Funerales y ejecuciones en la Barcelona de 1962 según los viajeros Davillier y Doré / METRÓPOLI
Funerales y ejecuciones en la Barcelona de 1962 según los viajeros Davillier y Doré / METRÓPOLI

Funerales y ejecuciones en la Barcelona de 1862 según los viajeros Davillier y Doré

La aportación del Viaje por España de estos viajeros es fundamental para conocer comportamientos y actitudes de los barceloneses de mediados del XIX

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Muchos fueron los viajeros extranjeros a los que cautivó España en el siglo XIX, pero hay dos que destacan entre todos ellos, Charles Davillier y Gustave Doré, ambos franceses e hispanistas. El barón Davillier nació en Rouen en 1823, en el seno de una rica familia de industriales normandos. Coleccionista, erudito e historiador, fue un verdadero experto en temas relacionados con la cerámica y la orfebrería. Desde muy joven viajó por Europa, aunque su pasión fue España, de la que se convertiría en un gran conocedor y defensor a partir de los numerosos viajes que realizó por tierras hispánicas. Tras conocer al prestigioso dibujante y grabador Gustave Doré (nacido en Estrasburgo el 1832), que ya había estado en España en 1855 junto a Théophile Gautier, deciden emprender un largo viaje juntos por casi toda la península Ibérica y Mallorca en 1862, con el objetivo de investigar el arte español. Sus andanzas fueron recogidas en la revista Le Tour du Monde, publicándolas por entregas entre los años 1862 a 1873, con textos del barón y grabados de Doré, y de manera conjunta los editó Hachette en 1874 con el título L’Espagne.

Davillier y Doré entraron en la península por La Jonquera, a diferencia de buena parte de los viajeros románticos que la visitaron en el XIX (Dumas, Gautier, etc.), que prefirieron entrar por Irún, buscando el tesoro gótico que representaba Burgos. En diligencia llegaron a Girona y a Tordera, donde tomaron el tren hasta la Ciudad Condal.

Las primeras palabras que Davillier dijo sobre Barcelona son elogiosas, tomando la descripción que de ella hizo Miguel de Cervantes en su novela Las dos doncellas: “Flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España […] regalo y delicia de sus moradores [...] famosa, rica y bien fundada ciudad...”. Hacia 1860 era una de las ciudades más florecientes y uno de los puertos más frecuentados del Mediterráneo, se conocía como “el Manchester de la Península” y tenía un gran parecido a Marsella. No obstante, mantenía cierta personalidad gracias a que algunos barrios habían guardado su fisonomía original, como por ejemplo la calle de la Platería, con tiendas repletas de joyas de oro y plata, entre las que destacan las medallas de la Virgen de Montserrat, muy venerada por los catalanes.

Para Davillier la catedral y la mayoría de las iglesias eran muy antiguas, pero de una gran elegancia en cuanto a su arquitectura, utilizando simultáneamente la piedra y el bronce, cosa que producía el más feliz de los efectos. Le sorprende que la catedral, denominada “la Seo por los catalanes”, no tuviera fachada, pero su interior le pareció de los más hermosos que se podían contemplar. El claustro adyacente es otro de los espacios catedralicios que más le impactó, especialmente por las bellas rejas de las diferentes capillas que lo rodean y por la fuente del siglo XV, conocida por “Fuente de las Ocas”. Todo lo cual le evoca estar en plena Edad Media. A ello añade que el claustro estaba ocupado por toda una variedad “de vagabundos, sablistas, mendigos y otras especies desaparecidas” en Francia, pero que seguían encontrándose por casi toda España.

Una vez vista la catedral, nuestros viajeros dirigieron sus pasos para conocer otras iglesias barcelonesas, como la de Santa María del Mar o“iglesia de los marineros” con admirables vidrieras en su interior, la de los Santos Justo y Pastor, la de Santa María del Pino y la de San Pablo del Campo. La visita al cementerio de Poblenou permitió a nuestros viajeros conocer los rituales funerarios españoles. En el camposanto barcelonés no había ni un árbol, ni una flor, ni una hierba, tan sólo mármol o piedra, largas avenidas paralelas, a cuyos laterales se elevaban altos muros, en los que se situaban los nichos, regularmente alineados y dispuestos en varios pisos, al estilo de los columbarios romanos. En cada nicho se alojaba un solo cadáver con su ataúd. Las numerosas calles, de la que Davillier califica como “ciudad de los muertos”, formaban una extraña perspectiva. Las sepulturas ricas estaban tapiadas por lápidas de mármol blanco con bajorrelieves y los nombres de los difuntos. Al igual que en Francia, las sepulturas se compraban, y si al cabo de cierto tiempo la familia no había podido pagar su precio, los restos eran depositados y quemados en zanjas.

