Como todos sabemos -porque ella misma se ha encargado de explicárnoslo por tierra, mar y aire-, Pilar Rahola se ha roto un brazo al cruzar la calle por donde no debía y tropezar con uno de esos bolardos apaisados que hay en el carril de los ciclistas. En vez de contentarse con lamentar el tropezón y prometer que no volverá a cruzar por la mitad de la calle, ha preferido cargar contra el ayuntamiento por haber convertido, según ella, la ciudad en una pista de obstáculos ideal para que el paseante se atice unos morrones de cuidado. De esta manera ha podido practicar al unísono dos de las actividades que más le llenan: hablar de sí misma y poner verdes a los comunes. Y aprovechando que tiene una columna en La Vanguardia, ¿qué mejor tribuna a su alcance que el diario del señor conde para manifestar su indignación?

Lo de Pilar es una enmienda a la totalidad. Además del bolardo asesino, también ha denunciado el color amarillo que recorre las calles de Barcelona y que le parece horrendo, pese a llevar tiempo luciéndolo con finalidades patrióticas en forma de pendientes, pulseras, bolsos, prendas de vestir y hasta en la cabeza, pues siempre ha cargado un poco las tintas a la hora de acentuar su cabello rubio natural con las raíces teñidas elegantemente de negro. Como ella se ha caído de morros tras tropezar con un bolardo, pues resulta que la movilidad ciudadana es un desastre. Y los comunes han caído en la trampa -ponerse a discutir con Rahola es siempre caer en su trampa: lo mejor que se puede hacer con ella es chotearse directamente, sin esperar respuesta ni enzarzarse en discusiones de Twitter-, lanzando a Janet Sanz a parar los golpes de la Voz del Régimen.

El resultado es, como era previsible ante dos personajes semejantes, una discusión entre verduleras (con perdón para las representantes de tan digno oficio), dado que a ambas las preferimos calladas, como el poeta, porque están como ausentes. Ante las quejas de Rahola, Sanz le ha dicho que cruce la calle por el paso de peatones y que deje en paz al bolardo. Mientras escribo esto, no me consta que Pilarín haya respondido a la provocación, pero igual ya se ha propulsado a Twitter para darle su merecido a la que decía que había que desmantelar la industria del automóvil dos semanas antes de que Nissan se diera el piro. Y es que estamos ante una lucha de titanes o, por lo menos, ante una pelea en el barro entre dos bocazas de mucho tronío. Entre la una, que tiene en la cabeza la Cataluña del futuro (mientras se lucra en la del presente haciendo la pelota a los mandamases del régimen, sean quienes sean, incluyendo la muy  necesaria reivindicación del infame Jordi Pujol) y la otra, que forma parte de un movimiento de iluminados empeñados en salvar a los barceloneses de sí mismos, ya tenemos un pedazo de polémica que las va a tener a las dos muy entretenidas unos días mientras la prensa nos resume sus rifirrafes.

¿Que romperse el brazo es una contrariedad? Sin duda. ¿Que la movilidad de los comunes es un pelín confusa? Evidentemente. Pero esta bronca entre Rahola y Sanz suena inevitablemente a autobombo de la primera y ganas de enviarla al carajo de la segunda. Agradeceríamos que ambas nos ahorraran sus histerias y sus sermones: de ilusión también se vive.

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