El salón del Cómic de Barcelona, en una edición anterior / EUROPA PRESS
El salón del Cómic de Barcelona, en una edición anterior / EUROPA PRESS

40 años de tebeos

El Salón del Cómic de Barcelona es un bonito espejismo esplendoroso de una industria que no acaba de levantar cabeza

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Ramón de España
Periodista

Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Tal vez sea por eso que cada año visito el Salón del Comic de Barcelona, aunque hace tiempo que ya no pinto gran cosa en ese mundo. Bueno, nunca fui un elemento primordial de la industria del tebeo, pero estuve muy metido en ella durante los años 80, cuando formé parte del equipo fundacional de la revista Cairo, que dirigía Joan Navarro, y escribí los guiones de algunos álbumes. En aquellos tiempos, uno se paseaba por el Salón como Pedro por su casa. Ahora que formo parte del mundo viejuno de la historieta, lo visito como si fuera el abuelo Cebolleta y tuviera miedo de que no me dejasen entrar para ahorrarse mis posibles batallitas: de hecho, cada año, siempre que pido mi credencial de autor, temo que me hayan eliminado de la lista (lo cual no ha sucedido jamás, ¡Dios bendiga a la organización!). Hace un par de años, incluso, salió a recibirme el equipo al completo, aunque tal vez tuvo algo que ver el hecho de que yo iba de cicerone de Manuel Valls, aspirante a la alcaldía de Barcelona, con el que había hecho cierta amistad (o toda la amistad que se puede hacer con un político) porque ambos leíamos de pequeños la revista Pilote, hogar de Astérix y Obélix, del teniente Blueberry y de los aviadores Tanguy y Laverdure.

Este año, el Salón cumplía cuarenta años de edad. Bueno, en realidad los cumplió el año pasado, pero el maldito coronavirus impidió la celebración del jolgorio habitual. Me pareció que todo seguía como de costumbre, aunque con una alarmante ampliación de la zona destinada al manga (toda una planta), que incluía hasta un puesto de dulces nipones y otro de kimonos, así como con una reducción del espacio expositivo, que achaqué a problemas de presupuesto y que se limitaba, prácticamente, a una digna retrospectiva del recientemente fallecido Miguel Gallardo y a un apósito que dejaba mucho que desear sobre el cuarenta aniversario del Salón y que consistía en una triste pared en la que figuraban algunas ilustraciones y una cronología. Yo diría que cumplir 40 años de amor a los tebeos requeriría un esfuerzo algo más completo, y reconozco que me molestó el hecho de que no hubiera ni la más mínima referencia al citado Joan Navarro, el hombre que se inventó el Salón, lo levantó a pulso y lo dirigió durante varios años. Me hubiera conformado con una triste mención, pero ni eso. Si la había y me pasó desapercibida, siempre puedo echarle la culpa a mi edad provecta y a mi operación de cataratas.

No me pareció que hubiese masas en el Salón, aunque también es verdad que era domingo (me aseguraron que el sábado estaba petado). La cifra de asistentes, como de costumbre, ha sido de más de 100.000 seres humanos, como en cada edición (hay quien se la cree y hay quien sostiene que es un número que le gusta mucho a la organización). Mucho adolescente, mucho niño, muchas familias y muchos desocupados con ganas de pasar el rato. El número de conocidos con los que te cruzas, lógicamente, va bajando cada año, ya sea porque se han descolgado del cómic, porque se han ido de fin de semana o, directamente, porque se han muerto. Y la impresión personal también fue la de costumbre: que el Salón es un bonito espejismo esplendoroso de una industria que no acaba de levantar cabeza. Sí, el manga y los súper héroes norteamericanos se venden muy bien, pero el cómic de autor sigue pasándolas canutas para despachar más de 500 ejemplares. Hay excepciones, pero hasta éstas dificultan la tarea de ponerse a lanzar cohetes. Un par de ejemplos:

Me crucé con mi viejo compadre Hernán Migoya, al que creí que le iba de miedo con esas adaptaciones de las novelas de Pepe Carvalho que escribe para Bartolomé Seguí (se acaba de reeditar El sueño de México, el álbum que hicimos juntos hace años, por cierto, perdón por el autobombo), y me dijo que la serie pende de un hilo y puede acabarse bruscamente si se retira el coeditor francés (espero que no, pues los libros valen mucho la pena y a mí me gustan más que las novelas originales de Vázquez Montalbán). Estuve comiendo con el dibujante madrileño Keko y me reconoció que, aunque sus álbumes con Antonio Altarriba no se han vendido nada mal, no nada precisamente en el petrodólar. Yo diría que desde que desaparecieron las revistas, que permitían pagar decentemente a los dibujantes, éstos se han tenido que acostumbrar a los adelantos propios de un escritor, que, como sabemos los del ramo, son más bien reducidos.

Me temo que dedicarse al cómic de autor en España requiere un triunfo de la voluntad que ríase usted del de Leni Riefehnstal, pero hubo un comentario de Keko que consiguió animarme por lo bien que nos representaba a todos los que, en un medio u otro, nos hemos empeñado en vivir de lo que nos gusta. Citando a un célebre torero, mi amigo, al que estoy intentando convencer para que hagamos un segundo álbum (el primero data de los 80), resumió nuestra situación con la contundente sentencia “En mi hambre mando yo”. No puedo estar más de acuerdo.

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