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Hace cien años, un malagueño bajito y repeinado paseaba por las calles de Barcelona con un bastón y un sombrero. Observaba los edificios modernistas, se sentaba en las plazas, miraba a la gente pasar. ¿Buscaba inspiración? Quién sabe. En 1917, la ciudad condal se convertía en un refugio para los artistas de vanguardia que huían de la guerra, erigiéndose Barcelona como uno de los epicentros de referencia cultural en Europa. Y ahí estaba él, el padre del cubismo, Pablo Picasso.

El artista llegó a la ciudad, a sus 36 años, de la mano de una joven bailarina ucraniana que se llamaba Olga Khokhlova. Picasso sabía apreciar el arte en cualquiera de sus expresiones. Por eso, decidió colaborar con los Ballets Rusos de Diáguilev, que actuaron por primera vez en Barcelona en el Gran Teatre del Liceu el 23 de junio.

La innovadora pieza, que se representó seis veces, tuvo una gran acogida y recibió buenas críticas. De hecho, en otoño de 1917 volvieron los Ballets Rusos después de una gira por Latinoamérica. Esta segunda vez presentaron Parade, el “esperadísimo ballet cubista de Picasso”, en una función única el 10 de noviembre.

Esto y más se puede ver en la exposición “1917. Picasso en Barcelona” comisariada por Malén Gual, que muestra a través de 70 piezas –entre pinturas, dibujos de varios artistas y documentos personales, muchos de ellos inéditos– el paso del artista por la ciudad que tanto marcó en él. El Museo Picasso acogerá la exhibición hasta el 28 de enero, junto con otras tres: “Arthur Cravan Maintenant?”, el bohemio sobrino de Oscar Wilde, escritor y poeta, “El taller compartido: Picasso, Fín, Vilató, Xavier” y “Lucien Clergue: veintisiete encuentros con Picasso”.

Picasso en la Barcelona de 1917
Picasso en la Barcelona de 1917 

Por aquel entonces se habían abierto las galerías de arte Dalmau o Laietanes y se publicaron revistas de arte de vanguardia como Arte y Letras, Vell i Nou y La Revista. Además, con apoyo del gobierno francés, el Ayuntamiento de Barcelona organizó una Exposición de Arte Francés en el Palacio de Bellas Artes, que sirvió de alternativa a los Salones suspendidos durante la guerra.

Durante esos meses, Picasso siguió en su búsqueda de nuevos recursos plásticos y volvió hacia el realismo, explotando su faceta como teórico. El artista recibió varios homenajes y formó parte activa de los eventos culturales de la ciudad. La Barcelona que se encontró no tenía nada que ver con la que había dejado. Estaba lejos del ambiente opresivo del París enmarcado en la Primera Guerra Mundial.

“Su producción artística fue prolífica en ese periodo”, cuenta el comisario de la exposición Malén Gual. Pintó, por ejemplo, Blanquita Suárez, Mujer leyendo u Hombre sentado, siguiendo su estilo cubista característico con planos geométricos y colores vivos. En otros casos retorna al clasicismo con sus obras Olga Khokhlova con mantilla, Arlequín o Caballo corneado. En otras obras de esa época como Hombre con frutero o Paseo Colón, combina planos geométricos y elementos naturalistas.

Dicen los documentos y muestran las imágenes, que el artista visitaba los lugares emblemáticos de Barcelona, haciendo turismo. Con un bastón y un sombrero. ¿Buscaba inspiración? Quién sabe, pero lo cierto es que la conseguía.

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