Barcelona ofrece una propuesta urbanística única. Dicen que, a través de su arquitectura, se pueden descubrir los momentos más importantes de su historia, aquellos que la han llevado a tener un universo creativo propio. El primero coincidió con la eclosión del comercio mediterráneo y de un imperio en expansión; el segundo llegó a finales del siglo XIX, con el derribo de las murallas medievales y el proyecto de expansión urbana que dio lugar al Eixample; y el tercero, en 1986 y 1992, cuando Barcelona aprovechó la entrada de España en Europa y la organización de los Juegos Olímpicos para proyectarse al mundo con una nueva imagen. Hoy la ciudad apuesta por ser el referente internacional de un nuevo modelo urbano.  Está por ver si lo conseguirá, pero ese no es el tema que nos ocupa.

Como iba diciendo, simplemente recorriendo los edificios más emblemáticos de la ciudad, se pueden descubrir esos tres momentos clave que contribuyeron a la transformación urbanística. Y eso está muy bien pero, de vez en cuando, no está mal salirse de las rutas habituales y lanzarse a descubrir ejemplos arquitectónicos, rincones y curiosidades que no están en las guías de viajes, ni entre los “10 lugares que no te puedes perder de la ciudad” ni en el ranking de “lo más visitado”. Están ahí, a la vista de todos, esperando a ser descubiertos y admirados simplemente por el hecho de estar ahí, de ser diferentes, singulares, pintorescos...

EDIFICIO FLORAL

Y este es un ejemplo. Muy cerca de la plaza de Lesseps, en la ronda del General Mitre, 230, se levanta un edificio esquinero de planta baja y tres alturas que llama la atención por su fachada. Todas las aperturas presentan arcos de medio punto decorados con adornos florales de un tono rojo o granate y blanco. De lejos tiene un “no sé qué” árabe que en las distancias cortas se diluye en una reminiscencia muy muy lejana del modernismo por los detalles florales.

Poco más se puede explicar de este edificio residencial, salvo que es hijo de un autor desconocido y que fue construido, según el catastro, en 1936. ¿Y para qué más? En este caso, lo mejor si logra llamar tu atención es que te detengas a observarlo y a disfrutar de aquello que lo hace singular, diferente y especial. Sin más.

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