El arquitecto Oriol Bohigas, el responsable de la Barcelona moderna / EFE
El arquitecto Oriol Bohigas, el responsable de la Barcelona moderna / EFE

Bohigas: mirando al mar, soñó…

Bohigas ha sido el constructor de la nueva Barcelona, pero fue más allá desde su condición de librepensador, sin rehuir ningún debate ni polémica

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Doctor en Periodismo y profesor universitario retirado

La vida y muerte de Oriol Bohigas marcan un antes y un después en la historia de Barcelona. Internacionalmente reconocido como arquitecto y urbanista, su presencia en la cultura, la edición, el arte, la pedagogía y el periodismo ha dejado su huella en la ciudad y más allá. Simplificado como el visionario que abrió Barcelona al mar y como el inspirador de las plazas duras, Bohigas ha sido uno de los últimos humanistas que siguió la senda de los arquitectos renacentistas hasta la vanguardia urbanística de Cerdà. Como buen alumno de los clásicos y de la Institución Libre de  Enseñanza, nada de lo humano le era ajeno. Y como estricto librepensador, toda su obra transpira libertad y humanidad. Polémico, pero respetado hasta por sus detractores, más ahora que ha muerto, Bohigas ha entrado en la clásica lista barcelonesa y catalana que consiste en elegir sólo un pintor de referencia (Tàpies o Miró), un poeta (Espriu o Martí Pol), un músico (Pau Casals o Jordi Savall), un genio (Dalí o Picasso), y así en todo, como un arquitecto (Dalí, Bofill o Bohigas)…

Profundamente sabio, se podía conversar con él sobre literatura (veinte libros publicados), sobre pintura (director de la Fundació Miró), sobre buenos viajes, buena gastronomía y buen  humor (mentor de la gauche divine), sobre libros (fundador de Edicions 62), sobre cultura en general (presidente del Ateneu Barcelonès)… En definitiva, lo que antes se llamaba un prohombre y un alto representante de lo que después se llamaría  sociedad civil, como si el resto fuese sociedad militar. Mas allá de las opiniones sobre su obra y persona, los hechos y sus edificios lo dicen todo: escuelas, universidades, bibliotecas, editoriales, bloques de viviendas, comisarías, auditorios, villa olímpica, centros comerciales,  puerto olímpico, campus universitarios, la Ciutat Vella esponjada, El Raval saneado, el Eixample embellecido, barrios periféricos dignificados, patrimonio recuperado como el pabellón Mies van der Rohe...

Oriol Bohigas tras recibir la Medalla de Oro de Barcelona en 2018 / EUROPA PRESS
Oriol Bohigas tras recibir la Medalla de Oro de Barcelona en 2018 / EUROPA PRESS

Pasear por Barcelona es recordar a Oriol Bohigas. En aquellas alegres noches de Boccaccio, en su estudio de la plaza Real, el día que le robaron la cartera en La Rambla cuando iba a trabajar, paseando rumbo a la Barceloneta y el mar… Con él como concejal de Cultura, la ciudad vivía ilusionada. Con sus tradicionales críticas al Ayuntamiento, pero razonadas, argumentadas y sin insultos ni exabruptos. Acorazado tras su inteligencia de cráneo privilegiado, su sabiduría y su sentido del humor, le gustaban la conversación y el debate entendidos como bellas artes. Tenía las de ganar en cualquier controversia intelectual, pero no apuntillaba al contrincante. Su caminar con la cabeza alta no era aire de superioridad, sino aquello que antes se entendía por señorío. Un señor de Barcelona, aunque ahora aquella ética y aquella estética se consideren un arquetipo desfasado. No era el sabio despistado que miraba a las nubes, sino que de tanto observar las alturas de los edificios, transformó el skyline de Barcelona. Como no necesitaba ser engreído, no perdonaba la imbecilidad.

De acuerdo o en desacuerdo con él, sus artículos periodísticos eran otra lección de saber construir frases y relatos. Sus memorias, recopiladas en  los tres volúmenes del Dietari de Records, son un calidoscopio de experiencias y acontecimientos que reflejan una vida llena de viajes y de personajes a los que conoció durante sus actividades culturales y profesionales. En esa página, se comprueba, de nuevo, su formación humanística y una prosa a veces casi poética herencia, tal vez, de su padre filólogo, historiador y académico.  Por todo ello, bajar ahora por la Tuset Street y plantarse ante el Ayuntamiento de Barcelona es recordar a Quevedo cuando escribió: “Miré los muros de la patria (ciudad) mía,/si un tiempo fuertes ya desmoronados”. Pero como escribía Bohigas cuando no quería entrar a matar: “no hace falta entrar en detalles”. Basta con mirar al mar, soñar aquella ciudad abierta y repasar lo que dejó escrito en sus Gràcies i desgràcies culturals de Barcelona. y Contra la incontinencia urbana. Reconsideración moral de la arquitectura y la ciudad.

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