Pepe Ribas (Barcelona, 1951) está satisfecho. La exposición de la que es comisario, y con la colaboración de Canti Casanovas, está resultando un éxito. Se trata de El underground y la contracultura en la Cataluña de los 70: un reconocimiento, una exposición a partir del encargo de la Dirección General de Difusión de la Generalitat, un hecho que Ribas valora de forma especial. El escritor y periodista, fundador de la revista cultural Ajoblanco –durante dos etapas, y tal vez una tercera –“me lo estoy pensando”—señala en esta entrevista con Metrópoli que Barcelona tiene el material humano y la actitud para recuperar el espíritu que hizo posible que la ciudad fuera la gran referencia en toda España. Pero pide cambios y liderazgos ambiciosos. Y rechaza todo tipo de “sectarismos”, los que cree que se proyectan ahora desde el equipo de gobierno del consistorio. No busca comparaciones ni cree que Madrid sea la gran ciudad que ha superado a Barcelona. “En Barcelona se vive mucho mejor que en Madrid”, sentencia. Con la experiencia de Ajoblanco –la gran referencia para varias generaciones sobre todo lo que culturalmente se movía en las grandes ciudades desde los años setenta a los noventa— Ribas reclama “cooperación” y el final de las “capillitas”. E insiste en que, desde el Ayuntamiento de Barcelona, no se hacen las cosas bien: "Los comunes de Colau tienen una mentalidad sectaria, nada que ver con los años 70".

¿Por qué tiene éxito la exposición sobre los 70?

Porque era una etapa que había estado tapada, pero no olvidada. Había sido ocultada por los medios de comunicación, por los partidos que pactaron la transición y por las instituciones. Y también, curiosamente, por aquellos que, desde Podemos, coparon el movimiento del 15M. Digo curiosamente, porque hubo una gran relación entre aquel movimiento y los setenta y todo lo que quedó colgado en ese momento. Es memoria, pero para nada nostalgia. Y ha despertado mucho interés. Y luego también ha ocurrido que hay atracción por la música, por las publicaciones, por el teatro y los movimientos sociales que se presentan de aquella época. En todo ello ha sido determinante la puesta en escena del arquitecto Dani Freixas, que ha sabido tratar el espacio de forma admirable. Entras en una casa, en una vivienda, que es lo contrario a la frialdad de los edificios modernos al servicio del neocapitalismo. Esos centros culturales que solo sirven para dar brillo a las formas, pero no a los contenidos. Es un espacio en el que los objetos, los vídeos, las publicaciones, cobran luz propia. Y emociona a la gente, a los casi 70.000 visitantes que lleva la exposición.

El 15M, señala, se ha apropiado de reivindicaciones de aquel instante. ¿Qué queda de aquel movimiento, realmente, en lo que intenta la alcaldesa Ada Colau, que dice que quiere mover las aguas de lo establecido?

La creatividad de los setenta fue muy potente, pero tal vez la más evidente fue la social, la contracultural. Se puso sobre la mesa las cuestiones del medio ambiente, las energías libres, la crítica a las grandes multinacionales, el naturismo, la okupación de casas, o el antimilitarismo con la suspensión del servicio militar. Todo eso se planteó en los setenta y se llegó muy lejos, con revistas como Alfalfa o Ajoblanco. Los comunes hacen lo que pueden, como intentar cambiar la tendencia del coche en la ciudad, pero sin ofrecer transporte público como alternativa. No se puede ir en autobús a todas partes, es lento e incómodo, pero además no hay la oferta suficiente.

Pero los comunes son herederos de aquellos movimientos de los setenta, ¿no?

No, no son herederos, desgraciadamente, porque la mentalidad es sectaria. Los comunes de Colau tienen una mentalidad sectaria, nada que ver con los años 70.

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Pepe Ribas, en la exposición en el Palau Robert

 

¿Son los ‘Bobos’ franceses trasladados al Eixample de Barcelona? ¿Tienen proyecto?

No sé si tienen esas características. Y, en cuanto al proyecto, si lo tienen no lo saben explicar. Creo que en Barcelona todo el mundo critica a todo el mundo y hay poca cooperación. En los setenta se estaba pendiente de todo, de lo que hacíamos nosotros, de lo que hacía Carlos Barral o la Gauche Divine, o Lluís Llach o Ovidi Montllor. Ahora todo son capillitas. Hay poca cooperación. Y las mafias han tomado los medios de comunicación y se dedican a darse coba unos a otros. No ven más allá e interpretan muy mal la memoria. Eso de la desilusión que corre por todos los ambientes tiene que ver con las farsas que se han montado. No se ha apostado por los equipos humanos independientes. El sectarismo es general.

