Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Cerería Subirà: Dos siglos y medio a la luz de las velas

“La presencia de mi padre es la que da sentido a la continuidad”, afirma la propietaria de la tienda más antigua de Barcelona

Inma Santos Herrera

En el número 7 de la Baixada de la Llibreteria, bajo el inclemente sol de agosto, el tiempo se detiene entre el ir y venir de un río continuo de gente que fluye acompañado de la melodía desafinada de un insistente violín, mientras en la memoria acechan los recuerdos. “Aún puedo sentir el olor a quemado que mi padre llevó en la piel durante toda mi infancia”, explica Pilar Subirà, apoyada en el mostrador del negocio que regenta desde que la salud no le permite a su padre, Jordi Subirà, atender la tienda más antigua de Barcelona. Poco tiene que ver ese olor del pasado con el aroma que se escapa y se arremolina en la calle, a la puerta de un establecimiento que ha sido testigo de casi 260 años de historia, la Cerería Subirà.

La historia de este emblemático local se remonta a 1761. “Pero el negocio no ha sido siempre de nuestra familia -aclara Pilar-, ha pasado por tres familias desde que se fundó, y la nuestra es la tercera”. Ese año, Jacint Galí heredó el comercio fundado por su padre, Francesc Galí, importador y comerciante de productos coloniales, en la calle de Corders. Jacint, maestro cerero, no quiso seguir los pasos de su padre y optó por convertirlo en una cerería. Una aventura emprendedora de la que apenas pudo disfrutar ya que murió dos años después, en 1763, y a la que su hijo, Jacint Galí Vilar, supo sacarle el mejor partido hasta que falleció en 1825. Como no tenía descendencia, el negocio pasó por decisión de su viuda a Martí Prat, otro maestro cerero que era entonces el encargado del obrador.

“Ahora, una cerería no es más que una tienda, pero el oficio de cerero, durante muchos siglos, fue uno de los pilares de la sociedad, porque sin velas no había luz”, subraya Pilar la importancia y la influencia de este negocio. Prueba de ello es que, al fallecer su padre, los tres hijos de Prat tomaron las riendas del negocio, lo ampliaron y diversificaron: abrieron dos tiendas en el barrio, una en la calle Corders y otra, en la calle Argenteria. Pero este segundo local se vio afectado urbanísticamente por La Reforma, el proyecto de apertura de Via Laietana, en 1908. A los hermanos Prat no les quedó más remedio que buscar otro local, y no se anduvieron con chiquitas: cerraron las dos tiendas y se trasladaron al edificio que ocupa actualmente la cerería Subirà, que pertenecía a un comercio de tejidos conocido como La Argentina. La reapertura tuvo lugar ese mismo año.

UNA AVENTURA DE POSGUERRA

La Guerra Civil se interpuso en la continuidad de la familia Prat. Los hermanos cereros murieron durante el conflicto y, después de tres años desatendido, el negocio fue a parar a manos de los Subirà –Pilar es la tercera generación--. Quiso el destino que Mossén Trinitat Pau, archivero de la parroquia del Pi se refugiara durante la guerra civil en Vic, donde conoció a Paulí Subirà y, a fuerza de insistir, le convenció. “Mi abuelo era maestro cerero; tenía una tienda en Vic, conocida como Can Cagarrines, que dejó atrás, y siete hijos con los que se vino a Barcelona a hacerse cargo del negocio de los Prat”, cuenta Pilar. Todo un reto para el abuelo Subirà.” La posguerra fue una época muy dura por la dificultad de encontrar materia prima para la elaboración de velas. Aquí tenían su vivienda, la tienda y detrás el obrador, pero les faltaba lo más importante para elaborar el producto: la cera”, explica la nieta e hija de maestros cereros. A la carestía de materiales, había que unir el racionamiento que marcaba el ritmo del consumo, el estraperlo y las fronteras cerradas.

El caso es que, pese a las dificultades, el abuelo de Pilar tiró adelante. Y, llegado el momento, les ofreció a sus hijos si querían hacerse cargo del negocio o ir a la universidad. Ninguno de sus seis primeros hijos mostro interés, todos optaron por estudiar: un médico, un farmacéutico, un sacerdote, un perito agrónomo y dos monjas. Solo Jordi, el benjamín, al terminar el bachillerato, prefirió ponerse a trabajar en la tienda que estudiar una carrera. Corría el año 1952. “Mi padre empezó a trabajar aquí a los 18 años, aprendiendo de su padre el oficio hasta convertirse en maestro cerero. Mi abuelo murió joven, en 1964, el año en que yo nací, y mi padre tomó el relevo”, recuerda Pilar.

Aquel fue un año difícil porque a la muerte de Paulí se añadió la expropiación por parte del Ayuntamiento de Barcelona del edificio de la cerería para ampliar el Museu d’Història de Barcelona, situado en la finca contigua. Pero el destino le tenía reservada otra prueba de supervivencia aún más dura que la expropiación a la vieja cerería. En noviembre de 1969, un incendio destrozó completamente el obrador. “El fuego lo devoró todo. El obrador quedó totalmente destruido, las llamas llegaron hasta la tienda y los bomberos a duras penas pudieron salvar la decoración premodernista del local”, explica Pilar, que tenía entonces 5 años.

