Ernest Maragall no es alcalde de Barcelona. No lo es porque ha encarado la negociación desde la prepotencia. Todavía no se ha enterado que ganar las elecciones no es garantía de nada, que el trabajo empieza la noche electoral. Algo que sí hicieron Miquel Iceta y Jaume Collboni, hablando con Manuel Valls. Maragall nunca tuvo la cintura de su hermano y lo demostró en esta negociación. La noche electoral declaró a Barcelona “independentista”. Seguro que utiliza la misma calculadora que Meritxell Budó, porque 15 concejales no son la mayoría absoluta y son menos que los 18 que sacaron los independentistas hace cuatro años.

Luego Maragall esgrimió “la lista más votada” como eje de su argumentario, cosa que se caía como un castillo de naipes porque ERC no lo usó ni en Tarragona, Vilanova i la Geltrú, Lleida, ni en Figueres, ni en decenas de localidades. Por si fuera poco, como niño enfadado se levantó de las negociaciones al grito de “la pelota es mía”, confiado en que él era la única alternativa. Los aires de superioridad no suelen ser buenos consejeros.

A la desesperada, el viernes, 24 horas antes de la constitución del Ayuntamiento, y en plena votación de los Comunes propuso repartirse la alcaldía con Ada Colau. La propuesta, como era de esperar, cayó en saco roto porque los Comunes no estaban por la labor de hacer alcalde a Maragall ni a aupar a una tránsfuga, Elisenda Alamany, al consistorio. Tampoco los socialistas. Maragall es la reencarnación del traidor, del que abandonó el partido socialista cuando ya no movía las piezas a su antojo. Además, “no te puedes fiar”, recuerdan en la dirección socialista, dónde escuecen las malas maneras de trabajar de Ernest Maragall que con su esencia de supremacista, mira por encima del hombro a todo aquel que no piensa como él. Hasta en ERC lo reconocen. En privado dicen sin demasiados tapujos que “hemos tenido el mejor resultado con el peor líder”. Y sentencian “hemos planteado la negociación de la peor manera posible”.

Maragall lanzó su discurso de rencor el sábado y lo irá repitiendo a quién quiera oírlo. Azuzó a los concentrados en la Plaça de Sant Jaume para protestar por no poner a un independentista al frente del consistorio de la capital. Lo hicieron desde la frustración y el odio, dedicando epítetos que nacen del odio a Colau, a Collboni o a Valls, porque ya se sabe que son malos catalanes. Se entiende el cabreo de ERC, que con Maragall alcalde quería poner una piedra más en su estrategia de ampliar la base. Sin embargo, el problema de ERC se llamó, se llama, y se llamará Ernest Maragall i Mira.

Ahora la duda es qué hará ERC en el Ayuntamiento. La primera pregunta es saber cuando se irá Maragall, cuánto tiempo estará como líder de la oposición. La segunda, es conocer su recambio. No parece que Alamany sea la indicada, y las miradas se dirigen a Jordi Coronas. Y la tercera, es saber si en el grupo republicano pesa más la E de Esquerra o la C de Cataluña. Toda una incógnita, pero lo mejor que podría hacer Maragall es irse a su casa. Su último fracaso es todo un epílogo de su carrera política. “Vete a casa Maragall” es algo que no tardará en oírse.