¿Se iban ya muchos en aquel momento a Madrid? ¿Sigue siendo la referencia?

No se fueron a Madrid. Lo que ocurrió es que con la proliferación de la heroína mucha gente se hizo neorrural. Y algunos, sí, se desplazaron a Madrid para desarrollarse, porque había más medios. Pero lo que ha pasado en Barcelona es muy complejo. Son distintos factores. Lo que ha habido es una pérdida del tejido productivo. Un tipo de élite ha quedado desposeída con la pérdida de la industria. Y no ha sido sustituida. Lo ha sido, en parte, por una burocracia al servicio de los partidos y al margen de la ciudadanía. Y los medios son cómplices, porque han vivido de las subvenciones públicas y de las multinacionales. Están viciados por esas ayudas. Ya no viven del lector ni del pequeño comercio ni del impulso industrial. Se concentra todo en las administraciones y eso explica las batallas que hay para controlarlas.

La paradoja catalana, por tanto, es que con el autogobierno se anula la capacidad creativa de su sociedad.

Sí, pero eso mismo ha pasado en Madrid, lo que pasa es que en Madrid hay más dinero, dinero latinoamericano, metido en mafias, que huyen de aquel continente. Lo que pasa en Cataluña pasa en todas partes. Se ha perdido tejido productivo.

Pero en Barcelona hay un sector tecnológico potente.

Pero no hay un Google catalán que domine el mundo. Tenemos lo que tenemos, y lo mismo ocurre en Madrid, con la diferencia de que tiene un presupuesto mayor. Pero insisto en que Madrid no es ejemplo de nada. De hecho, en Barcelona se vive mucho mejor que en Madrid.

¿Por qué se ha destruido ese tejido productivo?

Porque las elites no educaron a sus retoños para que siguieran. Se han perdido. La clase dirigente dimitió y hasta que no afrontemos esa realidad cotidiana no podremos reaccionar. Lo vi cuando estuve en Alemania. El dinero de la industria derivó en Barcelona en la construcción de hoteles, con la industria turística. Es lo que inventó el franquismo. No ha habido cambio. Lo que ha habido es un nuevo reparto, con una nueva clase social que es el funcionariado. No debemos olvidar que el clima que existía en Barcelona posibilitó la contracultura, una enorme creación cultural, todo llegaba al resto de España desde Barcelona, y ahora nos hemos quedado en nuestro propio laberinto.

El escritor y periodista Pepe Ribas, comisario de la exposición en el Palau Robert sobre la cultura de los años 70 / PR
El escritor y periodista Pepe Ribas, comisario de la exposición en el Palau Robert sobre la cultura de los años 70 / PR

¿Barcelona ya no será aquella ciudad referente?

Puede que no, pero mantiene un prestigio. Si tenemos un nuevo personaje que rompa todas esas formas, toda esa dinámica, podremos salir del abismo. Barcelona oculta mucha creatividad, pero no tiene medios para poderla desarrollar. Es culpa de un entramado económico, pero no del independentismo, como se ha dicho, porque, en realidad, es una consecuencia de la decadencia que se arrastraba.

Entonces, ¿todo pasa por un cambio en el consistorio de Barcelona?

Sí claro, por un líder que sea creíble. Se necesita un Maragall, un Pasqual, porque, pese a todo, aunque no supo crear un tejido productivo, sí creo una ilusión, con las bases económicas de los últimos 20 años. No vi con buenos ojos todo lo que hizo, pero lo que llevó a cabo no tiene comparación con lo que ha venido después.

Pero recibió muchas críticas de movimientos culturales, precisamente, por los Juegos del 92, por iniciar un modelo distinto para Barcelona.

Se pasó de la economía productiva a la especulativa, pero se crearon centros culturales, aunque falló el impulso de equipos humanos que gestionaran esos centros. Se crearon más escuelas de marketing que cultura. La cultura se crea desde abajo, porque, ¿cómo se crea un García Márquez? No hablamos de crear un best seller, que es otra cosa.

