La competitividad siempre ha estado a la orden del día entre Madrid y Barcelona. Que si esta es más bonita, que si aquella es más europea, que si aquí se paga menos por el alquiler o si allá hay más inseguridad... Tópicos que barceloneses y madrileños escuchamos eternamente y tendemos a repetir como papagayos, sin terminar de tender nunca un lazo fraternal entre las dos grandes urbes. Quizás sea por eso que muchos madrileños apenas hemos tenido contacto con Barcelona. Me sorprendo muchas veces a mí mismo pensando en todas las ciudades que he visitado a lo largo de la Península, cuántas veces la he recorrido de cabo a rabo a lomos de mi moto, y caer en la cuenta de que, hasta esta semana, solo había pisado una vez la capital catalana. Más aún me sorprende que no me inquietase lo más mínimo haber cometido sin ningún pudor un sacrilegio de este calibre para alguien que se considera viajero hasta la médula.

No creo que sea por rivalidad, siempre he apreciado mucho Barcelona y Cataluña frente a los múltiples improperios que se escuchan en la capital hacia esta autonomía. Pero los hechos son demoledores, y si no llega a ser por haberme incorporado a la redacción de este grupo de comunicación afincado en Cataluña, quizás hubiesen pasado varios años más sin poner un pie en Barcelona.

La fachada del antiguo Pitarra convertido ya en un pub irlandés / HUGO FERNÁNDEZ
La fachada del antiguo Pitarra convertido ya en un pub irlandés / HUGO FERNÁNDEZ

Hace aproximadamente un año y medio que dejé mi vida en la gran ciudad para irme a vivir a Tenerife y puedo decir que la idea cosmopolita se pierde. De los agobios del Metro de Madrid, los eternos atascos de la M-30 y las prisas de los turistas que recorren la Gran Vía cargados de bolsas del Primark repletas de ropa barata que llevarse a sus países, pasar a una ciudad que se puede recorrer de lado a lado en media hora como es San Cristobal de La Laguna es un salto considerable. El ritmo canario, antes a mi pesar y ahora a mucha honra, también se pega.

Quizás esto tenga bastante que ver con el shock que me ha producido el centro Barcelona a la hora de buscar un bar donde ver el Clásico. Casi la misma rivalidad que hay entre las dos ciudades, la hay entre sus dos buques insignia de La Liga, el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona, que anoche se medían en Arabia Saudí en la semifinal de la Supercopa de España. Obviamente, un evento que un merengue como yo no podía perderse, y menos como infiltrado en la casa del eterno rival.

Ni un bar da el partido en la Rambla

"Me van a echar del bar cuando marque Vinicius", le decía por WhatsApp a mi padre a diez minutos del inicio del encuentro, mientras saboreaba un tercio de cerveza Turia junto con mi amigo valenciano Jorge en el barrio Gótico. En mi cabeza sonaba espectacular: un bar atestado de culés, con la blaugrana serigrafiada con el nombre de Ansu Fati puesta y mirando con absoluto recelo al único vikingo de la sala cantando la victoria. Un sueño húmedo, nada que fuese a pasar de verdad.

Son las ocho menos diez. Mi amigo Jorge se ríe de sí mismo. Dice que se siente un poco provinciano en Barcelona, porque viene de la comarca de La Safor en Valencia y nunca ha salido del pueblo. Jorge es profesor y, hace un año y pico, aproximadamente a la vez que yo ponía rumbo a Huelva con mi moto para subirme al ferry que me llevase a iniciar mi aventura canaria, él comenzó a dar clases en colegios del Baix Llobregat. Hay mucha demanda de profesores valencianos en la región.

"Vamos, que empieza el partido, seguro que tú conoces algún sitio por aquí. Yo me pierdo en Barcelona", me dice. Mucha fe tienes, Jorge. Apuramos los últimos sorbos de la Turia y nos levantamos de la terraza para buscar un bar que ponga el partido. La cara del camarero al preguntarle por un sitio donde ver el fútbol podría haber levantado nuestras sospechas de que no iba a ser fácil, pero nos lanzamos a la Rambla a buscarlo.

Y empieza la odisea. Entre McDonald´s, KFC y un sin fin de cafeterías gentrificadas donde el turista europeo acomodado pueda sentarse a tomar un coffe mientras hace coworking telemático para la startup en la que trabaja, encontramos un Irish Pub en el que aparece rotulado el mensaje Sports Bar. Menos mal que sé inglés... Entramos en el local y observamos cómo la gigantesca pantalla reproduce un partido repetido del Southampton de la Premier League. ¿En serio? ¡Es el Clásico!

Vinicius adelantó al Real Madrid

Las prisas empiezan a aflorar cuando las notificaciones push de nuestros móviles nos indican que Vinicius acaba de adelantar al Real Madrid y nosotros estamos deambulando por los estrechos callejones del barrio Gótico. Mecagüen... ¡Cómo sabía que iba a marcar Vinicius! Las paredes de los laberínticos callejones parecen caerse encima de nosotros entre tanto agobio. Vemos que hay una tetería que pone el partido, pero retumba el reggaeton dentro y nos apetece un ambiente más futbolero. Seguimos correteando a contrarreloj hasta que desembocamos en la calle Ferran y el espacio más abierto nos permite respirar y pensar con claridad.

Aquí tiene que haber algo seguro. Divisamos otro Irish Pub que exhibe el partido y comprobamos que está hasta la bandera. Su dueño nos indica que, unos metros más alante, en el Lennox the Pub también están dando la fiesta del deporte rey. "¿Es que solo hay pubs irlandeses en Barcelona?", me pregunto. Que no se me malinterprete, me encanta la Guinness y disfruto lo más grande bebiendo una pinta de la cervecera del arpa y el tucán, pero empiezo a sospechar que hemos sido víctimas de la agresiva turistificación que sufre Barcelona.

