En mis paseos matutinos, me llego con frecuencia hasta el Auditori de Barcelona. El arquitecto que lo diseñó, Rafael Moneo, tuvo un momento de inspiración al situar una lucerna en medio del edificio. Ese cubo de cristal abierto al cielo fue decorado por el artista Pablo Palazuelo. Para éste, quien les escribe, es un lugar mágico. Uno de mis lugares favoritos de Barcelona, fíjense en lo que les digo. Especialmente, al amanecer.

No sé si se habrán fijado, pero hace ya muchos años que la lucerna está cubierta por una lona. Había sido diseñada para un cristal laminado, resistente a las tensiones mecánicas y a las inclemencias del tiempo. Pero, cosas de subcontratar y subcontratar a destajo, la lucerna se construyó con un cristal templado, mucho más barato. Un día, un cristal, literalmente, estalló y se hizo añicos. Otro día, otro. Al final, tuvieron que cubrir la lucerna con la lona que pueden ver, para proteger a la gente que podría encontrarse debajo. Así luce la obra de Palazuelo, rota y tapada, y lamento decir que el otro día aprecié que otro de sus paneles de cristal había pasado a mejor vida.

Otro edificio singular de Barcelona es el antiguo taller Masriera, en la calle Bailén, un edificio más abandonado que otra cosa, que conoció tiempos mucho mejores. El Ayuntamiento lo adquirió hace ya un tiempo, eso me dijeron, pero no he vuelto a saber nada. No sé qué piensan hacer con él. Qué pena.

Un paseo por el parque de la Ciutadella también pone los pelos de punta, al constatar el abandono de los diversos edificios que antaño fueron museos o invernaderos. Creo que ya hablé de ello hace tiempo en una de estas columnas.

Tengo la impresión de que vivimos de rentas, de un pasado brillante que hace ya tiempo sufre una cierta descomposición. Lo que vale para los edificios singulares vale lo mismo para la sociedad que los levantó. Lamento informarles de algo que me parece evidente: Barcelona ya no es lo que era, ni mucho menos lo que había sido. Cuarenta años de pujolismo y procesismo han provocado una descomposición social evidente. Barcelona, refugio liberal frente al carlismo, faro del progreso durante la industrialización, rincón abierto y cosmopolita rodeado de campos yermos de provincias, hoy llamados «territori», ha sucumbido ante la estulticia y la banalidad porque quienes la defendían han abandonado.

Es evidentísimo en el ámbito de la política. Creo que no hace falta que me extienda en ello. La falta de entidad y la carencia de sentido de lo público y del estado de nuestras autoridades ahí está. ¿Hace falta que señale? Cuando, como ahora, acucia la necesidad y la urgencia, contemplamos una lucha estúpida y cainita entre bandos irreconciliables. Lo más increíble de todo es que el público aplaude con las orejas a tan lamentable espectáculo. La sociedad civil ya no es un elemento dinamizador de nada, el sentido crítico ha tomado las de Villadiego y vivimos de las rentas mientras hipotecamos nuestro futuro.

Perdónenme. Es que escribo esto de mal humor. Eso no es normal en mí. Supongo que un telediario se habrá cruzado en mi camino, o uno de esos sínodos de asnos que llaman tertulia o programa de debate. Procuro evitarlos, porque ya ven qué me sucede si me pillan.

Será mejor refugiarme en la contemplación de la lucerna de Palazuelo, o, mejor dicho, lo que queda de ella, o contemplar los espejos del techado de los Encantes, vacíos de alma y gentes por causa mayor. A fin de cuentas, pienso, con las manos en los bolsillos, vivir en una ciudad decadente, anodina y provinciana también tendrá algunas ventajas, digo yo, y bueno será descubrirlas.

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