Una referencia como Pasqual Maragall ahora no existe en el panorama político en Barcelona

Pues seguiremos con esta atonía, en la que cada uno hace lo que puede. Yo he hecho esta exposición, en el Palau Robert, con cuatro partidos en juego, y sin los comunes, curiosamente que, en teoría, serían los herederos de aquellos movimientos.

Una paradoja

Sí, pasan cosas muy raras en esta ciudad. La exposición la encarga Esquerra Republicana, desde Difusió, y cuando se inaugura ya ha habido un cambio, y es Junts quien dirige esa dirección general. Y nos entendemos, y lo hacemos también con los socialistas. Es bastante milagroso. Es un talante y una tradición, en el trato humano, que enriquece. Es respeto, es no negar, es ampliar, y todo eso permite que una ciudad crezca. Crea ilusión. Lo que no aporta ilusión es el sectarismo. En Barcelona es necesario un cambio, en los medios, en el CCCB, con el MACBA ahora bien orientado con la nueva directora, que combinará nuevos creadores con otros ya consolidados. Hay síntomas de que hemos llegado ya a un final y se inicia otra cosa. Pero falta un líder entusiasta, que no mande, sino que coordine, que abra juego.

¿Puede ser Jaume Collboni ese líder que coordine más que mande?

Habrá que verlo, es probable. Vamos a ver qué pasa. También puede ocurrir que Colau vuelva a entusiasmarse, que salga a la calle, aunque la insulten, que conecte con gente nueva. Hay mucha gente en Barcelona que calla, que no participa, y ese es uno de los grandes problemas que tiene esta ciudad, porque siempre son los mismos los que participan y están en todos lados.

¿En los comunes, por tanto, hay una especie de adanismo?

No han participado en la exposición, son paradojas que nos encontramos. En el Palau Robert, que tiene un equipo muy bueno, se ha podido debatir, dialogar, escuchar. Pero hay mucha gente que no quiere oír, y mucha otra que está deseosa de participar, de escuchar. A mí se me ha escuchado y yo he atendido, he estado pendiente de todos. Ha habido correspondencia. Y los comunes deben aprender eso, porque están muy sectarizados. Deben actuar de otra manera en sus hábitos de comportamiento. No pueden ir de sobrados.

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Pepe Ribas, en la exposición en el Palau Robert 

Cuando las críticas que reciben los comunes de Ada Colau llegan desde distintos ángulos ideológicos es que algo falla. ¿A qué lo atribuye?

Seguramente no tienen experiencia de gestión, como sí la tienen los socialistas. Ahora comienzan a tenerla los de Esquerra, porque hay que tener en cuenta que socialistas y convergentes han gobernando durante muchos años. Los comunes empezaron con unas asambleas absurdas, de ideologización dogmática, en las que te negaban la palabra si discrepabas. Yo asistí a algunas y me fui. Los comunes están muy cerrados, y se deben abrir. Cataluña, en general, debe regenerarse, empezar a crear. La solución pasa por recuperar los oficios, y no tanto por Esade. Es decir, hay que volver a crear riqueza, porque, ¿qué quieres administrar, la miseria? Los políticos viven de los impuestos, pero hay que crear riqueza. No podemos vivir del turismo de forma permanente, porque a la que falle, --como hemos visto con la pandemia—la ciudad no podrá sobrevivir.

Cuando en 2017 planteó iniciar una tercera etapa de Ajoblanco señaló que lo dejaba porque no había referentes para entrevistar. ¿Estamos en la misma situación?

No había en ese momento referentes, no. Ahora creo que sí, que empieza a cambiar la situación. En 2017 todos estaban entregados al procesismo. Ahora lo que toca es crear riqueza, producir algo. No tenemos materias primas valiosas, pero podemos, como se hizo en el pasado, elaborar cosas y exportarlas. Ahora creo que se podría intentar esa tercera etapa de Ajoblanco, tras ese periodo, en 2017, que fue el momento más decadente. Con la exposición he podido comprobar que hay gente con muchas ganas, con proyectos, gente muy joven. Veremos.

¿Cómo valora que esa exposición en el Palau Robert se la encargara ERC?

Muy positivo, una experiencia muy grata. Para ellos también ha sido algo esperanzador. Creo que no se esperaban el éxito que está teniendo.

Pero esos encargos llegan de personas que están en ERC con pasado socialista. ¿Qué le parece?

Pues que está muy bien, que las cosas cambian y que hay mucho trasvase de un lado a otro. Me parece positivo. Hay movimiento.

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