“Es un buen lugar para acabar de borracheras”, dice la letra de una canción de Loquillo en la que me he quedado atrapada en el vestíbulo de la estación de los Ferrocarrils de la plaza de Catalunya. La gente sale y entra tarjeta en mano y serpentea entre las enormes columnas que sostienen el techo del subsuelo. Y otra vez la voz del Noi del Clot me susurra al oído la última frase –“El mito de la ciudad sumergida a esta hora se vuelve real”– antes del primer estribillo: “Avenida de la Luz, el desierto empieza aquí”.

Esa canción de 1984 no era pura fantasía de la banda. Bajo la calle de Pelai, entre el Café Zurich y el cruce de Balmes con Bergara, vive el fantasma de la Avenida de la Luz, un lugar que nació brillando con luz propia y se fue apagando entre las tinieblas de la degradación hasta desaparecer en 1992.

Clientes tomando el sol en la terraza del Café Zurich
Clientes tomando el sol en la terraza del Café Zurich / ARCHIVO

MAYOR GALERÍA COMERCIAL SUBTERRÁNEA DE EUROPA

Originalmente fueron unas galerías comerciales de más de 2.000 metros cuadrados, nacidas en 1941, que dejaron boquiabiertos a los barceloneses: luces de neón, joyerías, boutiques, bares, tiendas de electrodomésticos e incluso un cine, inaugurado en 1942 con un festival dedicado a Walt Disney. Un festival de modernidad lumínica, como bien apuntaba su nombre, que fue posible gracias al apoyo de La Canadiense, el principal grupo eléctrico de Cataluña.

Deslumbrante, así quería Jaume Sabate Quixal, su propietario, que fueran esas galerías. De hecho, cuentan que en una entrevista desveló su plan: construir una ciudad subterránea que enlazara plaza de Catalunya con plaza de Urquinaona. El proyecto quedó reducido a una sola calle bajo tierra y, aun así, fue la mayor galería comercial subterránea de Europa y una de las mayores del mundo.

Imagen antigua de Avenida de la Luz / CREATIVE COMMONS
Imagen antigua de las galerías Avenida de la Luz / CREATIVE COMMONS

LUGAR DECADENTE

Con el tiempo, se convirtió en la Avenida de la Luz, que se apagó hasta convertirse en un espacio oscuro y decadente donde se refugiaban los mendigos. De ella ya solo queda el recuerdo de sus mejores tiempos en algunas fotos, y de los peores, en escenas de algunas pelis o en el videoclip de la canción homónima de Loquillo. Ah, sí, y un bosque de singulares dobles columnas pintadas de amarillo en la estación de Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya y otras, a rayas blancas y negras, en la perfumería Sephora del Triangle.

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