Aparca su bicicleta en la esquina de la plaza que se encuentra entre las calles Xuclà y Pintor Fortuny del barrio Gòtic. Mientras la ata a una farola oxidada saluda a un hombre que "antes solía tocar en la calle", pero que ahora, "por culpa de la crisis del Covid-19", pide limosna por las mesas del bar Lobo y el restaurante Gats. 

Tras un breve saludo y una sacudida de hombros para quitarse el estrés, Bernat, músico callejero y presidente de artistas de la calle del barrio Gòtic, se dispone a raspar las cuerdas de su guitarra para interpretar los primeros acordes de una canción que ha compuesto durante el confinamiento. Es el primer día que sale a ejercer su profesión: la de músico callejero. Bernat está inquieto. Asegura que el tiempo que ha pasado encerrado en su vivienda de la Zona Franca ha hecho que su vuelta a la calle le ponga "un poco nervioso". 

RUMBA PARA AFRONTAR "LA NUEVA NORMALIDAD" CON OPTIMISMO

Vestido de forma alegre, con un sombrero borsalino y una camisa de lino floreada, este superviviente, que en su día fue educador social con estudios en sociología e informática, sonríe a los presentes y entona una rumba con la que consigue sacar una que otra sonrisa a su escaso público. Aunque al principio los asistentes se muestran reacios a la actuación callejera, Bernat logra una merecida propina al finalizar cada canción. 

Mientras canta, improvisa y toca, el intérprete saluda a los camareros de los restaurantes de la zona y a un par de vecinos que se alegran de su vuelta al ruedo. "Aquí me conocen, en el barrio me tienen cariño", explica orgulloso. 

VESTUARIO ANTICORONAVIRUS

Consciente de la nueva realidad a la que se enfrenta, el músico callejero va preparado para la acción: una visera protectora cubre su rostro y con un cazamariposas acerca su particular sombrero a los que deseen recompensar su actuación con unos cuantos céntimos, asegurando así la distancia de seguridad. "Hay que reinventarse y adaptarse para seguir llegando al público", asegura el artista de la calle, que confirma que la cuarentena ha supuesto un antes y un después en su profesión.

Cuando se declaró el estado de alarma por la pandemia del coronavirus, tanto Bernat como todos los otros artistas callejeros vieron imposible realizar su trabajo. Es por eso que como representante de los artistas del Gòtic (un colectivo formado por 30 músicos, bailarines, magos, caricaturistas y acróbatas) decidió mandar una misiva al Ayuntamiento de Barcelona pidiendo ayuda: "No hemos tenido ningún ingreso desde que comenzó el confinamiento. Tampoco hemos recibido ayudas porque no somos un colectivo contemplado por el Gobierno, no sé si no saben que existimos o directamente pasan de nosotros", manifiesta Bernat. 

UN COLECTIVO PERJUDICADO

"En la carta reclamábamos que se nos diera una ayuda económica. Necesitábamos comprar comida, pagar nuestros alquileres y cubrir una serie de gastos vitales. No teníamos ahorros por la precariedad de nuestro trabajo y la situación se puso muy complicada. Algunos han tenido que pasar a pedir por las mesas sin instrumento, lo he visto con mis propios ojos: se han convertido en vagabundos", lamenta.

El músico callejero confirma a este medio que todavía no han recibido una contestación por parte del consistorio: "Nos gustaría que desde el Ayuntamiento se plantearan el hecho de regular a nuestro favor las leyes. La única regularización que hay a día de hoy es la de ponernos multas y quitarnos los instrumentos", añade. 

Bernat recibiendo una propina por su actuación en la plaza Xuclà / METRÓPOLI ABIERTA
Bernat recibiendo una propina por su actuación en la plaza Xuclà / METRÓPOLI ABIERTA

EL PLAN "B" DE BERNAT

A la expectativa de que la administración barcelonesa haga algo por el colectivo, Bernat ha decidido abrirse camino con un nuevo proyecto, "un plan 'B' por si lo de la calle no sale bien": "Al principio del confinamiento les dije a todos mis amigos que me pidieran canciones personalizadas. Empecé a grabar y a componer y con los meses me acabaron contactando personas que yo no conocía para pedirme este servicio", explica emocionado. "Me he puesto en contacto con el servicio de Emprendería de Barcelona Activa para que me ayuden a crear una empresa de esto", afirma esperanzado, a pesar de que no está en sus planes dejar la calle.

La vocación mueve por dentro a este artista callejero, en "un día bueno" gana entre 20 y 30 euros, pero no es fácil: "Cansa mucho, tienes que pasar todo el día caminando y te enfrentas a algunos conflictos: hay restaurantes en los que se nos veta porque los camareros se piensan que les quitas la propina, algún vecino amargado que llama a la policía, etc", relata. 

UN FUTURO INCIERTO SIN TURISMO

La "nueva normalidad" ha hecho que muchos de estos artistas teman no poder llegar a sobrevivir con su profesión: "Según las culturas se valora más o menos al artista, y aquí, en España, se valora poco. A la gente no le cuesta gastarse 10 euros en un mojito, pero sí dar 20 céntimos a un músico que le ha estado cantando durante media hora. Por eso temo cómo pueda ir en un futuro", asegura Bernat. 

"Hace años los músicos de calle pasamos una época muy mala porque vinieron gitanos rumanos muy pobres con un acordeón que solo tocaban una canción. Eran muy pesados, sucios, algunos bebían y por ello la imagen del músico de calle se vio muy afectada", explica disgustado.

"Los vecinos del Gòtic nos conocen. Saben que la mayoría de nosotros somos respetuosos y lo valoran muchísimo. Hay mucha disconformidad con las leyes del Ayuntamiento, no les gusta que la música esté prohibida en Ciutat Vella, porque da vida. Las leyes que han quedado son muy estrictas, están desactualizadas y damnifican a los músicos que solo estamos haciendo algo bonito por la ciudad", concluye Bernat, que seguirá yendo a diario a las plazas para ejercer su profesión con optimismo e ilusión. 

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