Cuando no está en guardia, o sea cuando está relejada o cuando, por el contrario, atraviesa una situación de nervios, Ada Colau se sale del guión y dice lo que piensa. Acaba de hacerlo respecto al mainstream del independentismo en esta vuelta de vacaciones: ha calificado de tonterías tanto el planteamiento de un referéndum de independencia como el debate de si Pedro Sánchez debe acudir a la mesa de diálogo, las puyas entre partidos independentistas y las promesas a corto plazo; o sea, el discurso de siempre del mundo indepe.

Aunque luego trató de matizar lo que había quedado grabado en Els matins de TV3, está claro que a la alcaldesa ya se le hace cuesta arriba mantener aquella neutralidad con los separatistas que les permitió meter durante algún tiempo los votos de los comunes en el saco de sus apoyos (el famoso 80% de los catalanes favorables a la autodeterminación, por ejemplo). Puede que Colau viera el FAQS del sábado pasado, un programa de la televisión pública en prime time que aburrió hasta las piedras con Jordi Cuixart –su rescatador de Gràcia-- y Pilar Rahola otra vez en la sopa; quizá oyó el domingo la radio privada líder del país dando vueltas a lo mismo. Es un tedio que se pasa de cansino para llegar a ser ofensivo: parece que piensen que sus espectadores y oyentes son lerdos, que se tragan todo lo que les echen.

Si a eso le añadimos el maltrato que el pueblo soberanista da a la primera edil cada vez que se asoma a la calle, no es extraño que la mujer considere naderías la agenda con que el nacionalismo y los medios públicos y concertados catalanes ocupan su tiempo.

Y es que por más que lo intente, un alcalde tiene muy difícil pasarle el marrón a Madrid o a Palau. Antes o después ha de dar la cara, aunque se empeñe en disimular algunos problemas, como hace ahora la alcaldesa censurando las cifras sobre la muy seria crisis de los desórdenes nocturnos en torno a los botellones. Al final, va a tener que comprometerse y, como mínimo, limitar los aforos; de lo contrario, vamos a padecer una Mercè de las que hacen época.

No solo son los conflictos endémico de la vivienda, la seguridad y la limpieza; debe enfrentar la saturación turística, la recogida selectiva de basuras –con el sonado fracaso de la intentona de Sant Andreu-- y la penosa degradación de ciertas zonas de la ciudad.

Solo la carpeta de la movilidad, la contaminación y ese charco tremendo del urbanismo táctico en el que se ha metido ya generan suficientes dolores de cabeza como para que los dimes y diretes del mundo nacionalista, hueco y ensimismado en su ombligo, no le provoquen hastío. Sobre todo si tenemos en cuenta que ella también cultiva su espacio de propaganda permanente en el que la agitación nacionalista no cuela más allá de gestos como el pregón de las fiestas de Gràcia, donde el tiro le salió por la culata.

Hace ya algunos años que Colau decidió tomar distancia de la Diada por sentirse excluida de la convocatoria sectaria. Este año, con más razón. Veremos qué pasa el sábado, pero haría bien en porfiar en la discreción, en el segundo plano. Y lo dicho, que la Mercè la pille confesada.

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