo la experiencia. Solo haces aquello que se supone que ibas a hacer. Es muy aburrido, imagina que la vida fuera eso. Las tecnologías también permiten que puedas trabajar conectado desde cualquier punto. Un mismo ordenador con el mismo acceso: eso sí se ha homogeneizado. Por un lado, es una suerte; por otro, una lástima.

¿Cambia en la forma de comunicar?

Durante mucho tiempo, cuando me iba, me iba de verdad. A lo sumo podía llamar por teléfono para decir que estaba bien. Ahora estoy en cualquier lado y sigo manteniendo el mismo diálogo que si estuviera en mi casa con mi hijo. Por un lado es una solución de comodidad, pero por otro hace que los cortes sean mucho menores, que el viaje no signifique todo lo que significaba. En 1992 me fui tres meses a la India y le mandaba a mi hijo de tres años cuentos en telegramas para mantener alguna presencia. No había otra forma.

Hablando de familia, Leila Guerriero, por ejemplo, ha dicho en ocasiones que por la escritura ha renunciado a otros aspectos como la maternidad. ¿A qué ha renunciado usted llevando este estilo de vida?

No hay que creer lo que dice la gente. (Ríe) En mi caso no tengo esa sensación. Es un privilegio extraordinario hacer todo el tiempo lo que más ganas tengo de hacer. Me da miedo pensar cómo hubiera sido mi vida si hubiera tenido que renunciar, porque soy muy caprichoso y no me gusta dejar nada. Una cosa que sí lamento es no haber hecho más radio. Hace 35 años probé pero la dejé porque básicamente para hacer radio tenía que estar siempre en el mismo lugar. Y eso no me gustaba.

El escritor argentino Martín Caparrós, autor de 'Lacrónica'
El escritor argentino Martín Caparrós, autor de 'Lacrónica'

¿Se ha cansado de viajar o desplazarse?

Sí, en algunos momentos, pero no son tantos como para dejar de hacerlo.

¿No es difícil mantener la curiosidad viva después de haber visto tanto?

No, tengo más elementos con los cuales relacionar las cosas. Quizá necesito mejores estímulos para sorprenderme, pero siempre hay nuevas experiencias. Si eso dejara de suceder sería una catástrofe.

"Muy a menudo creo que entiendo cosas y después me doy cuenta de que había entendido todo mal"

Hay una escena que se incluye en el libro Postales, de Altaïr, que cuenta un momento en Sri Lanka en el que sintió asco hacia sí mismo cuando se descubrió fotografiando a niños desnudos. ¿Qué otra anécdota recuerda en la que se haya sentido tremendamente bobo?

(Piensa, gesticula) Muy a menudo creo que entiendo cosas y después me doy cuenta de que había entendido todo mal. Si uno está una semana en un lugar es porque necesita seis días para corregir todas las falsas comprensiones que uno creyó haber tenido durante el primer día. Después te pasas el tiempo entendiendo que habías entendido mal, que habías inventado. ¡Ah, sí! Me acuerdo de una película donde actué, que se llama Tiempo después, de José Luis Cuerda. Me llegó el DVD y vi una escena eliminada. Aparecía llorando en una cama. ¡Ay, oh! Era muy raro.

¿Y esta faceta de actor?

A veces me llaman… Qué sé yo. Me divierte porque es todo lo contrario a escribir. Cuando escribes tienes que hacerte cargo de todo. Eres uno solo tratando de mirar, de escuchar, y de transmitir después. En cambio, como actor te entregas y son los demás los que hacen lo que quieren contigo. Alguien que escribe lo que tienes que decir, un director que te dice dónde tienes que ponerte… eres como una especie de marioneta desnuda. Está buenísimo para hacerlo de vez en cuando. Sin embargo, hacerlo siempre debe de ser insoportable.

El escritor argentino Martín Caparrós en la película 'Tiempo después' / Cedida
El escritor argentino Martín Caparrós en la película 'Tiempo después' / Cedida

¿Cómo lo hace para rentabilizar su tiempo al máximo?

Hace 10 años, en un avión, leí un artículo pequeñito del Financial Times que me cambió un poco la vida. Era una nota sobre un libro de Leonard Woolf, marido de Virginia Woolf, editor, profesor, ensayista: un tipo que hacía miles de cosas y que quedó un poco oscurecido por su mujer. Él aseguraba que para hacer tantas cosas trabajaba muy concentrado tres horas y media al día. Pero que tenía que estar muy concentrado. Yo pensé, ¿será que se puede hacer así? Porque hasta entonces a mí me producía sentimiento de culpa no trabajar mucho. ¿Será que con este tiempo alcanza? Lo intenté y funcionó. Así que por la mañana gestiono mis asuntos, escribo artículos de prensa, contesto emails, leo un rato, y por la tarde me siento a escribir dos o tres horas como mucho. Trato de estar muy concentrado y ya con eso salen más libros de los que la industria editorial está dispuesta a publicar.