Pero tampoco este revés pudo acabar con el negocio que, gracias a la solidaridad de amigos, familiares, clientes y vecinos pudo reabrir al cabo de pocos días, aunque con el corazón en vilo porque la expropiación pendía sobre él como la espada de Damocles y ponía en duda su continuidad. Jordi Subirà no se rindió. “Después de 20 años batallando, mi padre encontró apoyo en un regidor de uno de los primeros ayuntamientos democráticos para llegar a un acuerdo. El edificio ya no es nuestro, pero tenemos un convenio de alquiler con el consistorio para mantener la actividad histórica del local como cerería”, explica Pilar. Al mismo tiempo, en 1982, Josep Maria Botey se hizo cargo de la reforma y restauración que merecía el local, ahora ya protegido.

COMO HACE MÁS DE DOS SIGLOS

Pese a los años y las dificultades, la tienda se ha conservado prácticamente intacta desde hace casi 260 años. El edificio en el que se instalaron la cerería los hermanos Prat fue construido y decorado con todo el lujo posible para albergar La Argentina, un comercio de ropas propiedad de Pau Despax –posteriormente, de Despax y Aldrich, y finalmente de Aldrich-, en 1847. Los hermanos Prat, al instalar la cerería decidieron mantener la decoración premodernista sin apenas tocar la distribución ni el mobiliario; tan solo añadieron un mostrador procedente de la antigua tienda que cerraron en Corders. Nada ha cambiado más de dos siglos y medio después. En el interior, sobre el suelo cuadriculado blanco y negro, una escalera central de adarve doble da acceso a los altillos, y se ha mantenido la columna central de soporte. Al pie de la escalera, sobre sendos pedestales, dos figuras femeninas de forja dan la bienvenida a clientes y curiosos. Originalmente fueron los soportes de las lámparas de gas instaladas por Lebon, la primera compañía de gas que tuvo la concesión de la iluminación de la ciudad. “Se supone que La Argentina era una tienda de lujo y coincidió con la época dorada de Lebon. Estas lámparas venían de Francia, se llamaban negreses y actualmente pueden encontrarse solo en dos o tres edificios más de la ciudad”. Por su parte, la restauración del 82 permitió recuperar algunos de los colores originales del mobiliario y las paredes. En el exterior también se han conservado algunos de los grabados que decoraban la fachada, en el primer piso.

ADAPTARSE O MORIR

Una cosa es la conservación de un edificio y otra, la de un negocio. ¿Cómo puede mantenerse vivo un negocio tradicional de casi 260 años, y en una zona como el centro de Barcelona, convertida en poco menos que un parque temático para turistas? “Creo que a nosotros nos está salvando la especialización”, responde Pilar. La progresiva desaparición de las cererías que había en Barcelona podría ser un indicador de que el negocio no funciona, pero, por otra parte, gracias a eso precisamente, las que quedan tienen asegurada su supervivencia. Y sí, es cierto que tener una tienda en el casco antiguo actualmente implica muchas dificultades y una lucha constante contra normativas, políticas urbanísticas y de movilidad, pero de una u otra manera la gente acaba yendo al centro. “La gente conoce el espacio, cuando uno piensa en cererías, piensa en el Gòtic, y, pese a las quejas, el turismo también nos aporta. Sin caer en la venta de souvenirs, hemos tenido que pensar en qué tipo de velas atraen más al turista que otras”, argumenta Pilar.

A diferencia de su padre, que escogió dedicarse a la cerería, Pilar admite que nunca fue su primera opción profesional, aunque una vez dentro del negocio, uno piensa: ¿por qué no? “Y si haces una cosa te has de apasionar un poco, si no, más vale que no la hagas”, sostiene. Por eso, han decidido luchar por el negocio con uñas y dientes –“Más que una reinvención del negocio se trata de estar al día y actualizarse; se trata de actualizar modelos, avanzar y no quedarse con lo de siempre, combinar lo tradicional con los diseños más atrevidos”, afirma-. Otra cosa que distingue a Subirà es el asesoramiento para quienes quieren fabricar sus propias velas en casa o hacer un consumo más específico de las mismas. Como tienda también suministran todas las materias primas para su elaboración (mechas, moldes, parafinas…). Y, por supuesto, Subirà saca partido a las nuevas tecnologías: hace tiempo que dispone de página web y en breve lanzará su tienda on line.

“POR MI PADRE”

¿Difícil? Sí, pero “mientras siga siendo y aportando negocio, mantendremos abierta la cerería”, defiende convencida Pilar. Aunque, hay algo más allá del factor económico que empuja a luchar por la supervivencia del negocio: Jordi, su padre. Tiene un problema severo de salud, una enfermedad neurológica que le impide trabajar, pero Pilar lo lleva todos los días un rato a la tienda, a partir de las 18.30 horas. “Este es el único lugar de su entorno que le sirve como punto de referencia. Él se sienta aquí, mira, pregunta sobre los encargos… Aquí es como si le volviera a la memoria alguna cosa. Su presencia es la que da sentido a la continuidad de la tienda. Lo ves aquí y piensas: ‘Ostras, no podemos cerrar esto, es su vida y la tenemos que mantener”, zanja Pilar con una sonrisa en los labios.

 

Inma Santos Herrera es autora del blog 'Barcelona de aquí para allí'

Fachada de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Fachada de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Velas con forma de cactus de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Velas con forma de cactus de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Velas de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Mostrador de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Mostrador de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Mostrador de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Mostrador de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Interior de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

Pilar Subirà, propietaria de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ
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Pilar Subirà, propietaria de la Cereria Subirà / HUGO FERNÁNDEZ

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