Llevo ya unas cuantas décadas comiendo una vez a la semana con mi viejo compadre de la facultad de periodismo Llàtzer Moix, redactor jefe de La Vanguardia, y hemos ido cambiando de restaurante en el curso del tiempo. Empezamos en Casa Leopoldo, cuando estaba al mando la gran Rosa Gil, pasamos por unos cuantos comederos más y acabamos instalándonos, de una manera que creíamos definitiva, en el Lázaro de la calle Aribau… Que cerró pronto hará un año y nos dejó en la calle. Como el amigo Moix es un hombre de costumbres, se puso de inmediato a buscar otro refugio culinario en el que seguir con nuestros encuentros semanales. Mientras lo encontraba (la cosa no era fácil, según me dijo, pues se trataba de dar con un lugar bueno, agradable y no especialmente oneroso), empezamos a quedar en el Flash Flash, sitio que ambos visitábamos con frecuencia, pero en el que nunca habíamos pensado como cuartel general por salírsenos del presupuesto.

Las semanas iban pasando y Llátzer no encontraba un comedero digno que costara algo menos de veinte euros por cabeza. Ahí entré yo y dije que, si a nuestra edad no podíamos tirar mínimamente la casa por la ventana una vez a la semana, más valía que nos pegásemos un tiro. En el Flash Flash se estaba divinamente, se zampaba muy bien, siempre te cruzabas con algún conocido con el que intercambiar cuatro palabras y estaba justo a medio camino de mi casa en la calle Mallorca y de la redacción de La Vanguardia en la plaza Francesc Macià. Conclusión: ahí nos hemos quedado, y quiero creer que, para los restos, ya que el Flash Flash no tiene pinta de ir a cerrar en el momento menos pensado y dejarnos tirados en la calle en busca de un nuevo proveedor de alpiste. Es más, en septiembre se inaugurará una nueva sede en el número 640 de la Diagonal. De momento, el original celebra sus primeros cincuenta años de vida y ha glamurizado los cristales de la entrada con unos apósitos dorados de mucho relumbrón. Quedar a comer cada semana con un viejo amigo está muy bien, pero hacerlo en un clásico viviente está aún mejor.

El Flash Flash fue fundado por el fotógrafo Leopoldo Pomés y el arquitecto Alfonso Milá (que en paz descansen ambos) en 1970, y se ha convertido en la actualidad en una especie de cápsula temporal en la que nada ha cambiado. Tras el encierro del coronavirus se han sustituido los sofás blancos, pero son idénticos a los anteriores. En las paredes sigue la imagen multiplicada de la falsa fotógrafa Karin Leiz, una sevillana de origen alemán que en aquellos tiempos era la esposa de Pomés (y la madre de mi amigo Poldo, que se encarga del otro restaurante de la familia, Il Giardinetto, situado justo enfrente, en la misma calle de la Granada del Penedés).

Leopoldo Pomés en el restaurante 'Flash Flash' de Barcelona / EFE
Leopoldo Pomés, en el Flash Flash / ARCHIVO

La carta ha ido incorporando novedades -¡ah, ese timbal de gambas de potentes resonancias cítricas!-, pero ha conservado todos sus clásicos, esas tortillas y esas hamburguesas que fueron (y siguen siendo) las señas de identidad del local desde su nacimiento. La clientela sigue estando compuesta por una mezcla de buenos burgueses, bohemios con posibles, pijos de buen carácter y gente que, por regla general, no molesta. Como lugar para ver y ser visto tampoco tiene desperdicio.

 Casi toda la gente que conozco asocia el Flash Flash con amigos desaparecidos a los que solía ver allí. A mí me pasa con Juan Potau, el guionista cinematográfico que dedicó su vida a las mujeres y a la pasta sciutta (no siempre en ese orden) y que solía pedirse “la gran salchicha de Frankfurt”: le gustaba sentarse cerca de la puerta del establecimiento para controlar a las mujeres que entraban y decidir si les daba su aprobación o no. También me ocurre con Pepo Sol, publicista y productor que, cada vez que tenía una idea que consideraba adecuada para ti y para él, te citaba en el Flash Flash. Cuando el proyecto de turno no salía, no volvías a saber nada de él hasta que tenía otro ideal para ti, momento en el que te convocaba en el Flash Flash y reemprendía la conversación donde la había interrumpido la última vez que te vio, como si no hubiesen pasado dos años en los que no te había dirigido la palabra. ¿Para qué, si no tenía nada que proponerte?

Plato de tortilla del restaurante Flash Flash de Barcelona
Las tortillas son el plato estrella del Flash Flash / ARCHIVO

En una ciudad en la que las cosas que están bien suelen irse al carajo sin que nadie mueva un dedo para evitarlo, la supervivencia del Flash Flash nos hace merecedores a los barceloneses de una colectiva palmada en la espalda. El amigo Moix ha tenido el descaro de írseme de vacaciones, pero sé que en cuanto vuelva volveremos a ocupar nuestro sitio en el Flash Flash. A ser posible, como siempre insisto, en la mesa de Juan Potau y Pepo Sol, que solía ser la misma.

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