No es “otra iglesia más” sino probablemente el ejemplo más notable de la escasa arquitectura barroca barcelonesa. La iglesia de Betlem es una rara avis en su género. Su construcción se inició en 1681 y sustituyó la antigua iglesia de los jesuitas (1555), que fue pasto de las llamas en 1671. El trazado, atribuido a Josep Juli, consta de una nave única de seis tramos con nártex, flanqueada por capillas laterales intercomunicadas y copa con un ábside semicircular.

CONSTRUCCIÓN REPLETA DE DETALLES

Rambleando en dirección al mar, la iglesia deja a la vista su mejor perfil, con un portal barroco de 1690 presidido por la imagen del Niño Jesús, obra de Francesc Santacruz, y otro historicista con la imagen de San Juan niño, obra de Enric Sagnier de 1906. Sin embargo, es su fachada principal, de estilo barroco y situada en la calle del Carme, la que atrae la atención de los paseantes Rambla arriba.

Entre sus dos columnas salomónicas, descansan las imágenes esculpidas de san Ignacio de Loyola y san Francisco de Borja, atribuidas a Andreu Sala. Sobre las columnas, se levanta un segundo nivel, separado por una cornisa moldurada. Y en el centro, un magnífico Nacimiento, obra también de Francesc Santacruz.  El nivel superior está rematado con un coronamiento ondulado y, en el centro, destaca un enorme rosetón.

VÍCTIMA DE UN INCENDIO

Después de la expulsión de los jesuitas (1767) el templo se convirtió en parroquia de la diócesis, cerró y no se abrió al culto hasta veinte años después. El año 1835 se creó la parroquia de Belén. En 1936, durante la Guerra Civil, fue incendiada y perdió la decoración barroca interior. No quedó ni rastro del retablo dorado de 1866 que presidía el altar mayor, ni de las pinturas murales de Antonio Viladomat y Joseph Flaugier. Tras la contienda, los arquitectos Francesc Folguera y Lluís Bonet Garí se hicieron cargo de la reconstrucción.

Pero la iglesia de Betlem no tiene un lugar en mi memoria por su fachada principal, ni por su estilo barroco, ni por sus diez (sí, he dicho diez) capillas interiores, sino por la exposición de pesebres que acoge por Navidad y a la que cada año me llevaba mi madre cuando era pequeña… (y no tan pequeña).

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