Año tras año, los vecinos de Enric Granados han ido viendo como su calle se convierte en hábitat natural de restaurantes y pisos turísticos. En este nuevo ecosistema que crece en paralelo a la vida del barrio, pasear por la céntrica vía y topar con un videoclub (abierto) empieza a parecer un fenómeno digno de mención. Los transeúntes se paran y señalan el local como quien apunta a un animal exótico en un safari: “¡Mira, un videoclub!”. Y es que Video Instant, el primer negocio de alquiler de películas de España, es actualmente uno de los últimos ejemplares de una especie en peligro de extinción.

Pero que quede claro desde el principio, en su lucha por resistir al pie del cañón, los videoclubs barceloneses no dejan espacio alguno para el derrotismo. De hecho, si en algo coinciden los propietarios de estos locales es en la necesidad de transformarse y hacerlo de la mano de su entorno más directo.

Por eso, luchan contra esta imagen de vestigio cultural, una etiqueta que comúnmente comparten con las tiendas de vinilos, con ingenio y entusiasmo. Unos comercializan juegos para los más cinéfilos, otros prueban con ciclos de temáticas inimaginables y algunos con nuevos tipos de abonos y ofertas para fidelizar clientes. “No podemos permitirnos una visión catastrófica, tenemos que darle a nuestros negocios una utilidad social”, apunta David Cabrera, propietario de la Sala Cíclica. “Somos un agente de difusión de cultura en el barrio”, sintetiza en la misma línea Aurora Depares, de Video Instant.

PIRATERÍA Y PLATAFORMAS ONLINE

Para Depares, aquí no hay cazadores furtivos que apunten y disparen. Por el contrario, el enemigo común es uno y lleva años haciéndolos agonizar. Se trata de la piratería, que en la última década habría reducido el número de videoclubs en España de unos 7.000 a los 600 actuales. Por eso, Depares concentra sus peticiones a las instituciones en una ley efectiva que penalice la distribución ilegal de audiovisuales como ocurre, por ejemplo, en Francia.  

Una versión con la que no coincide David Cabrera, que apunta a las multinacionales y plataformas online como culpables de este ecosistema que les es hostil. A su parecer, estas empresas repiten “el mismo patrón capitalista” que promueven en otros sectores: “crear una necesidad e imponer unos hábitos de consumo determinados”. Ellos son los que se llevan la mayor parte del pastel, insiste Cabrera.

Sala Cíclica

LAZOS COMUNITARIOS

Para hacer frente a estos peces gordos, la Sala Cíclica ha optado ayudarse del tejido vecinal. Junto a 15 entidades e instituciones del barrio, el local prepara un ambicioso programa de actividades para dar una utilidad a los 15.000 títulos que tiene el videoclub. Cada día, el establecimiento propondrá una temática que se explicará a través de documentales e intervenciones. Y una de las jornadas, serán los propios socios los que elijan la programación.

Se trata de un “dispositivo de actuación cultural rápida que ante algún acontecimiento permita dar una respuesta argumentada a lo que ocurre con material audiovisual, charlas...”, explica Cabrera. “Actividades para normales”, bromea, es decir, “para gente que se interesa por el mundo en el que vive”.

LA GENTRIFICACIÓN, EL OTRO ENEMIGO

Aunque no saben si tendrán que hacerlo en un nuevo local, ya que el videoclub también tiene otro frente abierto: la gentrificación de El Born, que ha supuesto que el precio del alquiler del local prácticamente se duplique. Una situación que también vivió Video Instant, que ante esta subida del alquiler inició una petición para que el Ayuntamiento lo declarara un establecimiento emblemático de la ciudad. Incluso el propio J.A. Bayona retuiteó la demanda, aunque esta finalmente no llegó a buen puerto. Sin embargo, ambos videoclubs han mejorado las relaciones con sus respectivos distritos -y con el propio consistorio- y trabajan conjuntamente con las instituciones en sus nuevos planes de transformación.

Además, ante este contexto desfavorable, el colectivo hace más piña que nunca. La competencia que había caracterizado al sector durante la década de los 80-90 queda ahora muy lejos. “Tenemos un grupo de whatsapp junto a 100 videoclubs más de toda España y compartimos ofertas y propuestas que nos han servido para que el resto también se beneficie”, explica Depares. Y es que estos rara avis que resisten no quieren ser un reducto que la gente mira atónita. Su pequeña gran ambición es mantener la persiana abierta para seguir abasteciendo el barrio de cine.