Un simple paseo por las calles de Barcelona es suficiente para admirar la presencia que la figura del dragón tiene en el horizonte urbanístico barcelonés. Presentes en multitud de edificios y rincones secretos, han sido muchos los que han bautizado a la capital catalana como la Ciudad de los mil dragones. El peso que este mitológico animal tiene en el imaginario histórico de la ciudad viene de muchos años atrás, cuando Sant Jordi tuvo que liberar a su amada de las garras del dragón más conocido de Barcelona. Desde entonces, son cientos los que se posan en diferentes fachadas y farolas.

La fachada de la Casa Batlló está inspirada en las escamas del dragón / PIXABAY

Detalle de la fachada de la Casa Batlló / PIXABAY

Los hay de todos los tipos, tamaños y colores. Realizados con piedra, trencadís o, incluso, con vidrieras. Sin embargo, si hay un barrio que centra toda la atención de esa emblemática figura es el EixampleEn sus calles fue donde más importancia tuvo el movimiento modernista de la ciudad. Un movimiento artístico que estaba muy relacionado con este animal. No en vano, en la conocida “Manzana de la discordia”, en la que se encuentran los edificios de la Casa Lleó Morera, Casa Ametller y Casa Batllóes uno de los lugares en las que los dragones cobran una nueva dimensión. En las dos primeras, se puede apreciar su silueta en múltiples lugares de la fachada. Sin embargo, Gaudí decidió elevar esta figura a una nueva dimensión, inspirándose en sus escamas para diseñar este emblemático edificio. 

CON PRESENCIA EN OTROS BARRIOS

Pese a que el barrio de El Eixample es el lugar en el que más presencia tiene, la realidad es que no es el único distrito de Barcelona en el que los dragones están presentes. Hay otras dos figuras que especialmente. Por un lado, el que se encuentra en el número 82 de la Rambla, en pleno casco antiguo, en la fachada de la Casa Bruno Cuadros, diseñada por el arquitecto Josep Vilaseca i Casanovas.

Por otro, el de los Pabellones de la Finca Güell, en la avenida de Pedralbes, construida por el propio Antoni Gaudí en el año 1887. Llama especialmente la atención por la presencia de las alas de murciélago y la agresividad que desprende.