MARTÍN CAPARRÓS Y EL PERIODISMO

Hace poco se anunció el cierre de la edición en español del New York Times. ¿Cree que es sintomático?

Más que sintomático es bastante irritante. Ahora estoy en el paro, o algo así. Fue raro. Si uno pensaba que una institución era sólida, era esa. Habían dicho que lo iban a mantener durante 25 años. Dieron una justificación económica, pero nunca trataron de ganar dinero. Ni vendieron publicidad, ni vendieron suscripciones. Parece que el número de lectores estaba funcionando bien. Hay algo extraño. Más allá de este incidente, que me dejó en la calle, es cierto que es un momento de cambios en los medios, pero no es una crisis del periodismo sino de ciertas empresas periodísticas.

"Vengo de un país en el que para ser periodista había que buscarse la vida"

¿Entonces?

La forma de producir periodismo como hegemonizador del discurso ha dejado de funcionar por cambios culturales, económicos, técnicos. Tratan de convencernos de que su crisis es la crisis del periodismo. Se está haciendo de otras formas, en medios nuevos, con dificultades, pero eso no me sorprende. Me sorprendo cuando me cuentan que en España hace 20 años les daban 2.000 euros para que se fueran a Argelia a hacer un artículo en un hotel cuatro estrellas y con chófer contratado. A mí nunca me pasó. No me parece que el hecho de que aquello no exista más sea una crisis del periodismo. Vengo de un país en el que para ser periodista había que buscarse la vida. Ahora si se te ocurre algo es mucho más fácil comunicarlo gracias a estos nuevos medios.

Me acuerdo de que David Jiménez, el exdirector de El Mundo, decía en una de sus entrevistas que el periodismo español necesita una regeneración.

¿Quién hace una regeneración? ¿Dónde está la máquina? No tiene mucho sentido. Lo que se necesita es gente con ganas de hacer buenas cosas. Que una institución anquilosada, interesada y sospechosa como El Mundo funcione mal es lo suyo. Seguramente no necesita una regeneración, necesita desaparecer. Por suerte nunca fui director de El Mundo. Hay que ver desde dónde das lecciones de moral.

"Elegí pelearme porque soy muy caprichoso. Pero nunca nadie me dijo haz lo que quieras"

¿Cree en la dictadura del clic?

Si decides trabajar para el clic estás jodido. El asunto es encontrar ahora maneras nuevas y distintas de no trabajar para el clic justamente: no darle al público lo que supuestamente quiere, sino enseñarle que quería otra cosa. Contra el público. Esto que no sabías que querías, ahora lo quieres. ¿Qué es lo que merece la pena? Gente que hace lo que no esperas que haga. Algunos eligen pelear contra eso, otros eligen aceptarlo. Los primeros no tienen ganas de meterse en muchos líos, prefieren hacer lo que se les pide y eso les lleva a tener una carrera interesante, aceptable. O puedes tener ganas de pelearte porque quieres hacer otra cosa que no es exactamente lo que te piden. O que no es en absoluto lo que te piden. Yo elegí pelearme porque soy muy caprichoso. Pero nunca nadie me dijo haz lo que quieras. Sigo peleándome, eso no se acaba nunca.

"Durante un cierto tiempo escribes cosas que se parecen a esas que te dan envidia"

Leía en las redes el otro día que “a escribir se aprende por envidia”. ¿Lo comparte?

Estoy muy a favor de la envidia en general, que es el primer paso hacia la copia. Durante un cierto tiempo escribes cosas que se parecen a esas que te dan envidia. Es un movimiento totalmente válido. Lo bueno es conseguir una amalgama entre varias cosas y de ahí sale algo que se parece un poco más a ti y un poco menos a todos los demás. Así se crea el estilo. A mí me inspiraron, entre otros, John Berger, y su novela G. de donde saqué la idea de la escritura fragmentaria, yo escribo por bloques. Tengo una habilidad: soy un buen imitador de voces. Si leo algo un rato puedo seguir escribiendo con ese mismo estilo.

¿Qué otros proyectos se lleva entre manos?

Estoy inmerso en un libro sobre Latinoamérica con una mirada conjunta de la región. Uno de los grandes cambios en las últimas décadas es que Latinoamérica pasó de ser un continente más bien rural a ser el continente más urbano del mundo. En 50 años el 50% de la población de América Latina vivía en el campo. Ahora solo el 20%. Es decir, un 80% de la población es urbana, que es más que en Europa incluso. Tenemos esa imagen bucólica como un espacio verde y natural, pero es falsa. Por eso se me ocurrió ir a estas ciudades y armar el libro.

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