El año 1828, Bernardí Martorell y Cortada, uno de los fabricantes textiles más importantes del primer tercio del s. XIX, le compró a Vicenç de Figarolas y de Vianas, una finca situada en la Calle del Hospital y que, según la documentación, probablemente incluía una parcela que anteriormente había sido propiedad del convento de las Carmelitas Calzadas o de la Encarnación. No hay que olvidar que, durante siglos, el Raval fue una zona muy poco poblada, que hasta finales del siglo XVIII fue una tierra de conventos, hospitales y huertos.

Un año después, el industrial le encargó al maestro de obras Joan Campasol la reforma del edificio de tres pisos del s. XVII para convertirlo casa-fábrica. Pero Martorell, abandonó la producción textil en 1835, instaló una máquina de vapor y convirtió su casa-fábrica en una fábrica de hilaturas de algodón que cesó su actividad 15 años después, en 1849. Entonces, el maestro de obras Pau Martorell reconvirtió la fábrica en el conjunto de viviendas que ha llegado hasta hoy, configurando la actual estructura con un edificio de dos cuerpos unidos mediante un arco sobre el que también se ha construido y que dio lugar al pasaje interior. Más tarde, en la primera mitad del s. XX se añadió la remonta del quinto piso.

Pasaje de Bernardí Martorell en el barrio del Raval / INMA SANTOS
Pasaje de Bernardí Martorell en el barrio del Raval / INMA SANTOS

DECORACIÓN RECARGADA

La Casa Bernardí Martorell ocupa actualmente la isla de casas delimitada por las calles de Robador, de Sant Rafael, de la Rambla del Raval y del Hospital. En la planta baja, acabada con piedra de Montjuic, destacan cuatro arcos escarzanos que dan acceso a las tiendas y un arco de medio punto central que da acceso al pasaje, bautizado con el nombre de Bernardí Martorell, y donde se encuentra el vestíbulo del inmueble. Este arco está enmarcado por dos semicolumnas dóricas acanaladas que sostienen un entablamiento a base de triglifos y metopas. Dos esculturas de los dioses Marte y Apolo de las que ya no queda ni rastro remataban esta entrada de estilo neoclásico.

Pero lo que más llama la atención es la recargada ornamentación de la fachada, típica de la arquitectura barcelonesa de 1840 y 1850, a base de apliques de terracota en relieve insertados en cuarterones verticales de estuco entre los balcones. En este caso tienen forma de candelabros vegetales entrelazados a base de putti, cabezas de león, figuras en forma de fauno, jarrones y hojas de acanto.  En la parte superior de los balcones del piso principal, los relieves representan alegorías de la industria textil con escenas protagonizadas por niños. En el ático, separado del resto de pisos por una cornisa moldurada, los relieves son de espumillones florales. Sobre la línea de la cornisa original del edificio, reposan los balcones del segundo ático, fruto de la remonta de la segunda mitad del siglo XX.

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