Durante su visita al cementerio de Poblenou fueron testigos de un entierro, en el que pudieron comprobar que únicamente acompañaban al finado los familiares y amigos cuando el cadáver era depositado en su nicho. Davillier describió fielmente la escena de la inhumación de un niño, cuyo ataúd iba adornado con algunas flores artificiales. La madre lloraba muy afligida mientras que los parientes intentaban consolarla. El sepulturero que les hizo de guía les llevó a la sala donde eran depositados los cadáveres durante 24 horas, antes de ser depositados en los ataúdes. Les explicó que se seguía una práctica singular para evitar que se enterrara a nadie vivo. Esta práctica consistía en atar al brazo del muerto un cordón unido a una campanilla, que vibraba al menor movimiento.

El barón describió la ejecución de una pena de muerte, de la que supuestamente fueron testigos, por medio del garrote vil. Davillier explicó de forma pormenorizada todo lo que en España rodeaba la ejecución pública de un reo, normalmente en un espacio abierto, donde se agolpaban miles de personas y donde los vendedores de todo tipo de productos (golosinas, puros, agua, etc.) intentaban hacer su agosto.

En esta ocasión el ajusticiado fue Francisco Vilaró, acusado de asesinar al alcalde de Ripollet, hecho ocurrido el 3 de septiembre de 1858. El inculpado llegó a lomos de un asno vestido con una larga túnica amarilla, ya que éste era el color fúnebre en España en aquella época. El cortejo estaba compuesto también por una larga hilera de penitentes con cirios, estandartes y crucifijos de tamaño casi natural. Estos penitentes salmodiaban el oficio de difuntos, dando a la escena un aspecto de lo más lúgubre. Al llegar el reo se le hizo subir a un alto cadalso, en cuya mitad estaba un asiento adosado a un poste. El verdugo que lo esperaba le obligó a sentarse en el escabel y fijó sus brazos y su cuerpo al poste. Le ató las manos y le colocó alrededor del cuello un aro de hierro que acababa en un tornillo por la parte opuesta. La pena de muerte se ejecutaba al ponerse en movimiento el tornillo gracias a una manivela de hierro, de manera que el aro era atraído y la estrangulación se producía inmediatamente. Antes de consumarse el fatal desenlace, un sacerdote que asistía al reo le puso una cruz entre sus manos y le dio permiso para que dirigiera unas palabras a la muchedumbre. Pidió perdón a Dios y a los hombres, y perdonó a los que le hubieran ofendido. Por su parte, el capellán dirigió una breve exhortación antes de que el verdugo hiciera su trabajo. El texto de Davillier muestra crudamente la dureza de la escena.

Grabado de la ejecución de Francisco Vilaró / METRÓPOLI
Grabado de la ejecución de Francisco Vilaró / METRÓPOLI

Lo cierto es que esta ejecución tuvo lugar el 29 de septiembre de 1858, por lo que hay dos posibilidades: que asistiesen al acto en esta fecha en un viaje anterior al de 1862; o que recogiesen algún programa de los que se editaron a tal efecto y que iban pregonando los ciegos por la ciudad, para posteriormente adaptarlo al relato del viaje. En todo caso, en la British Library se conserva un impreso con un grabado de una gran similitud al que Doré realizó para acompañar el texto de Davillier.

Otros lugares que visitaron fueron un salón de baile, los campos donde los marineros se entretenían jugando a los bolos, los paseos de los Campos Elíseos y la Rambla (el favorito de los barceloneses y principal centro de animación de la ciudad), el Palacio de Justicia y los calabozos de la Inquisición. Hechas estas visitas reemprendieron la marcha camino de Valencia, acercándose a conocer el monasterio de Montserrat. La aportación del Viaje por España de estos viajeros es fundamental para conocer comportamientos y actitudes de los barceloneses de mediados del XIX ante dicho tema.

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