Turistas en la plaza de Catalunya de Barcelona / EFE
Turistas en la plaza de Catalunya de Barcelona / EFE

Conseguimos sentarnos y yo, demasiado inocente para ser un chico de ciudad, me pido una Estrella Galicia creyendo que sería más barata que cualquiera de las cervezas de importación que soy capaz de reconocer en las griferías de la barra. El camarero, que nos atiende directamente en inglés, nos extiende la cuenta en el acto... 4´20 euros cada uno, ¿¡qué!?

Aún no he terminado de recomponerme del irish sablazo cuando Luuk de Jong bate a Courtois con un gol con la espinilla, más meritorio del chapucero despeje de Militao que de una verdadera firma ofensiva del delantero holandés. Mi padre me manda un mensaje: "están empanaos". Yo no sé si me duele más el empate a uno o la cartera, pero pienso que mejor resignarse y disfrutar del partido que seguir quejándome, algo que, por cierto, a los madrileños se nos da muy bien.

La prórroga empeoró nuestras finanzas

En el local no se habla castellano ni catalán. Reconozco a gente hablando inglés, francés... creo distinguir algo de ruso (o eso creo yo). Y, por supuesto, ni rastro de los culés con la camiseta de Ansu Fati de mis imaginaciones. Pero el que sí está presente en el bar, a través de la pantalla, es Ansu. Desde Arabia Saudí, el de Guinea-Bissau debe sentir un desequilibrio en la fuerza, provocado por mis deseos de ver al Real Madrid ganar la semifinal, así que decide empatar el partido en el minuto 83.

Elevándose ante la defensa blanca, Ansu enchufa un testarazo en el área chica para mandar al fondo de la red un centro que venía de los pies de Jordi Alba. El banquillo del Real Madrid se queda temblando, al igual que yo, porque ese empate trae prórroga y yo ya llevo dos cervezas. Me va a salir caro ver a mi Real Madrid pasar a la final. Mi padre, al otro lado de la pantalla del móvil, se ríe de mí. "El otro día pagué 1´60 por un doble en la Plaza Mayor (de Madrid)", me dice, adornándolo con emoticonos que demuestran claramente que se desternilla porque esté pagando el impuesto revolucionario de la Barcelona turística.

Pero los merengues sabemos sufrir las prórrogas. Ya lo hicimos en la final de la Champions de Milán, cuando el Atlético nos puso contra las cuerdas hasta la tanda de penaltis, y yo confío en el barco vikingo que dirige Carlo Ancelotti. Y Valverde, en el octavo minuto de la prórroga, me da la razón. El Real Madrid es campeón en Riad y está en la final, pero el Clásico me ha sabido raro.

Fútbol hostil y ciudades hostiles

Dejando aparte que la Supercopa de España se juegue en Arabia Saudí en vez de aquí, aun con el partido terminado y mientras subimos caminando hacia el Paseo de Gracia para que Jorge coja el tren a Castelldefels, yo sigo pensando en lo extraño que ha sido para mi ver el Clásico en Barcelona sin cruzarme con un solo culé, y en lo doloroso que ha sido pagar tantos euros por unas cervezas.

Quizás el tema de Arabia Saudí sí que tenga que ver, aunque sea remotamente, en el asunto. Entre el estadio King Fahd donde se jugó anoche el Clásico y los 4´20 euros de la Estrella Galicia del pub hay un denominador común: el caballero don dinero. Esa es la razón por la que el fútbol se ha vuelto hostil para el aficionado, la creación de nuevos mercados, y también que, por extensión, las grandes ciudades están volviéndose hostiles para el ciudadano frente a la marabunta de turistas que se patea diariamente los adoquines de sus calles.

Aun así, no deja de parecerme chocante la gran diferencia que hay todavía entre Madrid y Barcelona. A unas calles de la Plaza Mayor de la capital, frente a uno de los clásicos bares madrileños de bocadillos de calamares, un local llamado Maná sirve dobles de cerveza a un euro cada uno, casi medio litro... Y, por supuesto, televisa el partido ante el eterno rival. Puede que la acusada gentrificación que sufre la capital catalana no haya golpeado con tanta fuerza a Madrid. Tampoco hay que ser ingenuo, Barcelona recibe una cantidad ingente de turistas anuales a la que Madrid no se puede comparar.

¿Un carnet de residente?

Pero, mientras me despido de Jorge en la estación de Gracia antes de volverme al hotel en el que estoy alojado, hago mis últimas cábalas. Puede que los vecinos de Barcelona hayan perdido su centro en favor del turista, mientras Madrid lo mantiene a duras penas y se gentrifica a pasos agigantados. Recuerdo, mientras paso por el lector la tarjeta imantada que abre la puerta de mi habitación, una escena de cuando era pequeño en el Paseo de la Castellana de Madrid. Me viene a la mente la imagen de mi padre, sentado en una terraza junto a mi hermana y a mí, con una cuenta de 12 euros por tres Coca-Colas, preguntarle al camarero "¿pero usted se cree que somos turistas?".

Quizás, dentro de unos años, haga falta que los ayuntamientos de Barcelona y Madrid creen una tarjeta de descuento para que los vecinos puedan afrontar los abusivos precios de los centros de nuestras ciudades. Algo así como la cómoda pestaña de "residente" que marco en la página web de Vueling mientras compro mi billete de vuelta a Tenerife antes de irme a dormir.

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