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En el paseo de Sant Joan, entre la calle Còrsega y Rosselló, sale al paso una Caperucita Roja con su Lobo Feroz, que refleja una imagen muy diferente a la que narran la mayoría de los cuentos populares. En actitud cariñosa y entrañable, con una sonrisa en la cara, la niña, con su caperuza puesta y la cesta en el brazo izquierdo, deja caer su mano derecha sobre la cabeza un lobo que aparenta más ser un perro fiel que una bestia salvaje capaz de comerse a nadie.

“Quién teme al Lobo feroz, que yo no, que yo no...”, podría cantar perfectamente esta Caperucita Roja que es una de las pocas obras públicas del escultor catalán Josep Tenas. Realizada en 1921 y fundida en bronce por Gabriel Bechini, fue diseñada originalmente para otra fuente que había en los jardines de Víctor Pradera, pero se acabó utilizando para vestir y enriquecer el paseo de Sant Joan con una versión totalmente diferente del cuento para la que habría que inventar otro final: Caperucita le diría al lobo eso de “Qué boca más grande tienes…”.  Y él, meneando la cola, le respondería con un ladrido amistoso y un gran lametón en la cara.

Escultura de la Caperucita Roja y el Lobo Feroz, de Josep Tena, en el paseo de Sant Joan / INMA SANTOS
Escultura de la Caperucita Roja y el Lobo Feroz, de Josep Tena, en el paseo de Sant Joan / INMA SANTOS

Curiosidad: Barcelona no es la única ciudad en el mundo que rinde homenaje a estos dos personajes de ficción popularizados por los hermanos Grimm a mediados del siglo XIX. La Caperucita Roja también está inmortalizada en la plaza de Espanya de Castelldefels y pasea su cesta por otras ciudades como Berlín, Fráncfort o Buenos Aires.

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